“Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una peligrosa fractura del brazo, a la altura del codo. Cuando sanó, y sus temores de que jamás podría volver a jugar fútbol se mitigaron, raras veces se acordaba de aquel percance. El brazo izquierdo le quedó algo más corto que el derecho; si estaba de pie o andaba, el dorso de la mano formaba ángulo recto con el cuerpo, el pulgar rozaba el muslo. A Jem no podía preocuparle menos, con tal de que pudiera pasar y chutar”. Matar a un ruiseñor (1960), Harper Lee

Últimamente está de moda la estirpe de delanteros que prolongan su buen momento de forma pese a acumular años en su mochila. Ibrahimovic y Aduriz, a bote pronto, podrían ser los protagonistas de El curioso caso de Benjamin Button. Con diferencias entre ellos, les une un amplio currículum en la élite que siguen completando gracias a la fórmula de la eterna juventud.

Más curioso es el caso de Jamie Vardy. Con 28 años, el delantero del Leicester City es ahora mismo pichichi de la Premier League y ha estado en las últimas convocatorias de la selección inglesa, con la que debutó el pasado 7 de junio entrando en el segundo tiempo de un duelo contra la República de Irlanda. Solo hay que echar la vista atrás unos años -no demasiados- para ver que el reloj biológico del fútbol le ha sonado tarde, pero lo ha hecho con fuerza. Hace apenas cuatro años estaba en la quinta división inglesa. Y uno antes en séptima. Y uno antes en octava ¿Dónde empieza su ascensión?

Jamie Vardy se formó en las categorías inferiores del Sheffield United. Fue invitado a salir en 2006, punto en el que estuvo muy cerca de truncarse la historia aquí narrada. El alejamiento del fútbol coincidió con una etapa conflictiva. Su pierna estuvo adornada por una tobillera electrónica para estar identificado por la policía después de una pelea en un pub de Sheffield. Su mente asociaba fútbol a felicidad, y enseguida decidió que sus extremidades solo iban a lucir atrezzo deportivo.

Entró en los juveniles del Stocksbridge Park Steels, donde pronto dio el salto al equipo amateur. Jugó tres temporadas en la octava división inglesa a cambio de 30 libras por semana. Los 66 goles que anotó en tres años le sirvieron para dar el primer salto de división. En el Halifax Town, en séptima categoría, fue nombrado jugador del año del club en la única temporada que estuvo allí. En agosto, cuando todo apuntaba a que iba a perder otro año, subió dos escalones de golpe. El Fleetwood Town, ya en quinta división, le fichó y él respondió obteniendo el galardón de mejor jugador del equipo y siendo una pieza clave en la conquista de la Conference Premier.

Más allá de cualquier título o sus 31 goles, hay un capítulo en su etapa en el Fleetwood que más adelante la catapultaría a la élite. La FA Cup, la competición donde los sueños se hacen realidad, enfrentó al Blackpool y a Jamie Vardy en la tercera ronda de la competición. El Blackpool se impuso con rotundidad por 1-5, pero sería la derrota más dulce para el delantero inglés. Recuperó un balón en la frontal gracias a la presión, se adentró en el área y perforó la red con un disparo cruzado. Ya estaba hecho. Había captado la atención de muchos ojeadores. En enero de 2012, fecha del encuentro, faltaban cuatro meses para que Roy Hodgson se convirtiera en seleccionador. Dos episodios teóricamente inconexos, pero como dijo el propio Hodgson, ya seguía a Vardy en su etapa en el Fleetwood.

Su buen año en la quinta división inglesa le sirvió para dar el salto más importante de su carrera. El Leicester City, que en 2012 estaba en la Football League Championship, apostó fuerte por él y pagó la friolera de un millón de libras, cifra que supuso un récord en el traspaso de un futbolista no profesional. La adaptación en su primer año en los ‘foxes’ fue dura. El bueno de Vardy había subido tres peldaños de golpe y necesitaba oxígeno para asentarse. Solo precisó de un año para comandar al Leicester City en su ascenso a la Premier League. Lo había conseguido. Había pasado del sótano más oscuro al tejado en seis años, ascendiendo siete divisiones en la escalera del fútbol inglés.

Lejos de vanagloriarse, siguió bregando sobre el verde. Cuando parecía que estaba sufriendo otro tedioso periodo de adaptación y que el Leicester iba a sucumbir, apareció Vardy para firmar una recta final de escándalo y mantener a los ‘foxes’ en la Premier. Tan certera fue su aportación, que Roy Hodgson le llamó por primera vez al finalizar la temporada 2015. Vardy debutó como internacional, y ya son varias las ocasiones en las que ha defendido la elástica inglesa. Con la Eurocopa llamando a la puerta de la esquina, se ha convertido en un fijo de las últimas convocatorias y solo unas molestias le impidieron enfrentarse a España.

La ascensión de Vardy es tan meteórica como infinita. Cuando parece que no existen más escalones por subir, él mismo dibuja los peldaños. El delantero de 28 años es el máximo goleador de la Premier con 13 goles, ha igualado un récord de uno de los mayores killers que ha dado el fútbol: Van Nistelrooy. El holandés vio puerta durante diez jornadas consecutivas. Vardy ha hecho lo propio gracias a su último tanto frente al Newcastle, el mismo equipo con el que Ruud entró en la historia. Bornemouth, Aston Villa, Stoke City, Arsenal, Norwich, Southampton, Crystal Palce, West Bromwich Albion, Watford y Newcastle. Como si de la lista de Arya Stark se trata, su próximo objetivo no es Cersei ni Ilyn Paine, es el Manchester United.

Todo ello con una extremidad de nuevo marcada, pero nada tiene que ver con la tobillera de antaño. Su mano derecha está protegida para poder jugar con la muñeca rota, algo parecido a lo que le ocurrió a Jem, el hermano de Scout Finch en Matar a un ruiseñor. El vendaje azul, a juego con la camiseta de los zorros, es la enésima solución ante las dificultades que le ha puesto la vida.