No nos gustan las despedidas porque en ellas hay que poner palabras a algo que no está claro que las admita. “El amor, si sabes explicarlo, ya no es amor”, le expuso en una ocasión Rosa Torres-Prado a Manuel Vicent, y con el acto de despedirse sucede algo bastante similar. ¿Qué decir, qué contar, qué añadir cuando toca marcharse? ¿No queda todo dicho ya al conocerse la decisión que has tomado? ¿Por qué insistir con una frase protocolaria, hueca, herrumbrosa, que en el mejor de los casos solo retrasará unos segundos más aquello que es inevitable?

No es sencillo combinar vocablos con partidas y no caer en la torpeza. Quizá sea porque decir adiós, perderse de vista, es la forma de la vida que más llega a parecerse a la muerte. Y la muerte está íntimamente relacionada con el silencio.

Todos soñamos con despedidas mudas, en las que no tengamos que estar pendientes de si damos con ese alegato perfecto que en realidad no existe, en las que podamos abandonarnos a los gestos de nuestro cuerpo, los abrazos, las miradas, las lágrimas, dejarnos llevar por las emociones pero siempre desde la acción física, sin incurrir en el lenguaje verbal, en el pesado trámite de las explicaciones.

Ahí se esconde un motivo más para envidiar a los futbolistas, que pueden despedirse del estadio en el que se han convertido en mitos levantando los brazos y golpeándose el pecho, refugiados en un silencio retumbante. Como es inviable que vaya aficionado por aficionado declarándoles cosas bonitas al oído, el jugador se dedica a dar la vuelta al campo acompañado de los suyos, mientras se dirige a la grada moviendo las manos y poniendo esos ojos que se ponen cuando sin decir nada lo estás diciendo todo.

Daniele De Rossi, como también hizo Totti, se va de su casa, la Roma. Y el recuerdo más bello que conservaremos de su salida no estará en ninguna carta, en ningún tuit ni en ninguna rueda la prensa. Estará en esos minutos en los que se acercó a su gente y la emocionó sin necesitar abrir la boca.