En 1969 un errático FC Barcelona se puso en manos del técnico inglés Vic Buckingham, cuyo principal aval era haber hecho debutar a Johan Cruyff en el primer equipo del Ajax. En el Camp Nou alguien pensó que ese detalle bastaría para introducir el ‘fútbol total’ en España, aunque en realidad para lograrlo sería necesario cesarlo y fichar a quien le había sustituido en Ámsterdam: Rinus Michels. La cosa es que Buckingham, que había sido jugador del Tottenham en los años 30 y tenía esa intuición del fútbol antiguo -en el que se fichaba por olfato y no por big data– dejó una máxima que estos días ha recordado Josep Maria Minguella: “Un equipo ganador hay que renovarlo con un fichaje titular cada verano”.

La frase le va al pelo al Barça actual, pero también a otros equipos de nuestra Liga. Porque si complicado es regenerar a un equipo que pierde, aún más lo es hacerlo cuando en su inercia todavía va citándose con la victoria. La derrota marca claramente la necesidad de cambios, pero el triunfo a menudo alimenta un espejismo de continuidad y blinda el poder del vestuario sobre los demás eslabones del club.

Esa difícil relación con la renovación permanente de la que hablaba Buckingham marca el estado en que se encuentran los cinco clubes más importantes de nuestro fútbol: Real Madrid, Barcelona, Atlético, Sevilla y Valencia son las únicas instituciones que han ganado ligas, copas o trofeos europeos en la última década. En un contexto de creciente equilibrio entre el resto -casi una prolongación en 1ª división de la igualdad propia de 2ª-, sobre ese quinteto descansa la responsabilidad de elevar el nivel de la Liga. Y la relación de cada uno de esos clubes con sus respectivos procesos de regeneración marca el estado en el que comienza esta temporada.

 

Para dirigir una transición se requiere alguien que contemple las peticiones del entrenador, que tenga fuerza para atemperar el palco, que comprenda el gusto de la afición… En pocas palabras, un director deportivo: uno de los grandes legados de la mejor era del fútbol español

 

El adiós de Cristiano Ronaldo asomó al Real Madrid -cuatro veces campeón de la Champions en un lustro- a una reflexión sobre su futuro de la que de momento está saliendo de forma conservadora, puesto que solo Courtois, Hazard y Mendy parecen nuevos titulares. A día de hoy, la renovación pasa por reformar el estadio y ahorrar para el próximo -aunque incierto- gran golpe del mercado: Mbappé. Transición a la Florentino.

En la otra orilla del Manzanares, el rejuvenecimiento buscado -Godín, Juanfran- o sobrevenido -Lucas, Rodrigo- ventiló el año pasado la mitad del once colchonero, en el que sin embargo siguió apareciendo Diego Costa (y también alguna pieza en la medular) retando cualquier consideración meritocrática. De fondo, el constante debate sobre la evolución del estilo que nunca llega alimenta la polarización del ‘conmigo o contra mí’ en la que tan cómodo se encuentra su entrenador. Transición a la Simeone.

Dos temporadas flirteando con la debacle empujaron a la propietaria Meriton a pulsar el botón del pánico en Mestalla: confirmación de que no hace falta ser un genio del fútbol para entender la necesidad de cambios cuando la derrota asoma. En el Valencia la transición comenzó con Mateu Alemany, se realizó exitosamente con Marcelino y se cortocircuitó el año pasado. Hoy la entidad ché vive de vuelta en 2017, en un contexto de contestación social, confusión deportiva y degradación económica, como si en su escudo el murciélago hubiera dejado paso al cangrejo: un paso adelante y dos hacia atrás. Transición a la Peter Lim.

En el Sevilla, club que sí vivió inmerso en una regeneración constante durante más de una década, la salida de Monchi rumbo a Italia marcó el comienzo de una nueva era. Primero Óscar Arias y luego Joaquín Caparrós trataron de llenar su hueco, en un bienio marcado por los cambios de entrenador y una pérdida de fiabilidad en el mercado de fichajes. El regreso del ex portero de San Fernando ha devuelto al Sevilla a la senda que más éxitos le ha proporcionado en su historia. A su llegada acometió una reforma integral: dos decenas de incorporaciones y/o apuestas, y un técnico bajo la lupa tras sus últimas experiencias. Resultado, cuarta plaza en liga y sexto título de Europa League. Transición a la Monchi.

Paradójicamente, es en las gradas vacías del Camp Nou donde más resuenan los riesgos de desoír la recomendación de quien un día se sentó en su banquillo: “Un equipo ganador hay que renovarlo con un fichaje titular cada verano”. Un fichaje acertado, le faltó apostillar al bueno de Vic Buckingham. Porque en los últimos años el Barça gastó cientos de millones de euros pero le faltó el criterio. Una pasmosa falta de acierto en las incorporaciones, la engañosa continuación de la inercia ganadora al menos en Liga, y un respeto reverencial -¿temor?- hacia el núcleo del vestuario que más títulos ha dado a la entidad se mezclaron en la coctelera. La regeneración, tan imprescindible como necesitada de una serie de virtudes de las que la directiva de Josep Maria Bartomeu carece, se fue postergando. Hasta que el Bayern, como aquel niño en el cuento de Andersen, le gritó al rey que iba desnudo. 2-8, amago de espantada de Messi, voto de censura: Transición a la Bartomeu.

Porque para dirigir una transición no sólo es conveniente tener un diagnóstico acertado sino un tratamiento idóneo. Y para ello se requiere alguien que mire al medio y largo plazo, que contemple las peticiones del entrenador de turno pero las combine con las aspiraciones del club, que tenga fuerza suficiente como para atemperar las intromisiones del palco y mano izquierda para tutelar al vestuario, que comprenda el gusto de la afición y conozca a la cantera, que controle el mercado tanto para fichar como para vender. En pocas palabras, un director deportivo: uno de los grandes legados de la mejor era del fútbol español. Y ocurre que en este 2020 esa figura no existe en el Real Madrid y -tras varios intentos fallidos- tampoco en el Barça, en el Atlético Andrea Berta ejerce un papel subordinado al Cholo -y no al revés-, y en el Valencia un superagente portugués susurra al propietario singapureño. El único club que sigue creyendo en esa figura tan icónica de nuestro fútbol, desde una posición de autoridad real hacia la directiva, el entrenador y el vestuario, es el Sevilla FC. Y me pregunto si, más allá de los enormes méritos personales de Monchi, una pequeña porción del éxito sevillista no le trasciende en tanto que símbolo de algo mayor: un modelo de club eficiente.

No por casualidad, se trata del equipo español que mejor se ha adaptado a los retos que plantea hoy el fútbol europeo, cada vez más cambiante y exigente. La entidad de Nervión lleva casi dos décadas instalada en una regeneración permanente, con la flexibilidad y los reflejos que eso genera. Y aunque los grandes de la Liga, de movimientos más pesados, no parecen tomar nota, en Villarreal o Donosti hace tiempo que siguen su modelo. De groguets y txuri-urdinak será también la responsabilidad de elevar el nivel de esta Liga extraña del coronavirus, que por fin comienza completa este fin de semana.

 


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Fotografía de Getty Images.