Hay trabajos para los que nadie está preparado. Solo un loco sería capaz de apreciar sus ventajas. El resto de la población preferiría no salir de casa en un año antes que comprometerse a abordarlos. Hay trabajos que son una mala idea, un pavor. Por ejemplo: ser entrenador del Arsenal.

Desde que Arsene Wenger dirigiera (y revolucionara) la institución del Cañón, no hay hogar más sórdido que el interior de su banquillo. La leyenda tejió su maldición. Primero, llevando al club a lo más alto, disparando el listón hasta hacerlo casi desaparecer. Después, arrojándose con él al vacío; destruyendo con sus propias manos la temible criatura que había construido y esparciendo las piezas para que nadie pudiera encontrarlas.

Desde entonces, el Arsenal no tiene quién le entrene porque el Arsenal no tiene quién le entienda.

Unai Emery fue el primero en internarlo. Llevaba el currículum como parachoques. Error, de nada sirvió. Unos meses bastaron para confirmar que no había laureles que pudieran con esa languidez que el equipo arrastraba a todas partes, como una bola de cemento atada en el tobillo. Un peso inexplicable, excéntrico, que transformaba jornadas en bochornos. Freddie Ljungberg, aunque circunstancial, fue la siguiente víctima de la lista.

La decadencia de un equipo se vislumbra cuando los rivales dejan de temerle. Su defunción, cuando pasan a mofarse de él. Chistes, escarnio, cachondeo. El Arsenal reducido a un meme. Un púgil incapaz de pasar página, varado en su propia pesadilla, sostenido solo por unas pocas victorias puntuales, manotazos en el aire que todos asumíamos como excepciones. Ya lo dijo un sabio alguna vez: un club grande debe ser noticia cuando pierde, jamás cuando gana.

Y de repente, Mikel Arteta. Como si un meteorito hubiese caído en un solar. Los ojos del donostiarra son los de alguien que no entiende nada y a la vez lo comprende todo. Tiene conocimientos de sobra. Los absorbió de Guardiola actuando como su mano derecha en el Etihad Stadium. Los adquirió en su etapa de jugador, todavía cercana, cuando descubrió que detrás de cada pase hay una idea, y detrás de cada victoria, un manual de instrucciones. Pero a la vez Arteta actúa como si no supiera muy bien dónde se está metiendo. Esa ilusión ciega lo propulsa hacia delante; basta con precisar que en sus diez enfrentamientos contra los seis equipos más potentes de la Premier, solo ha cosechado tres derrotas. Y, sobre todo, que en sus escasos nueve meses en el cargo ya ha levantado dos títulos (FA Cup y Community Shield), los mismos que ha sumado el máximo rival de los ‘gunners’, el Tottenham, en los últimos 28 años.

 

Arteta tiene conocimientos de sobra. Los absorbió de Guardiola actuando como su mano derecha. Y los adquirió en su etapa de jugador, cuando descubrió que detrás de cada pase hay una idea, y detrás de cada victoria, un manual de instrucciones

 

“Hoy vemos a muchos futbolistas del Arsenal sin miedo a fallar dentro de la cancha”, señala Agustin Devoti, periodista de ESPN y uno de los tipos que más y mejor escribe del club del norte de Londres en Twitter, como subrayando que el primer logro que hay que reconocerle a Arteta es precisamente el haber contagiado su inconsciencia a sus pupilos. El Arsenal ha vuelto a parecerse al mejor Arsenal en el momento en el que ha dejado de pensar que tenía que serlo, y eso es algo perfectamente atribuible a la inteligencia de su nuevo entrenador, alguien que podría darse la vuelta y dedicarse a contemplar el enorme hoyo que cavaron sus predecesores, pero que elige no hacerlo y seguir adelante, como si el pasado no existiera.

Pero además de eso, claro, Arteta tiene un plan. Sin que la plantilla esté del todo definida, a la espera de que puedan producirse algunos movimientos más antes del cierre del mercado, su Arsenal ya es un conjunto con estilo propio. Independientemente de la alineación que presenta, varios rasgos se mantienen: la salida aseada de balón, los carrileros largos, el protagonismo de los atacantes… Propuestas con las que el vestuario ha conectado, y que, como apunta ‘Devo’, han tenido un impacto anímico inmediato: “si a nivel colectivo el equipo da respuestas y llegan los resultados, la confianza de cada jugador aumenta. El Arsenal siempre ha sido un equipo delicado psicológicamente, pero Mikel es ideal para comenzar a construir una mentalidad que no se quiebre”.

Arteta contagia, instruye y gana, atributos suficientes para que los propietarios ‘gunners’ también hayan sucumbido ante su frescura, cediéndole poder en la toma de decisiones. Y ahí el novel tampoco ha pecado de prudente, reprimiendo a la perla (Guendouzi) y al estandarte (Özil) del club por su indisciplina, asegurándose el regreso de Ceballos o, sobre todo, convenciendo para que renovara a Aubameyang, que ya es el faro de su proyecto. No resulta descabellado imaginar que el míster, en la reunión clave con el delantero, que le presentó ofertas de más de un candidato a ganar la Champions, utilizara como argumento definitivo un simple “¿y dónde estarás mejor que aquí?”, ante el que el gabonés no pudo hacer más que plegarse sin remedio.

La simplicidad es en ocasiones el camino más corto para atrapar aquello que deseas. Arteta les confesó en una ocasión a Lu Martín y Pol Ballús, autores de Cuaderno de Mánchester, libro que repasa el aterrizaje de Guardiola en Inglaterra, cómo quedó de impactado el día que su colega dirigió el primer entrenamiento de los ‘citizens’: “La charla con los jugadores duró 15 minutos y en esos 15 minutos nació el City. Todos supieron qué les iba a pedir a partir de entonces”. Son esas ideas, las que pueden contarse en un cuarto de hora, las que apenas ocupan espacio en la cabeza de una persona, desvestidas de prejuicios y temores, las que manejan los kamikazes de altura como Pep o Arteta. Y las que suelen funcionar.

 


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Fotografía de Getty Images.