El irrepetible Jep Gambardella, el personaje fetiche de Paolo Sorrentino en La Grande Bellezza, tuvo a bien advertir que los funerales eran el evento mundano por excelencia y en el que las condolencias debían ser expresadas en un susurro y con absoluta seguridad. Pero, por encima todo, en donde había que tatuarse a fuego una lección: llorar en un sitio como ese es profundamente inmoral, puesto que se le roba atención y dolor a la familia más cercana, los verdaderos protagonistas.

La partida de Lionel Messi del Barcelona ha desencadenado, además de un golpe irreversible para el club y el mundo del fútbol, un debate genuino respecto al origen de sus deudores oficiales. ¿Quiénes merecen llorar en la primera línea? ¿Los catalanes? ¿Los socios del club? ¿Sus compañeros?  ¿Sus rivales? ¿Los argentinos? ¿Los aficionados al fútbol? ¿Los periodistas? ¿Los editorialistas? ¿Los reporteros? ¿A quién le debemos expresar nuestro pesar en un susurro? ¿Cómo evitar romper en un llanto colectivo?

Coincidí en un mismo espacio con Lionel Messi por primera vez una de esas noches de verano que comienzan pero que no terminan nunca en San Petersburgo, la antigua Leningrado. Sobreviví a la ebullición de la arena Krestovski tras una volea inapelable de Marcos Rojo que debió pertenecerle a Batistuta. En un radio de tres metros tenía a un sujeto que transpiraba fernet con un sombrero que prometía ser un guiño al Charly García de Random en Caras y Caretas, un veterano aficionado al que le dolía profundamente el partido de Javier Mascherano como mediocentro y la distinguida presencia de los campeones mundiales del 78. “Metelo a Lo Celso, petiso de mierda”, se convirtió a golpe de inspiración en la banda sonora del entretiempo, un coro consecuente con el “como no gane, lo vamos a ir a buscar a Sampaoli” que amenizó el vuelo desde Estocolmo, en el otro extremo del Báltico. Nigeria buscó emular la conmovedora hazaña de Islandia defendiendo la frontal ante Messi, pero el caos estructural del equipo y el estado emocional de su capitán John Obi Mikel —cuatro horas antes del partido recibió la noticia de que su padre había sido secuestrado— propiciaron un escenario poco favorable. La fiesta argentina se perpetuó tras el pase a octavos en la mítica calle Nevsky, la misma en la que Nikolai Gogol ambientó su famoso relato satírico sobre la autosuficiencia de la nariz de un burócrata petersburgués. Aquella noche, pese a la discreta actuación de Leo, se pareció muchísimo a lo que Alejandro Zambra definió como felicidad: nunca sentir que sería mejor estar en otra parte, nunca sentir que sería mejor ser alguien más.

 

No sólo tiranizó el fútbol como deporte, sino como espectáculo, fenómeno social y sobremesa. Sólo así se explica que Barcelona se haya convertido en el lugar de peregrinaje por antonomasia dentro del turismo de fútbol

 

Pero a Messi había que verlo en el Camp Nou, lejos de las exigencias maradonianas del argentino insatisfecho. Allí, en Barcelona, su casa, era otra cosa: se trataba del equipo de Leo, el estadio de Leo, la ciudad de Leo. Ese día, a un lado de mí refunfuñaba un viejo con auriculares, pantalones de pana, chaqueta a dos tonos y unas gafas con monturas de acetato que se confabulaban para salvaguardar un celeste casi imperceptible. “Con Undiano Mallenco no ganamos”, advirtió mientras se frotaba las manos con disciplina religiosa para disimular el frío y su impaciencia. “Como no espabile el Barca, nos llevamos cuatro hoy”. Aquella noche, el Barça de Valverde no espabiló, pero Messi, sostenido en una pierna, se las arregló para remontar en soledad un 0-2 ante el Valencia de Marcelino —el 4-4-2 más ortodoxo de la época— con un penalti y el típico gol desde la frontal tras un disparo tenso y angulado que se abrió paso entre un mar de rivales.

En otra ocasión, en el Lairen de Canalejas, no muy lejos de la catedral de Sevilla, se eligió democráticamente un Liverpool-Bayern en uno esos típicos martes de Champions, pero en el entretiempo, tras el 0-0 en Anfield, comenzaron a emerger brotes de insurgencia. No estaba solo. Me acompañaba un belga cuarentón de Lieja y una hindú, vegana, que experimentaba en carne propia toda la crueldad de los primeros compases de los treinta. Entre amenazas y miradas inquisidoras la atmósfera se tornó insostenible. La tensión del lugar comenzó a abrumarnos. Michael, el belga, me miró, y con la complicidad que solo existe entre los enamorados y los presos, acordamos sumarnos a la causa del Lyon-Barcelona para evitar un motín. Entonces me acerqué al viejo vestido como dandy que arengaba a la turba y le dije que no esperaba encontrarme un culé en Andalucía. Éste, mirándome de soslayo, negó cualquier vínculo blaugrana agitando la cabeza de un lado a otro, para después mostrarme una carcasa del Betis en su teléfono.

Quizá el gran legado de Messi haya sido precisamente ese. No sólo tiranizó el fútbol como deporte, sino como espectáculo, fenómeno social y sobremesa. Sólo así se explica que Barcelona se haya convertido en el lugar de peregrinaje por antonomasia dentro del turismo de fútbol, provocando una efervescencia incluso más tangible que la de los escritores latinoamericanos en ciernes que idealizaban en la Ciudad Condal, otrora epicentro del boom, un paraíso literario. O el hecho de haber propiciado un cambio abrupto en la mitología de bar, al grado de que ya nadie sacralizaba la chilena de Rivaldo ante el Valencia en las tertulias ni el cambio de orientación de Rafa Márquez al pecho de Ronaldinho.

Este domingo, el argentino rompió en llanto en rueda de prensa al despedirse del club y la ciudad. Reflexionando en ello, queda algo por reprocharle a Gambardella: nunca nos preparó para presenciar nuestro propio entierro. De modo que las lágrimas de Lionel Messi estaban plenamente justificadas. Las nuestras, aunque necesarias, seguirán siendo fiscalizadas.

 


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Fotografía de Imago.