“Jamás serán campeones de Copa”, dice la leyenda que aseguró Julián Comet a principios del siglo pasado, indignado al constatar que el auge del fútbol en San Sebastián y, en concreto, la construcción de Atotxa implicaría la demolición del velódromo por el que tanto había luchado; y la maldición, la negra profecía, de aquel ciudadano francés establecido en San Sebastián a finales del siglo XIX se convirtió en ley, en un fantasma que sobrevivió al mencionado Comet y a muchos de aquellos que acariciaron la Copa en 1913, en 1928 y en 1951, siempre con el Barça como bestia negra.

La maldición de Julián Comet fue ley hasta la tarde del día 27 de junio de 1987; cuando la Real Sociedad, que en la 80-81 y la 81-82 había conquistado sus dos primeros (y únicos) títulos de liga y que en la 82-83 se había quedado a tan solo un paso de la final de la Copa de Europa, alzó al cielo de Zaragoza, de La Romareda, la Copa del Rey tras ganar al Atlético de Madrid en la tanda de penaltis (2-2, 2-4), con John Toshack en el banquillo y aún sin extranjeros en el equipo.

Al mismo tiempo que iba enlazando una de cal con una de arena, y así de forma sucesiva, de camino hacia la zona tibia de la clasificación, en el primera y último campaña en el que el campeonato de liga se disputó en un formato play-off a la postre decepcionante; el cuadro ‘txuri-urdin‘ fue avanzando rondas en el torneo del KO. En las primeras batió al Baskonia, al Montijo y al Villarreal, todos de Tercera División, por 0-1, con goles de Arrien, ‘Txiki’ Begiristain y Roberto López Ufarte, y después se impuso al Eibar, de Segunda B, con un doble 2-0 en octavos y al Mallorca Atlético con un salvaje 10-1 en Atotxa en cuartos. Górriz, Loren, Txiki y José Mari Bakero, con sendos dobletes, y Zamora y Mujika clasificaron a los de Atotxa para las semifinales; donde la Real se cruzó con un Athletic al que eliminó con un solitario gol de Bakero en San Mamés.

El Atleti de Luis Aragonés, por su parte, desembarcó en La Romareda después de remontar la eliminatoria de semifinales contra el Madrid de Leo Beenhakker con un 2-0 en el Vicente Calderón y siendo “un poco más favorito que nosotros”, arranca un Roberto López Ufarte (Fez, Marruecos; 1958) que partió como titular en ataque al lado de “otros dos enanos: Txiki y Bakero. Les volvimos locos. Les desbordamos”. Por detrás de ellos tres salieron Arconada; Sagarzazu, Górriz, Gajate, Dadíe, López Rekarte; y Larrañaga y Zamora en el centro del campo.

No habían transcurrido ni diez minutos cuando el propio López Ufarte anotó el primer gol de la noche al superar a Abel Resino con su pierna izquierda; mientras la zaga ‘colchonera’ todavía se preguntaba qui est ce petit diable, tal y como ya había hecho en su día el príncipe Raniero de Mónaco en un encuentro de la selección estatal juvenil. “Ya se me quedó para siempre”, recuerda un López Ufarte que aquel 27 de junio celebró el último de los 129 goles que aún le acreditan como segundo máximo artillero histórico de la Real y disputó el último de sus 474 encuentros con la Real: “Por decirlo suavemente, la Real me había invitado a irme. Toshack me dijo que se sentía capaz de hacer un equipo sin mí. Al final intentó recuperarme, pero la decisión ya estaba tomada; aunque inicialmente no tenía las ganas de salir que quizás sí que había tenido cuando tenía 22 o 23 años y el Madrid y, sobre todo, el Barça se interesaron mucho por mí, pero fue imposible por el derecho de retención que existía antaño. Esa tarde todavía no sabía dónde iría, pero sabía que era mi último partido con la Real. Y al terminar el partido, Gil, que acababa de ser elegido presidente del Atleti aquel mismo día, dijo que Menotti iba a ser su entrenador, y Menotti me tenía mucho cariño. Siempre decía que yo era un jugador diferente. Hizo todo o posible para que yo fuera ahí, y así fue”, evoca el delantero de Fez, que, a la vez, añade que “la final fue un partido duro. Recuerdo dos o tres regates en los que todos vinieron a por mí, con Tomás Reñones a la cabeza”. “Tomás era un jugador que lo daba todo. Cuando fiché por el Atleti me dije: ‘por lo menos me he librado de esos dos partidos al año contra él’, porque te daba hasta en el carné de identidad y en ocasiones era muy duro, pero mi sorpresa fue que en los entrenos era exactamente igual, y la dosis pasó a ser diaria”, rememora, entre risas, López Ufarte, que tras un año en el Calderón colgó las botas en el Betis.

El Atleti, con todo, empató poco después, en el 24′, por mediación del uruguayo Jorge da Silva, y, aunque Txiki volvió a situar a los donostiarras a un solo paso del título (35′), el fantasma de Comet se reencarnó en un Juan José Rubio que en el 74′ obligó al colegiado Joaquín Ramos Marcos a enviar el duelo a la prórroga, y de la prórroga, sin goles, a los penaltis. “Yo jugué 104 minutos, porque notaba molestias en una rodilla, y recuerdo estar abrazado a Txiki durante la tanda, y que cuando Arconada le paró el penalti decisivo a Quique Ramos la alegría nos desbordó, y salimos corriendo y saltando por el campo, saboreando la alegría, disfrutándola”. Por unos instantes, yo incluso me olvidé de que ese era mi último partido”, asiente el ’11’, regresando mentalmente a aquella tanda de penaltis que se disputó justo delante de anuncios de Larios, Cruzcampo, Ámbar, Conguitos, Leche Pascual, Danone y Philips.

Mientras Arconada, que acertó la dirección de los cuatro penaltis ‘colchoneros’, alzaba el puño al cielo, y Luis Aragonés se lamentaba en el suelo, mientras Paulo Futre, gratamente sorprendido por López Ufarte y ya fichado por el Atleti para la siguiente temporada, reconocía que “espero darle días de satisfacción a mi nuevo club”, y Toshack se le acercaba para invitarle “a que pasen ustedes por nuestro hotel a tomar una copa con nosotros más tarde”, la Real Sociedad y San Sebastián celebraban una victoria preciosa y ponían la guinda a una década extraordinaria.

“Es verdad que yo marqué un gran gol y Txiki otro, y que Arconada paró el penalti decisivo, pero quien ganó fue la Real Sociedad. El equipo. El colectivo. La afición. La ciudad. Cada uno aportó su granito de arena. Jugar una final con tu equipo del alma y ganarla es algo inenarrable. No se olvida nunca. Pasa a la historia. La gente aún se acuerda de esa tarde, de esa final, y ahora que tienen la posibilidad de volver a ganar lo que he intentado hacerles entender cuando he hablado con ellos es que, si ganan, la gente se lo va a continuar recordando dentro de 30 o 40 años”, afirma López Ufarte, uno de aquellos héroes ‘txuri-urdin‘ que le dio al club su segunda Copa del Rey, la primera desde que en 1909 la alzara bajo el nombre de Club Ciclista de San Sebastián; mientras Julián Comet pedaleaba tranquilo en su velódromo, ajeno al sentimiento que empezaba a florecer alrededor de lo que hoy es la Real Sociedad. 

 


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Fotografías cedidas por El Diario Vasco.