Hay decisiones que te acompañan a lo largo de toda una vida. Tener un perro o un gato. Casa en el mar o en la montaña. Casarse o no hacerlo. Tener descendencia o dormir por las noches. Las razones por las que tomar una u otra vía, meditadas, instintivas o a ciegas y a lo loco, se escriben en un papel en blanco, sin un final que te cuente cómo acaba la historia; eso ya, si eso, se va descubriendo a medida que avanzas por el camino. A veces la jugada sale bien, a veces sale ‘ni fu ni fa’ y a veces tragas, tiras hacia delante y lo asumes como puedes. La cuestión es que hay decisiones que no tienen punto de retorno. Te pueden cambiar, te pueden curtir, te pueden debilitar o te pueden matar, pero nunca te volverán a dejar ser el de antes, ni para bien ni para mal.

A principios del presente siglo, en can Barça se frotaban las manos con tres mozalbetes que pintaban para futuras estrellas en el Camp Nou. Pero las figuras paternalistas de Arséne Wenger y de Sir Alex Ferguson despedazaron pronto aquella terna. En el verano de 2004, Gerard Piqué, el teórico próximo jefe de la zaga del Barcelona, puso fin a su etapa azulgrana para volar a Mánchester. Un año antes, Cesc Fàbregas, ese al que todos vestían con el ‘4’ a la espalda en el primer equipo, y eso que el ‘4’ no es un número trivial en el Barça, también cogía la maleta en dirección a Inglaterra. Él, concretamente, destino al norte de Londres.

Primera decisión, primer giro de guion. Mientras la parroquia azulgrana solo sabía de la existencia de Lionel Messi, el otro de aquel trío, por jugar unos minutillos en la inauguración del Estadio Do Dragao, con 16 años y el ’57’ debajo de su apellido, Cesc Fàbregas pasaba a los libros de la historia del Arsenal en la noche del 23 de octubre de 2003. ¿A qué edad le hubiera sucedido eso en Barcelona? Nunca lo sabremos. Pero esa decisión le llevó a la elite en un abrir y cerrar de ojos. En poco tiempo se había convertido en el más joven en debutar, el más joven en marcar y el más joven en hacer soñar a los ‘gunners’ con un nuevo ídolo. Todo fue muy deprisa. Le dieron un número más digno, el ’15’, y empezó a entrar en los planes del equipo que, una temporada atrás, se había pasado el juego conquistando una Premier League con el casillero de derrotas a cero. Cada mañana como uno más al costado de Thierry Henry, Dennis Bergkamp, Patrick Vieira y Robert Pires, poca cosa.

 

Organizaba, pasaba, asistía, llegaba y marcaba con el Arsenal como si llevara toda una vida mamando del fútbol inglés

 

Un año después ya organizaba, pasaba, asistía, llegaba y marcaba con el Arsenal como si llevara toda una vida mamando del fútbol inglés, con una personalidad y una jerarquía impropias de un recién llegado. Se metió a Wenger (y a la afición) tan rápido en el bolsillo que cuando Patrick Vieira se fue a la Juventus en 2005, Fàbregas se adueñó de su número, el ‘4’ precisamente, y de su lugar en el once, haciendo del gigantón francés un cromo más en el baúl de los recuerdos. Fueron pasando los años y la figura del catalán seguía creciendo en el Emirates. El problema, su equipo iba en dirección contraria. Tras ocho años ahí, siendo él en los últimos cursos el único rayo de esperanza en el que sostenerse para rellenar el vacío de las vitrinas, se percató de que los proyectos de Wenger no hacían nada más que morir mayo tras mayo; mientras desde Barcelona no hacían nada más que llegar cantos de sirena señalándole como el heredero del estilo que lideraba Xavi Hernández en la sala de máquinas azulgrana. Y ya se sabe que el corazón siempre tira para casa.

Ante el pánico de perder al niño que había convertido en hombre, Arséne Wenger movió lo inamovible para que Fàbregas decidiera quedarse en Londres cuando se aproximaba cada loca ventana de traspasos, hasta que 2011 el de Arenys volvió al club de sus amores, donde descubrió que los amores imposibles también existen. Pese a sus buenos registros goleadores y asistentes, fue incapaz de reajustar en un cuarteto aquel triángulo perfecto que conformaban Messi, Xavi e Iniesta, aquellos locos bajitos que, como recordaba Alfredo Relaño tras el Barça-Santos de la final del Mundial de Clubes, “no paraban de joder con la pelota. Joder de gozar, en este caso, no de fastidiar. Ellos gozan con la pelota pero no fastidian a nadie, nadie puede sentirse fastidiado por esa forma de interpretar el fútbol que La Masía, la universidad del fútbol más valorada en nuestros días, ha lanzado al mundo”.

 

El chico que había sido moldeado hasta los 16 años para ser el epicentro de la filosofía cruyffista había ‘premierizado’ tanto su juego que ya parecía no encajar en el puzzle azulgrana

 

Cesc Fàbregas llegó a sentirse un extraño en su propia casa. El chico que había sido moldeado hasta los 16 años para ser el epicentro de la filosofía cruyffista había premierizado tanto su juego que ya parecía no encajar en el puzzle azulgrana. Más del ir y venir que del control. Más de llegar que de conectar. Menos de lo que había sido y más de lo que mutó. No se acopló a la velocidad supersónica de ese centro del campo y su anarquía tampoco encajaba en aquel caos tan bien organizado que diseñó Pep Guardiola. La solución esta vez pasaba por volver a la ciudad donde ‘olvidó’ al Barcelona para acordarse de sí mismo, aunque ahora en el costado blue londinense.

En Stamford Bridge ya no fue ni falso nueve ni falso mediapunta como en el Camp Nou. Regresó al centro de operaciones y se reencontró, a medias, con el primer Cesc Fàbregas que conoció el planeta fútbol. “[Mourinho] me daba también una libertad… Pero desde más atrás. Un poquito como Wenger, pero con Wenger era más de tres cuartos para arriba y con Mourinho, un poco más de salida de balón a tres cuartos. Fue un año fascinante”, recordaba el propio Fàbregas para el #Panenka70. Ese fascinante año del que habla, el de su retorno a la Premier con título incluido, fue el último curso en el que tuvo un gran protagonismo. Su luz, esa que imaginaba en Highbury a uno de los centrocampistas que podríamos disfrutar en la siguiente década, se consumió lentamente entre suplencias con Antonio Conte y Maurizio Sarri después de pasar a la historia del fútbol inglés por sus 500 partidos entre Arsenal y Chelsea y dejar la competición como segundo máximo asistente de la historia de la Premier League, por delante de mitos a la altura de Lampard y Gerrard, solo detrás del imperecedero Ryan Giggs.

Nunca conoceremos cuál hubiera sido el desenlace de la historia de Cesc Fàbregas si no hubiera aceptado la oferta de Wenger para ser un talento sumamente precoz. Quizá el Barcelona no habría temido tanto el final del trayecto de Xavi e Iniesta; como tal vez el camino de España se podría haber quedado muerto y enterrado en aquella tanda de penaltis en el Ernst Happel de Viena; y quién sabe qué hubiera sido del Arsenal post invencible, para la salud ‘gunner’, mejor ni preguntárselo. Sus decisiones le llevaron a todo lo conseguido y lo que no pudo lograr, a lo que fue y podría haber sido, y ahora el Mónaco de su amigo Thierry Henry ha convenido sabiamente que sea Cesc Fàbregas quien decida en su necesitada sala de máquinas.