Si damos por bueno aquello de que los ojos son el espejo del alma, imagino que cuando una gota se dedica a hacer surf sobre las mejillas eso debe ser la expresión máxima de nuestra mirada. Porque una lágrima es la prueba irrefutable de todo. Si hay llanto, no hay más preguntas, señoría. Culpable de un sentimiento. Tristeza, rabia, miedo, dolor. No podemos escoger; te viene como quiere, cuando quiere, sin previo aviso. Pero si hay una emoción lacrimógena que todos escogeríamos por delante de las anteriores, imagino, claro, es la de llorar de felicidad. Ahí te has pasado el juego. Llorar de felicidad es como empezar a reír del dolor al darte con el codo en la mesa, un oxímoron mutado en sentimiento. Expresarse por todo lo alto, al fin y al cabo.

Y si los ojos son el espejo del alma, este jueves los de Mourinho fueron el espejo de la Roma. Porque José y la Ciudad Eterna se encontraron en momentos similares, en esa etapa de la vida en la que no sabes bien si decir ‘bueno, hasta aquí’ o seguir intentándolo, poniendo la otra mejilla. Caer, levantarte, caminar de nuevo. Caer en Mánchester, levantarte en el norte de Londres, caer como ‘Spur’, levantarte en Roma. Caer con Totti, que te levante Totti, caer con la despedida de Totti y no oler un título desde 2008, levantarte al volver a sentirte special.

Juntos, Mourinho y Roma, volvieron a levantarse. Por eso las lágrimas. “¿Casi emocionado? Casi no, estaba emocionado. La historia de la Roma es de sufrimiento, no ganan mucho y han jugado pocas finales. Pero somos una familia dentro y fuera del club. No hago esto por mí, sino por mis jugadores, por los dueños y esta afición”, sentenció el portugués al término del Roma-Leicester que daba acceso a los ‘Giallorossi’ a la primera final de la historia de la Conference League.

 

José y la Ciudad Eterna se encontraron en momentos similares, en esa etapa de la vida en la que no sabes bien si decir ‘bueno, hasta aquí’ o seguir intentándolo, poniendo la otra mejilla. Caer, levantarte, caminar de nuevo

 

Una final ansiada por Mourinho, que lleva desde 2017 sin levantar un título; una eternidad para un entrenador que, hace no tanto, los levantaba sin cesar y que está a las puertas de ser el primero que se lleva Champions, Europa League y Conference League. Una final también ansiada por la Roma, que lleva desde 1991 sin presentarse en el último duelo de una competición europea, cuando el Inter de Milán de los alemanes Klinsmann, Matthaüs y Brehme supo sacar renta del 2-0 cosechado en el Giuseppe Meazza y pudo levantar la copa pese a caer por 1-0 en Roma. Una final también ansiada por Italia, desaparecida en los últimos tiempos de las batallas que se libran en el viejo continente, alejada de las rondas postreras de los torneos desde 2010, cuando, precisamente Mourinho, lideró al Inter y lo condujo hacia la tercera Champions de su historia. Quizá no haya mejor final del cuento: el tipo que le dio el último triunfo continental al país puede darle el siguiente después de más de una década. Y para rizar aún más el rizo, lo haría con un equipo que perdió su última final europea contra el equipo al que el portugués condujo hasta la ‘orejona’. La de vueltas que da la vida.

John Lennon dijo una vez que “cuando los sentimientos finalmente se expresan te hacen llorar, es simplemente eso”. Así de sencillo. Como para no llorar de felicidad. Como para no llorar con el fútbol. Benditas lágrimas, José. No te las seques. Son las de media Roma.

 


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