Lo metes en un Escape Room y sale en dos minutos. Lo encierras en la cárcel y se tatúa los planos antes que Michael Scofield. Le pones una camisa de fuerza y terminas tú como una cabra. De no haber sido futbolista, las bandas de atracadores se lo habrían rifado. Por su culpa, ha saltado más de un radar en los campos de Italia. Nunca habría podido aparecer en Oliver y Benji porque hubiera llegado a la portería contraria en un parpadeo. Federico Chiesa es como El Corte Inglés: siempre tiene una salida de emergencia.

Es un purasangre, un regateador que va dejando hologramas a su paso. Coge la pelota, se le encienden las pupilas y empieza a correr como si le persiguiera un tornado, pero el tornado es él. Sus sprints tienen algo de desesperado, de fugitivo, de abandono. Hasta le sale chepa. Seguramente en la espalda lleva una navaja multiusos y un mantel y un sandwich vegetal y biodramina, porque sus carreras se sabe cuando empiezan pero no cuando terminan. Bebe de un fútbol escapista, casi primitivo, como cuando jugabas en el patio y solo querías pillar la bola para llegar hasta el portero de 4º B. Chiesa triunfaría en una batalla de gallos: lo suyo es la improvisación.

El fútbol italiano a veces parece El Padrino: está lleno de clanes. El hampa de los Mazzola, la dinastía de los Maldini. Pero son los Chiesa los únicos que han marcado en Eurocopa y en Champions League. Chiesa hijo tuvo que sortear a otro rival: el legado de su padre. Lo dribló como hace con todos en el césped, de un plumazo y con determinación. A padre e hijo les une el afán y les separa el estilo de juego. Más talentoso Enrico, más punzante Federico. Es tan importante parecerse a los padres como diferenciarse de ellos.

 

Lo metes en un Escape Room y sale en dos minutos. Lo encierras en la cárcel y se tatúa los planos antes que Michael Scofield. Le pones una camisa de fuerza y terminas tú como una cabra

 

Lo que más asusta de Chiesa son los 24 años que acaba de cumplir. Juega como si tuviera las cosas clarísimas. Algunos con 24 años no sabíamos hacer crema de calabaza. Algunos con 24 años no sabíamos que costaba tanto meter el nórdico en su funda. Algunos con 24 años no sabíamos que el comino es la especia mágica. Algunos con 24 años no sabíamos qué pedal era el del embrague. Algunos con 24 años no teníamos la barba cerrada. Con 24 años lo normal es no saber nada, dudar de todo. Excepto, claro, si eres Federico Chiesa.

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Además es el típico amigo que siempre te espera. Es como Kant, que cuando la gente lo veía ponía en hora sus relojes. Chiesa siempre llega a tiempo. Doblete frente al Milan la temporada pasada, tres goles en los octavos de final de la última Champions, diana en la final de Coppa, zapatazo en la prórroga frente a Austria, cuchillada contra España. Si todavía no eres una víctima de Chiesa, es que a lo mejor no eres alguien importante. La última, el pasado domingo. Media Turín se llevó las manos a la cabeza por su suplencia contra el Inter. La otra mitad no sería de la Juve. Su equipo perdía hasta que salió al terreno de juego y revolucionó el partido junto a Dybala.

Dicen que la fe mueve montañas. La de Chiesa mueve la pelota hasta la portería contraria, que a veces es más difícil que lo primero. Su fe en triunfar, en regatear, en marcar, te tranquiliza. Escribió Iñaki Uriarte en sus diarios que hasta los ateos tienen cierto miedo a que la fe se desvanezca por completo, haciendo bueno lo que había escrito antes Don DeLillo en Ruido de fondo: “Los no creyentes necesitan a los creyentes. Ansían desesperadamente que alguien crea”. Da igual que nosotros no creamos, pero necesitamos que Chiesa lo haga. Si hasta su apellido significa iglesia.

 


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Fotografía de Imago.