Carlo Azeglio Ciampi abogaba en sus tiempos como presidente de la República por la unidad del país. “Italia es un país de países, y de ciudades, unido por sus diferencias”. Y es que la historia del territorio transalpino no se entiende sin la diferenciación de sus tantas regiones y el sentimiento de pertenencia a cada una de ellas. No es lo mismo un lombardo que un veneciano o un romano. Como tampoco lo son un emiliano o un siciliano. Todos sienten Italia como suya, pese a la enorme grieta existente entre dos Italias muy distintas: la del norte y la del sur. Dos Italias que se odian, se repugnan, pero son incapaces de entenderse la una sin la otra.

Si por el Piemonte nos encontramos con el refinamiento, la industralización y el orden como estándares de la región, Campania es el polo opuesto a la realidad que se vive cerca del Juventus Stadium. Allá el caos reina por encima de cualquier mandamiento, no hay leyes más allá de las que no necesitan ser escritas y sus calles invitan a pensar que pronto puede suceder algo bueno, malo o peor. Las diferencias de sus ciudades y regiones son el fiel reflejo de la personalidad que transmiten sus clubes. A la Juventus, fina, elegante y ganadora por decreto, nunca podríamos ubicarla en una ciudad como Nápoles; y, del mismo modo, también sucedería si ubicásemos a los partenopeos en Turín. Quizá por ello, por vivir en dos Italias tan profundamente opuestas, ambas aficiones, sabiéndose las máximas exponentes de las dos realidades existentes en el país transalpino, comenzaron a sentir un profundo rechazo por el bando enemigo. Una rivalidad que estuvo en standby por largo tiempo, pero que hoy vuelve a estar más viva que nunca.

Toda enemistad tiene un punto de partida. En este caso, en el de la relación Juve-Nápoles no se sabe el origen determinado. De hecho, se barajan infinitos motivos por los que la relación entre los dos clubes sea de todo, menos amistosa. Empezando por la diferencia entre las clases sociales de sus aficiones. Siguiendo porque la Juve es, a la vez, el equipo más amado y odiado en Italia, hasta el punto de jugarte el tipo si te atreves a darte un paseo por las calles de Nápoles vestido de bianconero. Pero uno de los tantos puntos de inflexión que ha generado esta rivalidad llegó a finales de los 80, cuando el Nápoles, comandado por Diego Armando Maradona, le comió la tostada a aquella gran Juventus de Michel Platini ganándole dos Scudetti, uno en la 86-87 y el otro en la 89-90. Escocieron en el norte aquellas gestas, dolió ver a los ‘inferiores’ sureños siendo por primera vez superiores a una Vecchia Signora que siempre se había visto a sí misma noble e impoluta.

 

El Nápoles volvió a la élite, la Juventus le atestó un golpe en toda la cara con el fichaje de Gonzalo Higuaín y la rivalidad resurgió de sus cenizas

 

Por suerte para los clubes que hasta entonces habían dominado el calcio, tras Maradona, llegó el vacío a San Paolo mediados los años 90. El norte volvió a campar a sus anchas por la máxima competición del fútbol italiano, mientras que el sur, representado básicamente por los napolitanos, quedaba de nuevo amargado en el ostracismo. Dos descensos a la Serie B y una crisis que acabó con el cuadro napolitano en bancarrota y empezando de cero en la Serie C1 -la tercera división italiana-. La inestabilidad del Nápoles tanto en el césped como en los despachos calmó las aguas por un largo tiempo. Los tres grandes del calcio, Juve, Inter y Milan, se olvidaron del vecino ruidoso del sur por más de dos décadas.

Los tiempos han cambiado, el Nápoles volvió a la élite, la Juventus le atestó un golpe en toda la cara con el fichaje de Gonzalo Higuaín y la rivalidad resurgió de sus cenizas. Pese al duro varapalo de ver al que un día celebraba los goles en San Paolo haciéndolo ahora con la camiseta que más odian, el Nápoles ha conseguido derrumbar la aristocracia norteña que dominó el calcio desde las primeras patadas que se le dieron a un balón en suelo transalpino.

Ni Inter ni Milan son ya rivales para una Juventus que suma siete temporadas consecutivas como campeón de la Serie A; ahora, los Bianconeri solo temen a aquellos que en su día ya se revelaron guiados por Diego Armando Maradona y que, en los últimos tiempos, con el pragmatismo de Rafa Benítez y la valiente apuesta de Maurizio Sarri, han alzado la voz para reivindicar que Nápoles, guste más o menos a los de ahí arriba, se han ganado su hueco entre los grandes. Y aunque al resto les joda, también les gusta competir con los reyes de ‘la otra Italia’. Hoy son los juventinos los que sonríen tras el 3-1 que le endosaron al Nápoles en la lucha por el liderato; mientras, los partenopeos deberán esperar al 3 de marzo, la próxima vez que el calendario les enfrontará, para ajustar cuentas sobre el césped y reivindicar ‘su’ Italia.