Este reportaje está extraído del #Panenka66, número publicado en septiembre de 2017.


 

Martes de marzo en Kraisgau, la localidad que alberga la ciudad deportiva del Hoffenheim. Hace ocho grados bajo cero. El jardinero repasa uno de los terrenos de juego con su máquina de cortar el césped para retirar una fina capa de nieve. Cuando los jugadores saltan al campo, a las diez de la mañana, lo hacen provistos de prendas de abrigo. También Julian Nagelsmann, que luce un escudo del club bordado en su gorro de lana y una fina chaqueta de plumas. Durante los ejercicios apenas interviene: aclara algún concepto y corrige brevemente. Eso es todo.

La semana laboral del entrenador más joven de la historia de la Bundesliga, ese en el que algunos intuyen a uno de los mayores talentos de los banquillos europeos e incluso al sucesor de Carlo Ancelotti en el Bayern de Múnich, comienza entre picas (postes) y ‘chinos’ (conos cortos así apodados por su parecido con los sombreros asiáticos). Nagelsmann ha preparado diferentes ejercicios. En uno de ellos, los más de 20 jugadores se apiñan en una superficie tan larga como una mitad del terreno de juego, pero con solo 15 metros de ancho. La estrechez obliga a los jugadores a retarse continuamente en duelos de uno contra uno. En otro ejercicio el técnico impone a sus futbolistas desplazar siempre el primer balón hacia los costados. Una y otra vez. Y al final del entrenamiento matinal aparecen de repente cuatro porterías sobre el césped: dos reglamentarias de fútbol y otras dos de un tamaño más parecido al del hockey sobre hielo. Cada una de las pequeñas se sitúan enfrente de las dos grandes, con lo que el campo acaba teniendo el aspecto de un paralelogramo con continuas permutas en las bandas.

Como en todos los campos de entrenamiento del mundo, los jugadores reniegan cuando fallan un disparo, celebran sus goles y se retan con los compañeros. Pero aquí no se escucha demasiado parloteo. Bastante tienen los futbolistas con concentrarse en los complicados ejercicios que han de completar. Algunas de esas tareas no solo parecen extrañas, sino que además incluyen reglas añadidas: cuándo se puede pasar (y a dónde), cuándo se puede disparar. El defensa Benjamin Hübner, que llegó al Hoffenheim en el verano de 2016 procedente del Ingolstadt, ha explicado que necesitó varias semanas hasta que acabó de entender todas las tareas. Así que en esta mañana gélida, cuando los jugadores se retiran del campo uno siente que el entrenamiento no ha sido únicamente físico.

 

La idea futbolística de Nagelsmann está basada en 31 principios, ni uno más, ni uno menos

 

La temporada pasada el Hoffenheim encaró la segunda vuelta como tercero de la clasificación y único club todavía invicto. Pero es que además el equipo de Nagelsmann jugaba un fútbol vistoso. Bueno, si por vistoso entendemos que no se limitaba únicamente a aprovechar los fallos de los rivales, como casi todos los demás conjuntos. Y eso, paradójicamente, en un momento de fichajes cada vez más numerosos y caros entre los clubes alemanes. Pero la belleza del Hoffenheim no se basa en las incorporaciones de renombre: “Estoy orgulloso de cómo jugamos. No solo somos un ratón escurridizo delante de los gatos; a veces también nos gusta ser gatos”, argumenta Nagelsmann.

Quizá sea así, pero cuando él cogió las riendas del equipo lo único que encontró fue una ratonera sin queso. Era febrero de 2016 y el Hoffenheim era el penúltimo conjunto de la Bundesliga. El recién llegado, entonces de apenas 28 años, lo acabaría salvando con holgura del descenso. Ese verano de 2016 dejó un saldo favorable: se ingresaron 12 millones más de los que se invirtieron a pesar de que la plantilla ya se confeccionó mirando a Europa, un objetivo nunca antes logrado pero que diez meses después se acabaría certificando con sorprendente exactitud. ¿Es Nagelsmann, por lo tanto, ese niño prodigio del que tantos hablan?

Un profesor con 31 lecciones

Después de pocos minutos de conversación con él, esa pregunta ya se ha convertido en absurda. Porque Julian Nagelsmann probablemente sea el tío de 30 años más viejo del planeta. Sentado en chándal habla sobre fútbol con una claridad como si llevara dedicado a ello las últimas cinco décadas. Y sin embargo sólo lleva diez años como entrenador. O mejor dicho, ya lleva diez años como entrenador.

Con apenas 20, cuando era capitán del filial del Múnich 1860, tuvo que colgar las botas por culpa de las lesiones. Thomas Tuchel, entonces prometedor técnico del segundo equipo del Augsburgo, le contrató como analista de partidos, una responsabilidad que compaginaba con sus estudios de ciencias empresariales. Pero la táctica futbolera no tardaría en ganarle el pulso a las leyes del capitalismo. A los 22 Nagelsmann ya era entrenador de los juveniles de primer año del Hoffenheim, y a los 25, del equivalente al equipo de División de Honor, que haría campeón en 2014. Un año más tarde ya se había convertido en un técnico profesional, aunque aún le faltase aprobar un último trámite para obtener el carnet que en Alemania recibe un nombre explícitamente bello: Fußballlehrer. Profesor de fútbol.

En los siguientes años, Nagelsmann acelera el desarrollo de su propia mirada futbolística. Una mirada basada en 31 principios, ni uno más ni uno menos, que perfecciona a partir de su puesta en práctica. “Probablemente los jugadores no podrían recitar todos esos puntos, pero si paro un entrenamiento y pregunto de qué va el ejercicio en cuestión seguro que lo pueden asociar con el principio correcto”, afirma Nagelsmann. Los 31 principios son secreto de Estado, pero él mismo ha revelado un par de ellos en los últimos meses. Por ejemplo: que prefiere forzar al rival a un pase errado que robarle la pelota en un duelo directo. A sus ojos, los robos de balón en uno contra uno están asociados con múltiples casualidades. Y por tanto, difíciles de controlar. “Nuestro objetivo constantemente pasa por utilizar una recuperación de balón para acelerar una transición rápida contra un rival mal colocado”, revela. Quien busque en Internet uno de los goles de su Hoffenheim contra el RB Leipzig encontrará la demostración empírica de ese principio nagelsmanniano.

El técnico también insiste en su preferencia por los pases diagonales, antes que horizontales o verticales. Generan más espacios y profundidad como base para las combinaciones escaladas rumbo a la portería contraria. Sus jugadores deben evitar el pase directo hacia adelante, puesto que aumenta el riesgo de pérdida. Pero siempre ofrece la libertad para, en el momento decisivo, mandar los principios al fondo del cerebro, como a menudo demuestran futbolistas como Amiri o Kramaric.

Aunque este ideario de 31 puntos no sea una reinvención del fútbol, Nagelsmann se esfuerza por inculcárselo a futbolistas poco familiarizados con él. “Para mí lo novedoso es cómo entiende el fútbol: divide cada partido en un montón de diferentes aspectos, los entrena y luego los vuelve a juntar”, argumenta el delantero Sandro Wagner. El resultado es que Nagelsmann es uno de los pocos entrenadores de la Bundesliga que durante un mismo partido es capaz de realizar cambios reales a nivel táctico. ¿Es eso complicado para un jugador? “Bueno, es que todo lo hemos preparado antes”, resuena lacónico Wagner.

Una mirada al despacho de Nagelsmann no permite catalogarle como un friki de la informática. Sí, hay un portátil, pero también cientos de notitas por todas partes. Le gusta escribirlas y luego ordenarlas en sus cuadernos de entrenamientos. Puede que sea un apasionado de la táctica pero avisa: “el fútbol es un deporte de jugadores, no de entrenadores”. Para él los futbolistas no son figuritas de un ajedrez a merced del técnico. Pareciera más bien que él se siente un jugador-entrenador que ya no juega, pero al que le gustaría seguir haciéndolo, y al que sus hombres consideran próximo no solo por razones de edad.

¿Ha hecho Nagelsmann realidad la vieja ambición del Hoffenheim de convertirse en un club innovador que vive de la generación de talento propio? “La respuesta sería un sí rotundo”, señala el mánager del equipo, Alexander Rosen. Como el entrenador, Rosen es el director deportivo más joven de la Bundesliga. “Los objetivos siempre fueron esos, pero nunca se dieron como ahora”.

Semana laboral alemana

El jueves sale por fin el sol y las temperaturas, por primera vez en la semana, pasan de los cero grados. La semana laboral de Nagelsmann sigue con arreglo a su planificación milimétrica. Los lunes ni se repasa el último partido ni se presenta el siguiente: solo se descansa. Los martes son para él ‘día de formación’, en los que se profundiza en algunos de sus principios. Los miércoles se prepara a puerta cerrada el próximo encuentro. Los jueves toca repaso con apoyo del vídeo y, después de comer, un partidillo de 11 contra 11 también sin público. Los viernes vuelve a bajar la intensidad y solo se retocan algunos detalles. Antes que cualquier otra cosa, Nagelsmann es un profesor de fútbol. Quiere aportar algo a sus jugadores, incluidos los más mayores, y así prepararlos para cada partido. En su mente, cada día de entreno y cada ejercicio se vinculan con una idea en particular. Hace un día sacó una pizarra al campo para mostrar cómo sorprender a su próximo rival: con más balones por banda, con más pases largos. Tuvo que enseñar algo diferente -o más bien, opuesto- a lo que enseña habitualmente.

En principio trabaja como Pep Guardiola: enfoca cada partido como un ejemplar único en función de las debilidades del contrario. Así se eligen los ejercicios de cada semana. El jugador debe aprender, reaccionar intuitivamente de forma acertada y no pensar demasiado. “El diseño de los ejercicios es algo muy creativo, lo disfruto mucho”, revela el preparador. Maneja cientos de posibilidades porque nunca hace dos veces el mismo ejercicio. Dicen que cuando se le ocurre uno nuevo se le nota en la cara cuando llega al despacho.

Pero cuando comienza el partidillo de los jueves, todo se viene abajo. El equipo titular que debe jugar contra el Leipzig pierde 0-3 contra los suplentes. Apenas se puede ver nada de lo que Nagelsmann ha preparado. Los jugadores se retiran a la caseta mientras él intercambia algunas frases con sus asistentes y luego abandona el campo en silencio. “Ha sido uno de los peores entrenamientos que he visto desde que está Julian”, confiesa Alexander Rosen, quien lo ha seguido desde su despacho en la primera planta del edificio principal. “Tras una sesión así, a la mayoría de entrenadores se les escucharían los gritos desde aquí”. Lo que el mánager quiere decir es: Nagelsmann no grita.

Tenemos que hablar… poco

Lo importante para este entrenador que no grita es dar libertad a sus jugadores. “Lo que recibes como técnico es mucho más que cuando tratas de controlar hasta el último porcentaje”. Por ejemplo, es conocido que Sandro Wagner se deja hasta la última gota de sudor en los partidos pero se dosifica en los entrenamientos. O que se le permite pasar una tarde libre en Múnich con sus niños. “Julian trata a todos de forma justa y no pretende cambiar a la gente. Esa es para mí su mayor cualidad, junto con sus conocimientos”, resume el delantero.

Hablando de personalidad, ¿cómo definiría la suya el propio Nagelsmann? “Para mí las relaciones personales son extremadamente importantes”, confiesa. “Cuando algo se interpone entre un jugador y yo, trato de arreglarlo inmediatamente. Y, claro, la ambición forma parte de mi carácter”. Sin hambre de éxitos no habría llegado a donde está. Quizá ni habría comenzado su carrera. No sorprende que en el Bayern algunas cabezas pensantes se hayan fijado en él. Aunque no es el único. “Hacemos broma con Ralph Hasenhüttl y Thomas Tuchel” [todos ellos jóvenes y vinculados en algún momento con cierto interés del club muniqués]. “Aún tenemos que repartirnos los puestos de entrenador, segundo y asistente”. En realidad en Múnich desean comprobar antes cómo el ‘supertalento’ se desenvuelve ante un escenario de crisis. De momento Nagelsmann solo ha tenido que lidiar con una racha de cuatro empates consecutivos.

Tampoco el psicólogo del Hoffenheim, Jan Mayer, alberga dudas de que Nagelsmann sería una opción acertada para el banquillo del Bayern. Sin embargo, reta al joven técnico a apostar sobre su propio futuro: “en diez años te habrás hartado de esto y estarás haciendo otra cosa”. Nagelsmann le responde que quizá le encuentre organizando excursiones por la montaña. El poder y los símbolos que implica el fútbol parecen interesarle poco. “No hay nadie en todo el club que me diga: recuerdo una vez que se mostró injusto o se portó como un gilipollas”, mantiene Mayer.

 

Después del peor entrenamiento del curso, abandona el campo en silencio: Nagelsmann no grita

 

Tras un año con su equipo, Nagelsmann tiene un temor: aburrirse. “El aburrimiento es uno de los grandes asesinos en las relaciones. Y también en las que unen a un entrenador con sus jugadores”. Por eso trata de no hablar demasiadas veces ni demasiado tiempo a sus futbolistas. Ni siquiera el día previo al encuentro se le escucha demasiado. “Mi experiencia como jugador es que cuando el entrenador suelta un rollo el vestuario no suele soportarlo”. El sábado su última charla antes del partido en Leipzig dura cinco minutos. Tiene lugar en el vestuario del estadio. Poco antes de saltar al terreno de juego conjura a sus jugadores brevemente desde un plano más emocional. Eso es todo.

Durante una de las charlas de la semana, Nagelsmann había dicho: “Hay goles que a veces ocurren exactamente como los has preparado. Pero rara vez el rival no te muestra las debilidades que has preparado”. El gol de Nadiem Amiri en Leipzig es en ese sentido un gol preparado: recuperación en la frontal del área propia, salida escalonada, balones diagonales, transición rápida. No se trata de una jugada estudiada como en el mundo del baloncesto pero en ella se ocultan muchos análisis de vídeo y varias horas de entrenamiento esa misma semana. Y naturalmente los principios que el entrenador ha implementado entre sus jugadores en el curso del último año. En realidad todo lo que Julian Nagelsmann ha ido asimilando, madurando e interpretando se encuentra condensado en este tanto.

La imprevisibilidad del fútbol

Pero por muy larga y laboriosa que sea la intrahistoria de ese gol, al Hoffenheim no le servirá para conseguir en Leipzig una victoria… y ni siquiera un empate. La igualada se produce después de que el conjunto de Nagelsmann falle en una salida combinada desde la defensa. Con el 1-1 en el luminoso, Sandro Wagner es expulsado del terreno de juego. Y ya en las postrimerías del encuentro, Marcel Sabitzer consigue el tanto de la victoria local con un disparo desde la media distancia que un defensa del Hoffenheim desvía lejos del alcance de su portero. Nagelsmann había alertado a sus jugadores de que la mayoría de los goles de Sabitzer se producían como consecuencia de disparos desde fuera del área y que por tanto había que presionarle especialmente. Ahora marca Sabitzer desde fuera del área. Definitivamente, el fútbol es un juego imprevisible.

El autobús del Hoffenheim arranca su motor en las catacumbas del estadio de Leipzig. Nagelsmann se sube a él como uno de los primeros de la comitiva, totalmente entregado a sus pensamientos. Mañana hay día libre. El lunes llegará, el martes traerá el ‘día de formación’ y alguno de sus 31 principios. Pero mientras tanto él ya está pensando en nuevos ejercicios.

 


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Fotografía de Imago.