Hace unos días estuve en Zacatecas, el mismo sitio que tomara por asalto el popular revolucionario Pancho Villa durante los años más convulsos del siglo XX mexicano, para conocer a fondo un proyecto con el que llevaba tiempo coqueteando: Mineros, de la Liga de Expansión en México.

Hay buenas razones para pensar que se trata del equipo mejor trabajado del fútbol mexicano a nivel metodología de entrenamiento, análisis del rival, modelo de juego y desarrollo de jugadores. A estas alturas, resulta muy reconfortante encontrarse con un club en el que tanto directiva, cuerpo técnico y futbolistas hablen un mismo idioma. De entrada, decir que probablemente no exista un propietario más radical y entusiasta por el juego que Eduardo López, un hombre capaz de reprocharle a su equipo un repliegue obligado por temor a traicionar sus convicciones. Conociéndolo, tiene sentido que haya construido el organigrama más heterodoxo que yo recuerde en un club profesional en México.

Con el entrenador del equipo, Alexis Moreno, coincidí por primera vez en Barcelona, allá por 2019. Vimos juntos en Cornellà-El Prat al Espanyol de Rubi que se clasificó a Europa, nos tomamos unas cervezas en un pub consagrado a James Joyce y sellamos nuestra amistad en un sórdido club latino de salsa en la esquina de Sardenya con Gran Via. Alexis había viajado para preparase en la escuela para entrenadores MBP. Curiosamente, o no, por esas mismas fechas también aterrizó en la ciudad Luis Gil, a quien conocí cuando apenas tenía 18 años, en un curso de crónica deportiva que nos sirvió para darnos cuenta de todo lo que no queríamos hacer en la vida. Antes de llegar a Barcelona, Luis me había hablado de Alexis y pensó que sería buena idea reunirnos los tres. “Me lo quiero llevar a La Paz”, me dijo como quien sabe que no hay marcha atrás. Entonces comenzaba a gestarse un sugerente proyecto formativo en el sur de la península de Baja California, en el que tenía plena injerencia en la estructura deportiva. Una vez juntos, hablamos de los equipos emergentes en Europa que más nos entusiasmaban, hasta que llegó el momento de que Alexis firmara su contrato en una servilleta, a lo Messi.

Antes de convertirse en el director deportivo más precoz y preparado de su generación, Luis también integró a Bat Pérez como analista y Luis Peña como asesor de metodología a su equipo de trabajo. Con Bat compartí un doble pivote de ritmo bajo y sin ningún tipo de rigor defensivo en la Liga de Medios, mientras que a Peña lo conocí cuando me propuso junto a Eduardo Zurita el proyecto de escribir a seis manos un libro sobre el método de Ricardo Ferretti, que entonces había construido uno de los ataques posiciones más reconocibles del continente. Doy todo este contexto para manifestar lo mucho que me alegra que cuatro grandes amigos estén cumpliendo el sueño de tangibilizar todas nuestras charlas de sobremesa en la mítica Chopería de Insurgentes en una estructura profesional.

 

El periodismo no me ha tratado tan bien como me hubiese gustado, pero aquella visita me permitió reconciliarme, de alguna manera, con el fútbol. Encima fui presa del síndrome stendhaliano

 

El trabajo que hicieron en La Paz les permitió arribar a Zacatecas para coincidir con Eduardo López y recibir la oportunidad de sus vidas. En lo que respecta a mí, el periodismo no me ha tratado tan bien como me hubiese gustado, pero visitarlos me permitió reconciliarme, de alguna manera, con el fútbol. Encima fui presa del síndrome stendhaliano, el mismo que padeció Axel Torres durante el verano de 2011 con un prometedor centrocampista mexicano: Jonathan Espericueta, aquel “chico delgaducho y zurdo” que “pasaba el balón de manera especial”. El responsable de mi estado de conmoción fue Fernando Plascencia, un mediocentro contracultural para el contexto mexicano, exageradamente visual y con una gran paleta de contactos. Desde que lo vi entrenar me pareció inconcebible que no estuviera sacando el balón entre centrales con la selección de Gerardo Martino. Me ocurrió lo mismo que a Axel. No es que me haya gustado, interesado o llamado la atención, sino que me conmovió como solo son capaces de conmover las cosas que tienen un impacto emocional irreversible. Eduardo Zavala, otro analista que en breve irrumpirá en el departamento de inteligencia deportiva de algún equipo, puede dar constancia de ello.

Así que ya lo saben, si están cansados del ruido polarizador en torno al juego y son víctimas del desencanto provocado por el aburguesamiento del fútbol, hay dos caminos: seguir la ruta islandesa de Axel Torres en El faro de Datalangi o bien prestarle atención al proyecto de Mineros en la antesala de la Primera División en México, donde se habla de basculaciones y tercer hombre en los entrenamientos sin temor a represalias. No parece exagerado llamarle revolución o, cuando menos, la toma de Zacatecas.

 


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Fotografía de Imago