“Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota”. Así comienza el breve relato que Eduardo Galeano dedicó a la figura de la estrella del balompié en El fútbol a sol y sombra. Aquellas estrellas brillantes de un firmamento con forma de rectángulo verdoso, y en el que dichos astros bailan al compás de una esfera que bien podría confundirse con la luna. Un joven de córneas prominentes llamado Mesut Özil emprendió una fuerte amistad con ella desde su niñez, pero, del mismo modo que la mayoría de vínculos, la relación se fue desgastando. Tanto que quizá ya ni siquiera sienta anhelo por ella.

Hace ya diez años que el mundo descubrió al mago de Gelsenkirchen. El sonido de  las vuvuzelas no eclipsó la danza del ‘8’ de Alemania sobre los campos verdes de Sudáfrica, donde el germano de orígenes turcos empezó a ser venerado en el duro mundo del fútbol. Tras pulir su envidiable naturaleza en su tierra natal y en Bremen, dio el salto definitivo a la élite después de lucirse en suelo africano. El Paseo de la Castellana gozó con su elegancia tratando el cuero, el aliado que “lo busca, lo reconoce, lo necesita”, tal como comentaba Galeano sobre el apetito de la pelota a ser manejada con ternura. Las caricias del alemán, ágil, rápido e inteligente, según un reconocido técnico alsaciano, eran el mejor método para expresar su belleza.

“Fue el jugador que mejor conoció mis movimientos de cara al gol”, proclamó un insaciable delantero portugués de nombre bíblico sobre su compañero, con el que levantó un trofeo de campeón liguero en España. El centrocampista zurdo contabilizó incontables asistencias para su equipo, valiéndose de la gran visión de juego y la creatividad con las que estaba bendecido. Allá donde mirara con sus característicos ojos saltones era capaz de poner con finura su estimado balón. Su objetivo era levantar la valiosa ‘Orejona’ con la camisa blanca del equipo madrileño, pero acabó cambiando de destino justo el verano anterior a que la entidad lograra devolver ese ansiado trofeo a sus vitrinas.

 

“Es un futbolista único. No existe ningún jugador que se le parezca, ni siquiera hay una mala copia suya. Es el mejor ’10’ del mundo”

 

La inexperiencia del padre, su representante, y las discrepancias de este con la directiva llevaron al ídolo a Inglaterra, aunque no por ello dejó de ser un ídolo, pues un año más tarde ganaría la Copa del Mundo representando a su país. El reputado entrenador luso con quien había coincidido en Madrid vanaglorió su arte con los pies y se extrañó tras su salida: “Es un futbolista único. No existe ningún jugador que se le parezca, ni siquiera hay una mala copia suya. Es el mejor ’10’ del mundo”. Siguió repartiendo pases de gol bajo la fría lluvia de Londres y en diferentes estadios británicos, que se maravillaban con aquel virtuoso elegido en cuatro ocasiones mejor futbolista alemán del año. 

Lamentablemente, Galeano también advierte sobre la fugacidad de las estrellas: “El ídolo es ídolo por un rato nomás, humana eternidad, cosa de nada”. Y así como su salario aumentó, su rendimiento decayó. Antes, el club con el que ha levantado cuatro copas inglesas se le quedaba minúsculo; ahora, sin embargo, parece que no hay sitio para él ni para su elevada ficha. Alguna que otra lesión y varias polémicas extradeportivas -una de ellas cuando fue captado con algunos compañeros tomando la droga conocida como ‘gas de la risa’- han manchado el expediente de un jugador excepcional. Además, en 2018, después del triste Mundial de los germanos, renunció a seguir defendiendo los colores del combinado nacional tras sufrir diversos episodios de discriminación a partir de una fotografía en la que aparece junto al presidente turco.

Vislumbrando ya el ocaso de su carrera, podría buscar un nuevo destino que le permita volver a disfrutar de su idilio con el esférico. Condenado eternamente al feliz recuerdo de su pasado, el alemán padece desde hace tiempo la mundanidad. Según finalizaba Galeano, “a veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos”. Su historia es la de una estrella que ya no es, aunque el paso del tiempo le devolverá justamente la etiqueta. Cuando su recuerdo tome perspectiva, las actuales sombras difícilmente empobrecerán las innumerables luces de su figura, pues el que un día fuera ídolo nunca dejará de serlo.

 


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Fotografía de Getty Images.