Era el minuto 115. Aquel mágico e inolvidable minuto 115. Jesús Navas, veloz e incansable, recogió el balón a la altura del área de Iker Casillas e inició una endiablada carrera, dejando atrás a todo aquel holandés que osó cruzarse en su camino. El balón acabó en los pies de Andrés Iniesta, que ajustició a Maarten Stekelenburg para darle al balompié español la victoria más dulce de toda su historia, aquella con la que nuestro fútbol casi ni tenía derecho a soñar.

Nueve años después de volar por la banda derecha del Soccer City, cinco años después de la que hasta entonces era su última convocatoria con la selección española, Jesús Navas volvió a enfundarse la elástica del combinado nacional, certificando así su extraordinario estado de forma. “Siempre ha sido un superdotado físicamente. No sé si está viviendo una segunda juventud, pero si es la segunda seguro que va a haber una tercera”, acentuaba hace unos meses el exentrenador del Sevilla Pablo Machín, maravillado por el potencial, por el ingente talento, de un hombre que, a sus 33 años, continúa disfrutando del fútbol con la misma pasión con la que, de niño, lo descubrió en las calles de Los Palacios; con el mismo entusiasmo con el que, en el patio del colegio, chutaba un cartón de zumo vacío. Porque si la ilusión, según cuentan las lenguas antiguas, nació un 14 de octubre, el amor por el balón y por el Sevilla lo hicieron un 21 de noviembre de 1985. “A ese hay que ficharle. Regatea hasta a los charcos”, proclamó Pablo Blanco, el actual coordinador de las categorías inferiores del conjunto de Nervión, cuando descubrió a aquel infantil que brillaba en el equipo cadete de Los Palacios.

“Siempre digo que fuimos a buscar un portero y nos encontramos con un jugador distinto. Jesús tiene un físico privilegiado. Puede jugar hasta los 40 años y dejar mi registro atrás”, añadía Blanco en las páginas de El País en diciembre de 2017, apenas unos meses antes de que Navas le arrebatara la primera posición en el ranking de los futbolistas que han vestido la camiseta del Sevilla en más ocasiones. El Duende de Los Palacios suma ya 472 partidos con el conjunto del Pizjuán. Lejos queda ya aquel 23 de noviembre del 2003 en el que un imberbe muchacho, con 18 años recién cumplidos, cumplió el sueño de debutar con el primer equipo al saltar al césped del Estadi Olímpic Lluís Companys, de la mano de Joaquín Caparrós.

Su futuro, el de una de las últimas grandes joyas de la prolífica cantera sevillista, se intuía extremadamente prometedor, aunque, superado por la cruda realidad de un ecosistema tan frío como el del balompié, pronto se vio amenazado por la inseguridad. Por la incapacidad de separarse del calor del hogar familiar durante varios días. Las crisis de ansiedad, de hecho, se convirtieron en una losa infranqueable en sus primeros años como profesional, en un problema dolorosamente recurrente; empezando por la que, en 2005, le obligó a abandonar, hundido anímicamente, la concentración de la selección sub-20 de cara al Mundial de la categoría. La escena se repitió en sus primeras pretemporadas con el Sevilla. “Solo podemos esperar a que madure”, reconocían los servicios médicos del club cuando les preguntaban acerca de las nubes que ensombrecían la inmarcesible sonrisa del jugador, insistiendo en la necesidad de “ir despacio”. Incluso se intentó destensar la situación permitiendo que amigos del joven futbolista se alojaran en el hotel del equipo, que pudiera dormir en su casa durante las pretemporadas o que, directamente, pudiera hacerlas en Sevilla, en solitario, pero nada parecía mejorar la realidad de aquel chaval que en julio de 2005 salió corriendo en medio de uno de los primeros entrenamientos del curso. Sintió que necesitaba escapar, huir. Pero se detuvo al cabo de 100 metros. No podía seguir. No podía continuar. No podía quedarse, no podía marcharse. Las lágrimas inundaban sus ojos casi transparentes, ilustrando las frustraciones de un futbolista que empezó a vencer sus miedos gracias a su entorno, a la ayuda de dos de sus grandes amigos en la cantera hispalense, Sergio Ramos y Antonio Puerta.

El 22 de diciembre del 2005, justo después de que el Sevilla cerrara el año con una derrota en el estadio del Getafe, ambos futbolistas, conocedores del potencial de un jugador que, a base de grandes actuaciones, había empezado a llamar a la puerta de la selección, mantuvieron una conversación en el avión con él, incapaz de atender al interés del combinado nacional por culpa de las crisis de ansiedad que le martirizaban, que oscurecían su futuro. Niño, tienes que animarte. Yo te cuidaré”, le dijo el central de Camas, que por aquel entonces ya brillaba con el ‘4’ del Real Madrid y empezaba a convertirse en un fijo de la absoluta.

El fallecimiento de Antonio Puerta en agosto del 2007 cambió para siempre a Jesús Navas. Le hizo madurar. Le forzó a crecer. “La muerte de su amigo aceleró el proceso para dejar atrás sus crisis de ansiedad y lanzó su carrera”, recordaba hace unos días Eduardo Castelao en un artículo de El Mundo en el que recorría la carrera futbolística de Jesús Navas. El prometedor atacante del Sevilla, esclavo de sus fantasmas, renunció a ir a la Eurocopa de Austria y Suiza (2008), pero, finalmente, pasado el verano del 2009, acabó venciendo todos sus miedos. “Ya estoy perfectamente capacitado para dar el paso de ir a la selección. Tengo toda la ilusión puesta en ello”, proclamó tan solo unos días antes de que Vicente del Bosque, respondiendo al mensaje que había querido enviarle el sevillista, le hiciera debutar con España en un amistoso contra Argentina (2009); tan solo unos meses antes de honrar la memoria de su fiel amigo con aquella mágica carrera con la que empezó a cambiar la historia de nuestro fútbol.

Porque Antonio Puerta se nos fue, pero continúa vivo a través de Jesús Navas. “Sus valores son los míos”, reconocía el palaciego hace dos veranos, cuando, al satisfacer la ilusión de volver a la que siempre fue su casa después de cuatro temporadas en el Manchester City, decidió heredar el ‘16’ de Antonio Puerta, del futbolista que, asistido por el propio Jesús Navas, empezó a dibujar los mejores años de la historia del cuadro del Sánchez Pizjuán con aquella inolvidable volea contra el Schalke. El sevillista vive el hecho de lucir el ‘16’ del conjunto hispalense como un privilegio indescriptible, como un honor inefable. Y lo dignifica en cada jugada, convertido en el gran referente de Nervión. En su símbolo. En su estandarte.

En un mito eterno e inmarchitable, impertérrito ante el paso del tiempo. Porque “Jesús Navas siempre es joven. Da igual la edad que tenga en realidad”, como enfatizaba hace unos meses José Castro, el presidente de un Sevilla que decidió premiar el amor por el club que siempre ha sentido el ‘16’ dándole su nombre al estadio de la ciudad deportiva, al estadio en el que creció, en el que tantos niños y niñas sueñan con seguir sus pasos. “Es la única persona del mundo que no envejece. Físicamente no ha cambiado nada. Es el mismo de hace 15 años y esa fuerza física que tiene hace que se adapte de maravilla al lateral. Su juego de ida y vuelta nos viene muy bien”, proclamaba, en la misma línea, en unas declaraciones recogidas hace un año por Rafael Pineda en El País, un Enzo Maresca que, después de compartir vestuario con Navas, a quien Christian Poulsen conocía como ‘El Etíope’ por su resistencia atlética, durante la época dorada del Sevilla, regresó al Sánchez Pizjuán para ejercer de ayudante de Vincenzo Montella, el entrenador que, finalizando el proceso que empezó Pep Guardiola en el Etihad Stadium, acabó de hacerle a mutar en un lateral derecho tan incombustible como impecable. Desde ahí, partiendo desde la defensa, el que un día destacara por ser uno de los extremos más desequilibrantes, más eléctricos e hiperactivos del fútbol europeo ha ido madurando, asentándose como uno de los laterales más fiables del panorama nacional. Tal es, de hecho, el nivel que está ofreciendo Jesús Navas que, a sus 33 años, ha conseguido volver a la selección española. Volver a enfundarse la camiseta de la Roja quizás parecía un reto improbable, imposible. Pero el sevillista, el niño, el pequeño príncipe del Sánchez Pizjuán, jamás se rindió. Un día Antonio Puerta le dijo que no tuviera miedo; y, ocho años después de dedicarle el triunfo más importante de la historia del fútbol español, Jesús Navas, feliz, continúa honrando a su amigo, a quien le ayudó a derrotar sus fantasmas, a quien le iluminó el camino, a quien le enseñó a volar. A volar como lo hizo en aquel mágico e inolvidable minuto 115.