Se paró el reloj en el Volksparkstadion. El Hamburgo, a pesar de su mala temporada, murió de pie y peleando hasta el último momento. Su victoria al ‘Gladbach’ no evitó, para desgracia de sus aficionados, el descenso a la división de plata por primera vez en su historia. Y es que, a poco más de 150 kilómetros, el Wolfsburgo endosaba cuatro goles al Colonia. Cuatro goles como cuatro meteoritos que acabarían extinguiendo a los Dinosaurios de la Bundesliga.

Cuatro meses después, el Hamburgo quiere volver a la máxima categoría del fútbol alemán y su inicio de temporada es prometedor. Los Rothosen han ganado cuatro de los siete partidos que han disputado y actualmente ocupan la tercera posición en la tabla. Pero este fin de semana no es una jornada normal en Hamburgo. A orillas del río Elba, los piratas del Sankt Pauli, enfundados en su zamarra marrón y con la Jolly Roger en su bandera, llegan con el objetivo de abordar el Volksparkstadion. Otra vez.

La rivalidad entre ambas entidades se remonta al nacimiento del St. Pauli. El modesto club nacido en el barrio rojo de la ciudad mantenía, con el Hamburgo, una rivalidad meramente territorial. La clásica rivalidad entre dos equipos de una misma urbe. Sin embargo el primer enfrentamiento entre los dos conjuntos no se dio hasta los años 60. Tras superar dos guerras mundiales y con las competiciones futbolísticas normalizadas, el Hamburgo y el Sankt Pauli se encontraron en la Oberliga Nord. Fueron tres temporadas en las que los Rothosen dominaron a sus rivales. En los seis partidos que disputaron, el Hamburgo se impuso en cinco, mientras que el St. Pauli tan solo pudo lograr un empate.

 

No obstante, la rivalidad superó los límites de los terrenos de juego durante la década de los 80

 

En aquellos años, la diferencia entre Hamburgo y Sankt Pauli era tan escandalosa como obvia. Mientras que un club llevaba el nombre de la ciudad y disponía de más riquezas, el otro contaba, tan solo, con un colectivo de aficionados llegados desde el distrito portuario. No obstante, la rivalidad superó los límites de los terrenos de juego durante la década de los 80. El movimiento hooligan en Alemania llegó acompañado de un resurgimiento del nacionalsocialismo más crudo. Las consignas y cánticos nazis eran constantes en las gradas de los estadios del Hertha, del Borussia Dortmund o del Schalke 04. Y, por supuesto, el movimiento también llegó a orillas del Rio Elba. Un sector de la afición del Hamburgo adoptó esta ideología y usaban los domingos para acercarse al estadio y proclamar discursos más propios de los años 40. Parecía que Alemania olvidaba toda la sangre y vergüenza derramada durante la dictadura.

Pero aquellos discursos de odio no calaron en el barrio rojo de la ciudad. No podían calar en Sankt Pauli porque aquellas calles eran obreras. La industrialización del puerto llevó, allá por el 1830, a miles de trabajadores a instalarse en la zona. Precisamente, esa superpoblación trajo consigo la aparición de prostíbulos, teatros, salas de baile y bares. El alcohol barato corría por las aceras al tiempo que trabajadores, artistas, prostitutas y mendigos daban vida a un barrio que crecía de manera totalmente antagónica al resto de la ciudad. Ya en el siglo XX, las grandes guerras y la crisis económica derivaron en precariedad laboral, paro y diferentes enfermedades causadas por las pésimas condiciones higiénicas y de salubridad que había en el barrio. Dichas condiciones derivarían, como no podía ser de otra manera, en revueltas obreras, luchas contra las clases favorecidas y contra los nacionalismos de principios de siglo. Sankt Pauli se convirtió en una sociedad politizada con aires de revolución y con sus trabajadores pegados a la izquierda de la línea ideológica. Por eso, para cuando el nazismo azotó Alemania, Sankt Pauli ya era un barrio indomable. Los ritmos de Swing, los prostíbulos y la vida nocturna del barrio rojo siguieron latentes en reductos como Reeperbahn, a pesar de las prohibiciones y las persecuciones constantes por parte de las autoridades hitlerianas. No se podía reprimir una identidad creada durante cientos de años.

Sin embargo, llegaron los 80 y muchos aficionados del Hamburgo vieron como sus gradas se convertían en la cuna de nuevos movimientos fascistas. La añoranza que sentían algunos por el antisemitismo y el nacionalsocialismo derivó en cánticos, pancartas y símbolos repartidos por el estadio. Ellos no querían eso. Por eso, muchos de sus seguidores acusaron la permisividad del club hacia estos actos y comenzaron a navegar hacia el puerto de la ciudad. Allí les esperaba un club que, hasta entonces, había estado despolitizado a pesar del ferviente movimiento obrero que había en el barrio. Sankt Pauli abrió las puertas del Millrentor para acoger a todos aquellos aficionados contrarios al resurgimiento del nazismo. Un gesto que provocaría la ira de los seguidores más radicales del Hamburgo. Este éxodo de aficionados provocó que, en unos pocos años, el modesto club del barrio rojo viera multiplicado su número de aficionados. Y con ellos llegaron las principales señas de identidad del nuevo Sankt Pauli al declarar el club como antiracista, antihomófobo, antisexista y antifascista.

En la ciudad alemana comenzaba una rivalidad más allá de los terrenos de juego. No solo eran 22 futbolistas corriendo detrás de un balón. El auge de la izquierda en las gradas de Sankt Pauli chocaba de frente con el sector neofascista de los Rothosen. Mientras que el Millrentor se llenaba de calaveras, cánticos libertarios y pinturas defendiendo la homosexualidad, en el actual Volksparkstadion se alababan esvásticas y figuras propias de movimientos fascistas. Los derbis que se avecinaban traían consigo, más que un partido de fútbol, una batalla. El marcador quedaba en un segundo plano y los altercados entre los sectores más radicales de ambos clubes eran constantes. A nivel futbolístico, los éxitos fueron para el Hamburgo. En Sankt Pauli, sin embargo, restaban importancia a lo que sucedía sobre el césped y promovían actuaciones sociales en el barrio para defender a los colectivos más discriminados.

Con el paso de los años, la ideología fascista quedó reducida a un grupo de seguidores ultras del Hamburgo. Sin embargo, en Sankt Pauli no se perdió jamás la identidad revolucionaria de la entidad. Esta fue, incluso, apoyada desde la directiva con constantes iniciativas para favorecer distintas causas sociales.

Durante los años que los corsarios navegaron por los mares de segunda y tercera división, la rivalidad entre ambas aficiones entró en un periodo de calma tensa. La diferencia entre categorías evitaba los choques entre estos equipos y, por ello, las aficiones se esquivaban en la medida de lo posible. Pero todo cambió con el regreso de las calaveras a la Bundesliga en 2010. El primer partido en el Millrentor acabó en tablas y sin demasiados incidentes pero la tensión entre hinchadas fue en aumento de cara a la vuelta. Aquel encuentro, que debía disputarse el 9 de febrero, fue suspendido por las intensas lluvias que se produjeron en la ciudad.

A la salida del estadio, los ultras del Hamburgo, junto a hooligans del Hannover y de otros clubes, atacaron a los hinchas del Sankt Pauli y destrozaron el Jolly Rogers, un bar frecuentado por aficionados piratas. Decenas de heridos se acumularon en los hospitales y otras decenas de detenidos en las comisarías de la ciudad. La revancha llegaría, en la parcela futbolística, el 16 de ese mismo mes cuando Asamoah remataría a gol un córner. El marcador fue de 0-1 para los piratas, abordando así el feudo de los Rothosen y llevándose tres puntos como botín. Fue un resultado histórico ya que el Sankt Pauli no ganaba al Hamburgo desde 1978, cuando también se impusieron en casa de su rival. Un premio, por otra parte, insuficiente para salvar la categoría ya que los del Millrentor acabarían descendiendo al final de temporada.

 

Las provocaciones por parte de los seguidores del Lubeck y el Hamburgo, con cantos y símbolos fascistas, provocaron la reacción de los hinchas piratas

 

Aquellos incidentes de 2011 no fueron olvidados por los corsarios del Elba. En 2012, durante la celebración de la Copa Schweinske llegó un nuevo episodio de violencia. El encuentro simbólico enfrentaba al Nordsjaelland contra el Respect United, un combinado de futbolistas que luchaban contra el racismo. Las gradas del Alsterdorfer Sporthalle se llenaron de seguidores del Sankt Pauli, del Lubeck y del Hamburgo. Las provocaciones por parte de los seguidores del Lubeck y el Hamburgo, con cantos y símbolos fascistas, provocaron la reacción de los hinchas piratas. Insultos como “Hijos de judíos” o “Putos gitanos” acabaron de encender los ánimos en los pasillos de aquel complejo deportivo de Hamburgo. Los hinchas de Sankt Pauli se enfrentaron agresivamente a los ultras rivales y la policía intervino con más violencia. Las peleas y el gas pimienta que liberaron los cuerpos de seguridad derivaron en decenas de heridos y 74 detenidos.

El último gran enfrentamiento entre aficionados de las entidades fue en verano de 2014. Toda Alemania era una fiesta tras salir campeona del mundo. Hamburgo no era una excepción. Litros de cerveza corrían por los diferentes bares de la ciudad y muchos aficionados, olvidando sus colores, se abrazaban por la victoria de todo un país. Pero esa alegría se interrumpió en el Bar Shebeen de Hamburgo. Los cristales de aquel antro pirata volaron por los aires al grito de “Sois mierda. El Sankt Pauli es una mierda”. Los aficionados que se encontraban en aquel lugar trataron de salir como pudieron. “Venían con palos y barras de metal. Abrimos las puertas para que se escondieran en la parte trasera del pub”, declaró un empleado del Shebeen a medios locales. “No hubo pelea. Hubiese sido un suicidio porque eramos minoría”. Tras el incidente, los consumidores del Shebeen declararon que el ataque había sido orquestados por el grupo de radicales neonazis del Hamburgo. El mismo grupo que cuelga pancartas con lemas como HASS (odio) y Zecke Verrecke (muerte a estas garrapatas) durante los derbis entre Hamburgo y Sankt Pauli.

Han pasado cuatro años desde aquel último incidente. No obstante, desde que el reloj del Volksparkstadion se detuviese hace unos meses, los fantasmas de aquellos episodios violentos han vuelto a sobrevolar Hambugo. El próximo domingo los bucaneros del Elba cruzarán la puerta del Millrentor para llevarse el tesoro del Volksparkstadion, como ya sucediese en 2011. En las gradas del estadio, las calaveras se verán las caras con el minoritario grupo neonazi para continuar una batalla ideológica que se viene arrastrando desde los años 80. Y sobre el verde del estadio, Hamburgo y Sankt Pauli lucharán por llevarse mucho más que una victoria. Con las aguas bien revueltas, el viento sopla a favor de los Rothosen. Sí, es cierto. Los números avalan a los locales y suman catorce victorias, siete empates y tan solo dos derrotas contra el club de la calavera. Pero los corsarios dominan como nadie las mareas más peligrosas. Y en la mente de ambas aficiones, el último abordaje pirata.