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La vida era eso que pasaba entre Mundial y Mundial

Un Mundial en invierno es una anomalía para todos aquellos futboleros que se acostumbraron a organizar su vida a partir del tiempo entre dos torneos

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La vida era eso que pasaba en los cuatro años que iban de un Mundial a otro. Era mi medida del tiempo, como la de tantos. Empecé a saber que el mundo existía a mi alrededor en México, viví la infancia en Italia, la adolescencia en Estados Unidos y Francia, todos los desengaños de la edad adulta a partir de Corea y Japón. El tiempo tenía un orden, cómo decirlo, un sentido mítico, igual que cuando los mayores hablaban de la necesidad de que el campo reposara para recoger más adelante sus frutos. Aquellos cuatro años entre un Mundial y otro, se mire por donde se mire, siempre terminaban por fermentar en la expectativa con la que aguardábamos un nuevo torneo.

Pero ahora el tiempo mudó su lógica. Como quien va a la vendimia en mayo o siembra patatas en diciembre. Nos movieron de lugar las señales que marcaban un alto en el camino. Un Mundial en invierno es como dejar que nuestra memoria se guíe por la brújula de Jack Sparrow. Llegaba el verano cada cuatro años y las guías de los periódicos estaban en los kioscos, los especiales de Mortadelo y Filemón en las estanterías, el bocata de chóped en la cartera y el balón preparado para salir a jugar a la calle después de un Camerún-Rumanía. Hoy en día, como casi todos, hay demasiadas cosas que aborrezco, qué sé yo, la sobrecarga de partidos, las lesiones de los futbolistas, la pérdida del aura; pero si hay algo que no puedo soportar es que faltase menos de una semana para el comienzo del Mundial y ni una guía, ni un álbum de cromos, ni nada por el estilo, podía ser fiable porque las selecciones apenas habían terminado de anunciar sus convocados.

El fútbol es relato, claro está, y como tal los Mundiales fueron siempre nuestra piedra de toque, el punto de referencia con el que echamos la vista atrás y nos recordamos más jóvenes, acaso más felices. Soy incapaz de aguardar este noviembre un Ecuador-Senegal con la misma ilusión con la que vi el debut de Japón o Jamaica en Francia’98. Tal vez me estaré convirtiendo en un viejales gruñón, que también, pero la nostalgia se impone y hace de las suyas. Y miren que este año tendría la excusa perfecta para no seguir el Mundial practicando un boicot activo contra los psicópatas del Golfo. Pero, por muy estupendo que me ponga, lo intento y no me da. Es volver la vista atrás apenas un poco y encontrar, entre los demócratas de toda la vida que han presidido alguna final, a elementos como un tal Benito, un tal Videla o un tal Vladimir. Así que no es por desmerecer al emir de Catar, ¿soy yo o todos los emires de Catar son Antonio Ozores disfrazado?, pero lo cierto es que, por muy indecente que sea decirlo, para mí lo peor de este Mundial es que me cambiaron la lógica y la medida del tiempo. Y, no se crean, que todavía nos tocará dar las gracias por ver el último Mundial que se jugó cada cuatro años.

 

Nos movieron de lugar las señales que marcaban un alto en el camino. Un Mundial en invierno es como dejar que nuestra memoria se guíe por la brújula de Jack Sparrow

     

Nos hacemos mayores y el fútbol sigue ahí, por supuesto, pero siento que ya no puedo dejar de vivirlo como un fútbol diferente, extraño, fotocopiado. El otro día me di cuenta de que los Mundiales ya solo se juegan en mi imaginación. Pensé en la última final y tuve que consultar en redes el resultado. No recordaba cómo había transcurrido el partido entre Francia y Croacia, apenas algún flashazo de Modric, y ni siquiera podía decir cómo habían sido los goles. La memoria tiene esos caprichos, claro que vi la final, pero nada de todo aquello había dejado en mí un mínimo poso. Y, sin embargo, podría recordar ahora mismo las mejores jugadas, qué sé yo, de la final de México’70 o de España’82 como si literalmente hubiera estado allí. El salto de Pelé, el pase a Carlos Alberto, la celebración de Tardelli, Sandro Pertini en el palco, ya saben, todas esas cosas que nuestra memoria sigue destilando como un buen vino.

No tengo ni idea de lo que recordaré de aquí a cuatro años de Catar. Solo sé que, ahora que lo pienso, el de Rusia fue el único Mundial que no he visto junto a mi padre. Quizá por eso me resulte tan difícil evocarlo. Vi el pasado Mundial muy lejos, emigrado, al otro lado del charco, y casi no recuerdo nada de él. Claro que hablaba con mi padre por teléfono, pero les aseguro que no es lo mismo. Un Mundial era aquello que pasaba cada cuatro años y pasaba siempre a su lado. Lo puedo recordar de mejor o peor manera, pero sé que vimos juntos a Enzo Scifo en México, los goles de Schilacci en Italia, las perillas de los españoles en Estados Unidos, las mangas anchas de Suker en Francia, las caras de teatro kabuki de Oliver Kahn en Japón, el panenka de Zidane en Alemania y, sobre todo, por encima de todo, aquellas lágrimas contenidas, no sé por qué, una noche de julio de 2010 en San Felices de los Gallegos.      

Siempre cojo las vacaciones a finales de año y solo estoy pensando en que el vuelo llegue a tiempo para poder ver el debut de España contra Costa Rica. ¿Será que después de todo debo darle gracias a la FIFA por el hecho de que este Mundial se juegue en invierno? Pues ahora que lo pienso, lo cierto es que sí. No hagan caso a todo lo que he dicho antes, borrón y cuenta nueva. A finales de noviembre volveré a casa y todo mi plan para estas vacaciones será tumbarme a la bartola viendo tantos partidos como pueda. No debería, tengo conciencia, pero no puedo dejar de hacerlo. Han pasado solo seis párrafos desde que comencé a escribir y ya he vuelto a ilusionarme con el fútbol. Después de ocho años, dos veces cuatro, volveré a ver un Mundial junto a mi padre y eso es lo único que me importa.

 


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Fotografía de Getty Images.