Ha llegado el momento de despedirse. El gol de Ángel Correa contra el Athletic de Bilbao pasará a la posteridad como la última vez que un chut colchonero acabe en las mallas del Vicente Calderón. Atrás quedará medio siglo repleto de historias, de alegrías, de lágrimas y de puro sentimiento atlético. Y también atrás quedarán más de 1.200 partidos del Atlético de Madrid como local en la ribera del Manzanares. El nuevo Metropolitano llama a la puerta preparado para recibir a la afición rojiblanca a partir del próximo curso y el Vicente Calderón cierra el telón. Presto para ser derrumbado, triste por el final de su historia y orgulloso de todo lo vivido desde aquel lejano mediodía de domingo del 2 de octubre de 1966, el día que empezaba la relación amorosa entre el Atlético y el Estadio del Manzanares.

Después de 43 años en el antiguo Metropolitano, con la Guerra Civil española y el Atlético Aviación de por medio, el Atlético de Madrid se despedía de su viejo estadio conquistando la quinta liga de su historia. Eran tiempos de progreso para el fútbol español y el Atlético vio la necesidad de crear un nuevo templo para los 50.000 espectadores que se reunían cada tarde de domingo en lo que hoy es la Plaza de la Ciudad de Viena. Entonces, en agosto de 1959 empezaron las obras para la construcción de un nuevo estadio a orillas del Manzanares, listo para acoger a sus feligreses al iniciar el curso 1966/67.

El Atlético empezó el nuevo campeonato perdiendo por 1-0 en San Mamés. La semana siguiente, el Barcelona debía ser el rival para inaugurar la nueva casa rojiblanca, pero el retraso en las obras no permitió que así fuera. El encuentro quedaba aplazado para el mes de noviembre y la inauguración del estadio se posponía para la siguiente jornada en la que el Atlético fuera local. Después de ganar por la mínima en Riazor, la cuarta fecha del campeonato liguero era la señalada. Todo estaba listo para recibir al Valencia en el Estadio del Manzanares, un feudo pionero en el Viejo Continente por ser el primero que permitía a los 70.000 aficionados presentes seguir el espectáculo en sus asientos. “Ya estamos en nuestra casa y nadie nos ha humillado. Mientras ellos van de pie, nosotros todos sentados”, rezaba ese día una pancarta que se convirtió en símbolo colchonero.

La jornada arrancaba fea en Madrid. Un cielo tapado y espeso cubría la capital y amenazaba a los colchoneros con una lluvia que podía fastidiarles el día que inauguraban su nuevo estadio. En parte, la inoportuna climatología consiguió aguar la fiesta (nunca mejor dicho) y dejó las gradas desangeladas pese a la ilusión con la que vivían los atléticos el traslado al nuevo estadio. Era toda una efeméride para la familia rojiblanca y diversas personalidades se congregaron en la celebración atlética, entre las que destacaban José Solís y Gregorio López-Bravo, Secretario del Movimiento y Ministro de Industria, respectivamente, junto al presidente atlético Vicente Calderón, aclamado por la afición antes de iniciarse el encuentro. Cada detalle se cuidaba al máximo para estar a la altura del acontecimiento, y tras el sorteo inicial dirigido por el colegiado Medina Iglesias, los capitanes Collar y Roberto intercambiaron regalos en honor del nacimiento del Estadio del Manzanares.

El técnico del Atlético de Madrid, Otto Gloria, alineó a Rodri, Colo, Griffa, Rivilla, Iglesias, Glaría, Luis Aragonés, Adelardo, Collar, Cardona y Mendonça para debutar en su nueva casa. Y, por parte del Valencia, ‘Mundo’ puso ese día sobre el césped a Pesudo, Sol, Mestre, Tatono, Claramunt, Paquito, Roberto Gil, Totó, Poli, Ansola y Waldo.

El partido acabó con empate a uno y no fue excesivamente atractivo. Las ocasiones en una y otra portería fueron pocas y el juego brilló por su ausencia, siguiendo el patrón de un día que no acompañaba en exceso y que, al poco de iniciarse la contienda, obligó a los aficionados expuestos al cielo a buscar un techo en el que resguardarse por culpa de la dichosa lluvia que caía ese domingo sobre la ciudad de Madrid. Pero cuando el encuentro se acercaba al ecuador del primer tiempo, un pequeño rayo de sol iluminó un centro medido de Cardona desde tres cuartos de campo. Tres defensores ataviados de blanco de arriba abajo saltaron para cabecear el balón lejos de su territorio. Todos ellos se quedaron cortos en el brinco, porque por ahí apareció uno de rojiblanco para firmar el primer gol de la historia del Estadio Vicente Calderón. Se impuso a los tres y también hizo inútil la salida de puños de Pesudo. Tocó el balón lo suficiente, lo justo y necesario, para desviarlo de su trayectoria inicial y dejarlo reposar en las redes de la portería. Ese futbolista del Atlético de Madrid llevaba el ‘8’ a la espalda, venía de Hortaleza y lo hacía para erigirse como una de las leyendas del que fue el club de sus amores. No podía ser otro que Luis Aragonés.