Hay abrazos tan sinceros que, si lo políticamente correcto lo permite, pueden alargarse durante más de una década. Como muestra de la excepción, véase el de Aznar y Rato, que recientemente quedó traspuesto cuando a la Agencia Tributaria le dio por encender las luces. Pero no siempre pasa igual; hay otro tipo de abrazo de vínculo más pegadizo, con los que no acaba ni una goleada, ni una tanda de penaltis, ni siquiera una final de la Eurocopa. Casillas y Buffon se dieron la palmada por primera vez con sus respectivos clubes en mayo de 2003, en la Copa de Europa, con el mismo billete decisivo en juego. La última vez que se habían cruzado Juventus y Madrid antes de ese partido había sido en la fecha de la ‘Séptima’ blanca, Amsterdam Arena, 1998. Aquel día, sin embargo, Mitjatovic se la coló a Angelo Peruzzi (‘Gigi’ todavía jugaba en el Parma) y los guantes del campeón los lucía Bodo Illgner, al que a más tarde le destronaría un juvenil de Móstoles. Pero a partir de ese primer vis a vis entre los remozados arqueros de ambos conjuntos una vez adentrados en el nuevo siglo, ya no ha habido permuta. Hemos asistido al desarrollo de una dinastía de duelos mayestáticos a cuatro manos, extensible a cuando también se han topado la selección española y la italiana. Un serial de batallas bajo palos, algunas épicas y otras más mortecinas que, independientemente del resultado, siempre se han clausurado del mismo modo, con los dos protagonistas recuperando el abrazo allí donde lo habían dejado, felicitándose y declarándose respeto eterno.

Con esa estampa, y buscándole la previa al Juve-Madrid que se nos viene encima, se le podría ofrecer al lector una salida ligera y estimulante al pre-partido: han pasado doce años, tanto los turineses como los madrileños han cambiado varias veces de muda (de las plantillas de aquellas semifinales citadas de 2003, de hecho, solo persisten en los clubes los dos susodichos), ha dado tiempo incluso a que quebraran decenas de bancos aquí y allí, y pese a todo ello, Casillas y Buffon siguen en el mismo sitio, embalsamados para disfrute de los más puristas, negados a dejarse arrastrar por el fluir de la historia. Con 33 y 37 años, los tíos.

Pero, muy a nuestro pesar, no todo es tan fácilmente reductible. Pues lo más llamativo del caso es que, de no haber sido por algunos matices, hoy podríamos estar hablando de un cuento distinto. Desde ese primer encuentro del 2003, en la trayectoria de ambos guardametas han pasado todo tipo de cosas. Las suficientes, seguro, como para llegar a imaginar en algún momento que uno de los dos no acudiría nunca más al reencuentro.

Casillas y Buffon se dieron un abrazo por primera vez con sus respectivos clubes en mayo de 2003, en la Copa de Europa, con el mismo billete decisivo en juego

“Mejor Portero del Mundo del Cuarto de Siglo” o “Mejor Portero del Mundo de la 1ª Década del Siglo XXI”, ambos premios otorgados por la IFFHS, son galardones que le pesarían a cualquiera. No a Gianluigi Buffon (Carrara, 1978), hijo y hermano de deportistas, un galán con planta de “guapo de reality”, y un tipo que suele responder a los elogios con una profesionalidad y un aplomo asombrosos, siempre desde el césped, como si no se los hubiese creído nunca. No le frenó el glamour que tanto se le atribuye cuando en 2006, con el estallido del ‘Moggiate’ y el descenso administrativo de la ‘Vecchia Signora’, decidió quedarse en la entidad y arrimar el hombro para devolverla a la cima. Un gesto que le honra, pues ‘Gigi’ aceptó bajar a las catacumbas a una edad ya considerable. Durante este periodo de regeneración, que ha durado nueve cursos, al guardameta se le ha cuestionado en algunas ocasiones, sobre todo en aquellos partidos en los que le ha sido humanamente imposible tapar los años. Prever que la Juve tarde o temprano regresaría a las noches europeas era una opción más o menos asumible. Otra cosa era esperar que lo hiciera con el tiempo suficiente para que su mítico arquero pudiera degustarlas de nuevo.

Más caótico aún ha sido el periplo de su contrincante Iker Casillas (Móstoles, 1981), sobre todo en el último lustro. Más que de tipo colectivo, la zozobra le ha afectado al ‘Santo’ a nivel individual, al entrelazarse su destino con el de otras figuras como las de José Mourinho o Diego López. El ojo exigente del aficionado del Bernabéu, que no suele pasar una, le ha dejado expuesto cuando ha bajado el tono, abriéndose un debate a escala nacional de los que dejan huella. Se habló de la Premier y de alguna otra liga potente como posible punto y final a una crónica no apta para romanticones. Pero Iker aguantó (o decidieron aguantarle) y, aunque con la llegada de ‘Carletto’ tampoco es que se hayan serenado del todo las aguas, se perfila como titular para este último tramo de la temporada. Poco queda ya de ese saltarín imberbe que besó la gloria una noche en Glasgow. Hoy Casillas es la viva imagen de un hombre curtido y magullado, víctima de sus aciertos y de sus pecados, sometido a una presión asfixiante y llamado a filas cuando asoman los calvarios. Mejor o peor, pero sigue en pie, que es lo que nos compete.

Pero la dureza de las piedras con las que han topado durante este camino de doce años no les ha impedido seguir adelante, haciendo parada de vez en cuando para refrescarse con champán. En su recorrido de jóvenes prodigiosos a veteranos con brazalete, ambos han levantado la Copa del Mundo con su selección mientras iban y venían del lugar común en el que confluyen dos entidades de la potencia del Juventus y Real Madrid: el título de liga. Ahora reciben la llamada de Europa. El próximo 6 de junio será un español o un italiano quien se instale en una de las puertas del Olympiastadion, protegiendo con sus guantes unas manos enrojecidas por los balonazos del destino.