Como un explorador embarcándose rumbo a lo desconocido: así debió de sentirse John Aldridge en el verano de 1989, cuando se subió a un avión en Liverpool para aterrizar en San Sebastián. Estaba a punto de convertirse en el primer extranjero de la época moderna de la Real Sociedad, que acababa de perder a su delantero centro, Loren, recién fichado por el Athletic. “Todo lo que hacía la Real era culpa del Athletic”, bromea al recordarlo el periodista donostiarra Mikel Recalde.

No fue un viaje fácil: nacido en Liverpool, Aldridge era el delantero centro del equipo de Anfield desde enero de 1986, cuando llegó, procedente del Oxford, para sustituir a otro delantero bigotudo que iba a probar suerte en la Juventus, Ian Rush. El caso es que el regreso al Liverpool de Rush desplazó a Aldridge, que a sus 31 años se buscó la vida en la Real aconsejado por John Benjamin Toshack. Su fichaje costó un millón de libras. Tardó muy poco en ganarse a la afición de Atotxa: fue el héroe de una eliminatoria de Copa ante el Atlético Madrileño y firmó un doblete contra el Barça mucho antes de agotar los 100 días de gracia que merece cualquier fichaje.

Fue uno de esos delanteros más eficaces que espectaculares: no era rápido, ni habilidoso ni especialmente técnico, pero tenía olfato de gol y cabeceaba muy bien.

También inauguró una jugosa tradición: por cada gol que marcaba, recibía un chuletón de regalo, cortesía de un carnicero de Andoain. Años después, a Kodro le empezaron a entregar una merluza: la costumbre se convirtió en moda y la Real tuvo que prohibir a sus jugadores que recibieran tanta materia prima en las oficinas del club.

En sus dos años en la Real, Aldridge acabó llevándose 40 chuletones. Pudieron ser más porque tenía tres temporadas de contrato, pero su familia no se adaptó (años más tarde explicaría, no se sabe muy bien si en broma o en serio, que en San Sebastián se comía tan bien que su mujer tenía problemas para mantener la línea) y regresó al fútbol británico para firmar por el Tranmere Rovers. Se retiró en 1996 y desde entonces se mantiene en primera línea: comentarista en TV y prensa escrita, cantante amateur en un programa de la televisión irlandesa y, sobre todo, dueño de un pub en pleno centro de Liverpool, el Aldo’s Place, convertido ya en un lugar de inevitable peregrinación para los aficionados de la Real que viajan a la ciudad de los Beatles.

 


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Este artículo está extraído del #Panenka90, un número que sigue a la venta en nuestra tienda online