“Para sobrevivir hace falta contar historias”, decía Humberto Eco. Y al final, cada edición de la Champions League se presenta ante los mejores clubes del Viejo Continente como un reto de supervivencia entre las elites del fútbol europeo. Un reto que no permite fallos ni errores. Si caes, ya no hay manera de levantarse. Si tropiezas, no existe un junio glorioso. Quizá sea por eso que nos engancha como la peor de las drogas, que nos ilusiona como un primer beso. Porque alrededor de un balón ahora naranja eléctrico se van hilando historias de futbolistas que solo tienen la intención de poder disfrutar del siguiente partido de esta competición. Sí, también tiene sus cosas; es pretenciosa, capitalista, algo vanidosa e, incluso, un poco injusta. Aunque es inevitable no sentir un cosquilleo en el estómago cuando suena esa musiquita y ondea la lona circular en el centro del campo. ¿Un amor tóxico e ilógico? Quizá. Pero todos queremos ser los que cuentan historias en junio.

 

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Meticuloso cual niño que nunca pinta más allá de la raya, a Pep Guardiola le gusta tener los partidos controlados hasta la extenuación. Que nada salga del guion preestablecido en su mente, que nada haga titubear la partitura que compone para que sus chicos toquen a ras de hierba. Y es posible que esta manera de entender el fútbol fuera lo que le llevara a prescindir de dos de sus mejores artistas, Kevin De Bruyne y Leroy Sane, para dar paso a Ilkay Gündogan y Riyad Mahrez en busca de mayor control de balón. El problema para el técnico ‘citizen’ fue que en el fútbol hay factores externos imposibles de dominar: un estadio vestido de gala para su primera gran noche europea, un guardameta francés especialista cuando plantan el balón a once metros de él o un surcoreano reconvertido en la nota discordante para los oídos de Guardiola, el verso suelto que no supo atar y que acabó hiriéndolo en la primera manga de la eliminatoria.

 

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A diferencia de su homólogo del Manchester City, si algo caracteriza a Jürgen Klopp es esa sensación que deja de vivir más tranquilo en el Amazonas que en plena urbe. Al alemán le tira este rollito de caos, desenfreno y barullo, disfrutando como un enano cuando los tres de arriba -Sadio Mané, Roberto Firmino y Mohamed Salah- se ponen en modo torbellino y arrasan con todo lo que se entromete en su camino. Si a eso le añades las prestaciones de un Naby Keita crecido en la sala de máquinas, los de Klopp solo necesitaron media hora de locura para sentenciar la eliminatoria y encontrar la calma después de la tempestad. Así, con “orden a partir del caos”, como apuntaría Frank Lloyd Wright, entre los tributos a Iker Casillas, el dominio incontestable ‘red’ y la inoperancia ofensiva de los de Sergio Conceiçao, Anfield puso un pie en las semifinales de la Champions League por segundo año consecutivo.

 

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En tiempos de pragmatismo en Can Barça, quizá lo visto ayer por la noche en el Teatro de los Sueños fuera el culmen de una idea llevada al extremo. Saltaron los azulgrana al césped con la intención de controlar los primeros compases del partido y así fue. Se juntaron en torno al balón y buscaron enlazar largas jugadas de derecha a izquierda para dar el primer golpe en la mandíbula mientras el Manchester United todavía se aposentaba en el partido. Pensábamos que, por fin, Luis Suárez despertaba del letargo hasta descubrir que fue Luke Shaw quien se noqueó a sí mismo. A partir de ahí, el Barcelona tiró de una de sus mayores virtudes: la gestión del tiempo y el espacio para guiar los pasos del envite hasta el pitido final. Con balón, seguro y convencido, interminables rondos y paciencia. Sin balón, agrupado, sólido y tranquilo, sabedor que el United se movía más por ímpetu que por ideas; si se liaba el asunto aparecía Gerard Piqué por alto, por bajo o por donde tocara, y todo solucionado.

 

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Bendita inocencia la del Ajax en esta Champions. Sus jóvenes talentosos futbolistas no se han acobardado frente a nada ni frente a nadie. No importa si es el Bayern, el Madrid o la Juventus; tampoco si toca vérselas con Lewandowski, Ramos o Cristiano. Ellos, casi niños en un mundo de adultos, saltan al césped para disfrutar, gozar y dominar el partido. En el Johan Cruyff Arena, la Juventus, por largos momentos, pareció echar de menos en exceso la presencia de Giorgio Chiellini en sus filas. Por suerte para los ‘bianconeri’, mientras en su área se ahogaban al ritmo que quería matarlos el Ajax, apareció el de siempre con un remate de cabeza portentoso, resarcido de las molestias que le apartaron del equipo en las últimas fechas, para darle oxígeno a la ‘Vecchia Signora’. El Ajax lo contrarrestó rápido mediante David Neres y Turín decretará si es la experiencia o la inocencia la que tendrá un hueco en semifinales.