Imposible, imposible, imposible. Con esta palabra nos dicen de lo que somos capaces y de lo que no. Cuando resuena en nuestros oídos, juzga nuestras habilidades sin conocerlas. No puedes. No sirves. No vales. Pero si hay algún rincón en el planeta que esquiva los imposibles ese es el rectángulo verde; más aún cuando sobre él corretea el balón estrellado y se disputa una competición que, este año más que nunca, ha trazado historias más rocambolescas que las que podrían imaginar los mejores guionistas de Hollywood y dibujado imágenes que creíamos inexistentes. Como Picasso sobre el lienzo, esta Champions se ha encargado de acercar lo inviable, lo irrealizable, a todo aquel que fuera al estadio o enchufara la tele entre semana. “Yo hago lo imposible porque lo posible lo hace cualquiera”.

 

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Con la remontada del Ajax al Real Madrid se abrió la caja de Pandora. Vinieron de todas las maneras, de todos los colores. Solo un día después de que unos niños se adueñaran del balón en casa del vigente tricampeón, en París, un asesino con cara de niño acudía al hogar de un jeque árabe para robarle el sueño europeo con dos polluelos sobre el campo y una decena de futbolistas en la enfermería. A la semana siguiente, mientras el mundo entero creía imposible que alguien fuera capaz de meterle tres goles al Atlético, Cristiano Ronaldo -avisó de su cometido al abandonar el Metropolitano- se encargó de demostrar al planeta que hasta a Jan Oblak y a su defensa se le pueden encontrar algún día las cosquillas. Aunque poco le duró la alegría a la ‘Vecchia Signora’, porque unas semanas más tarde eran ellos los remontados. Los culpables, aquellos chavales irreverentes de Ámsterdam; precisamente, los mismos que dejarían escapar de sus manos la final en una histórica noche para el Tottenham y Lucas Moura. Un día antes, el Barcelona caía ante el Liverpool en una de las noches más aciagas de su historia reciente.

 

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Sí, la final fue extremadamente descafeinada. Sí, esperábamos más de una noche así. Pero el paso de los clubes ingleses por esta Champions League poco tiene que ver con los precedentes del último lustro. Entre 2013 y 2018, el fútbol inglés había visto como su representación en los últimos pasajes de cada Liga de Campeones brillaba por su ausencia. Ni los históricos hacían honor a su pasado ni los nuevos ricos demostraban contar con presentes idílicos o afortunados. Solo Chelsea, City y Liverpool se habían colado en unas semifinales. Tres de 20 plazas posibles. De ellos, solo el Liverpool en la final -una presencia de 10-. Pobres números para un fútbol caracterizado por estar a la vanguardia de todo cuanto rodea el balón. Por suerte, esta Champions, tan loca ella, nos devolvió aromas que echábamos de menos: himnos de clubes -patrimonio del fútbol- cantados a pleno pulmón, partidos de idas y venidas, emoción, suspense y amor por el fútbol. Inglaterra vuelve a sonreír.

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100 minutos había jugado Divock Origi a lo largo de toda la competición antes de que Anfield recibiera al Barcelona. 100 minutos, cero goles e ínfimas posibilidades de que se recordara al ariete belga como uno de los héroes del torneo. 100 minutos, sí, pero el tío se coló en el cuento para meterle dos tantos en la remontada al Barcelona y otro para sentenciar la final. El fútbol y sus locuras.

 

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Desde que el Benfica de Eusébio usurpara a los ‘Spurs’ el derecho a verse en la final de la Copa de Europa en 1962, varias generaciones londinenses habían pasado por White Hart Lane sin siquiera imaginarse que algún día volverían a verse delante de aquella posibilidad. Tuvieron que pasar 55 años para que la afición del Tottenham celebrase estar por primera vez en su historia en una final de la mejor competición de clubes del planeta.

 

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Parecía imposible que una cámara pudiera un día, por fin, retratar a Jürgen Klopp de la mano de la ‘Orejona’. Tras ganar su primera Champions League, el alemán aseguró no haberse sentido nunca un perdedor. Ni cuando cayó en 2013 en Wembley ni cuando lo hizo en Kiev el pasado año. Tampoco le pareció serlo en las dos DFB Pokal que perdió consecutivamente, en la Copa de la Liga inglesa que se le escurrió desde los once metros ni en aquella Europa League ante el Sevilla. Si no lo sintió, si no lo creyó, será por aquello que decía el mítico técnico colombiano, Francisco Maturana, que, a veces, “perder es ganar un poco”. Y si algo ha hecho Jurgen Klopp durante todo este tiempo ha sido eso, no verse derrotado en ninguna de las finales en las que no encontró la victoria hasta poder besar una ‘Orejona’ que ya le corresponde.

 

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Sin fichajes, sin estadio propio, sin ruidos. La travesía del Tottenham por esta Champions League ha ido en constante evolución. La suya ha sido una carrera en la que empezó desnudo, incapacitado para tener nuevas prendas con las que sorprender en su juego ni un armario de propiedad para sacarlas a relucir. Pero poco a poco, en silencio, sin que nadie acabara de entender muy bien cómo, empezó a vestirse de largo y hasta acabó por estrenar un estadio que se resistía a poner el punto y final a su obra. Salvó in extremis la segunda plaza del grupo, enviando al Inter a la Europa League. Ante el Dortmund, selló la clasificación con una contundencia digna de equipo grande. Lo de la eliminatoria contra el City fue una macedonia de infortunios que dejó a cuadros a los de Mánchester. Épica, tecnología, resistencia y fútbol aunaron fuerzas para que los ‘Spurs’ siguieran vivos y los futbolistas de Pep Guardiola murieran a centímetros de la gloria. Y contra el Ajax, más épica si cabe -que en esto del fútbol siempre cabe-. Quizá, cuando el Tottenham arrancaba el curso europeo cayendo por 2-1 en el Giuseppe Meazza, nadie, ni ‘spur’ ni ajeno al conjunto londinense, veía viable que disputaran su primera final. Y por ello el equipo de Mauricio Pochettino ha sido el paradigma de la esencia, de la naturaleza, de esta Champions, la Champions de los imposibles.