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Hay fechas, o años, que directamente evocan a un lugar, a un recuerdo, a una imagen, a una persona. Habiéndolo vivido en directo o no. Da igual. La cuestión es que si a alguien le preguntas por el 11 de septiembre, seguramente lo primero que le venga a la cabeza sea el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Si en medio siglo mencionan el 2020, las palabras Coronavirus, pandemia y confinamiento entrarán en la ecuación. Y si a un amante del fútbol le hablas de 1986, pensará en México, en el Estadio Azteca, en un verano para la historia y en los futbolistas que más destacaron durante ese mes, o también en todo el año.

Quizá te citará los regates de Emilio Butragueño y la manera en que, de la mano de los goles de Hugo Sánchez, guió al Real Madrid a ganar el primero de los cinco títulos de la Liga que lograrían de manera consecutiva los blancos. Charlará sobre aquello, o comentará el día en que le metió cuatro tantos a Dinamarca. Y si no, te hablará de Gary Lineker. De sus 30 chicharros en liga, insuficientes para que el Everton repitiera alirón por segundo año seguido en la First Division y que no fuera el costado rojo de Merseyside el que celebrase el título. También de los seis goles que anotó en México, cortos de nuevo para dirigir la copa dorada hacia Inglaterra. Y todo el mundo convendrá que ese año no hubo nadie como aquel tipo menudo venido de a saber qué planeta para dejar en el camino a tanto inglés y campeonar ante los alemanes.

Lo que probablemente muchos pasen por alto será el vencedor del Balón de Oro de 1986. Algunos, despistados, creerán que fue el Diego. Entendible. Pero por entonces no era posible ver a alguien nacido fuera de Europa conquistando el preciado galardón -Di Stéfano y Sívori lo hicieron tras ser nacionalizados español e italiano, respectivamente-. Otros imaginarán que fue algún jugador campeón de la Copa de Europa, pero en aquellos tiempos no se estilaba la desmedida ‘titulitis’ de hoy. ¿El crack de algún grande europeo? Tampoco. El hombre que acabó llevándose el pato al agua fue un tal Ígor Belánov, del Dinamo de Kiev.

 

Pasó de ser un desconocido para muchos a ser la gran sorpresa de la Copa del Mundo de 1986 tras meterle un hat-trick a Bélgica en los octavos de final

 

En esos tiempos, al otro lado del Telón de Acero, el fútbol soviético no destacaba por producir talento individual. Todo lo contrario. Ahí los futbolistas ponían sus virtudes al servicio de equipos robotizados, bloques compactos, sin nombres particulares que eclipsaran al colectivo. Así, en ese marco, nació el fútbol de Ígor Belánov. No era muy técnico, tampoco un virtuoso regateador, ni destacaba por su gran capacidad goleadora. A él lo que se le daba realmente bien era reventar líneas defensivas con sus diabólicos esprints. Era capaz de correr 60 metros solo medio segundo más lento que el récord mundial de la época, por lo que cazarlo en velocidad era una absoluta quimera. Y así explotó su juego. Primero, en su Odesa natal: en el SKA, donde dio el salto al fútbol profesional en 1979, y en el Chernomorets, con el que se estableció en la élite. Y de ahí, a uno de los grandes de la entonces República Socialista Soviética de Ucrania, el Dinamo de Kiev; con el que, acompañado del también Balón de Oro Oleg Blojín en el ataque, conquistó la Liga Suprema de la Unión Soviética en su primer curso en el club, en 1985.

El curso siguiente sería el mejor de su vida. Repitió título liguero a finales de año -el calendario balompédico soviético iba al son del anual- y, además, logró el único trofeo internacional de su carrera, la Recopa de Europa ante el Atlético de Madrid. En una final en la que los soviéticos pasaron por encima de los madrileños con un aplastante 3-0 final en el electrónico. Tras el triunfo europeo, el Mundial de México. Donde sus imparables cambios de ritmo ayudaron a la selección soviética a pasar de la fase de grupos como primera clasificada y donde pasó de ser un desconocido para muchos a ser la gran sorpresa de la Copa del Mundo tras meterle un hat-trick a Bélgica en los octavos de final. Aunque aquello no le sirvió para avanzar más rondas en tierras aztecas, pues los belgas superaron por 3-4 a los soviéticos, sí fue decisivo para que a finales de año, cuando 26 periodistas de otras tantas asociaciones de la UEFA validaron sus votos para escoger al mejor futbolista del año, para asombro del mundo entero, su nombre se colara por delante de los Lineker, Butragueño y compañía, convirtiéndose en el tercer Balón de Oro soviético -tras Yashin y Blojín- y, probablemente, el más inesperado de la historia.

Tras aquello, permanecería tres años más en Kiev antes de ser uno de los pocos privilegiados que pudo cruzar el Telón de Acero para mostrar su fútbol a la Europa occidental. Fichó por el Borussia Mönchengladbach pero su nivel en Alemania nunca fue el mismo que el que le llevó a reinar en el viejo continente con el Dinamo de Kiev ni a romperla en el Mundial. Después de un único año vistiendo la camiseta de ‘Die Fohlen

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’, marchó al Eintracht Brunswick, de la segunda alemana. Y su fútbol se fue consumiendo lentamente lejos de la élite hasta regresar a casa, al Chernomorets Odessa, en 1995, y jugar para el Metalurg Mariúpol en su último curso como futbolista. Así acababa la historia sobre el césped de Ígor Belánov, un tipo que, en un visto y no visto, pasó de ser un futbolista anónimo al considerado mejor jugador del año.

 


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Fotografía de Imago.