En los momentos de máximo esplendor del término “liga de mierda”, los críticos con la LFP y su evidente duopolio –Barça y Real Madrid, se entiende- tenían otro argumento algo menos faltón pero igualmente sangrante para referirse a ese fútbol español cada vez más desigual: la comparación con Escocia. Había que evitar a toda costa que la competición patria acabara como la liga escocesa, un torneo en el que los dos gigantes de Glasgow, Celtic y Rangers, se disputaban los títulos año tras año mientras el resto de equipos se conformaban con salvar la categoría, dar alguna campanada de vez en cuando y, si los planetas se alineaban y se les aparecía la virgen, jugar alguna que otra ronda de competición europea. La intención era expresar el temor a que la alternancia de poder del puente aéreo se eternizara en España por los siglos de los siglos al estilo de lo que ocurría al norte de Gran Bretaña, donde para encontrar a un campeón de liga que no forme parte del viejo Old Firm (valga la redundancia) hay que retroceder hasta 1985, hasta aquel Aberdeen en el que Alex Ferguson obraba sus primeros milagros.

Pero la comparación no tardó mucho en morir. En España, la irrupción del “cholismo” y ese gol de Godín en el Camp Nou demostraron que había forma de plantar cara a la clase dominante. Y en Escocia, ya en 2012, la muerte por deudas de uno de los grandes, el Rangers, enseñó una fragilidad impensable en Barça y Real Madrid. No había símil posible. Más que una “liga de mierda”,  la escocesa era una competición tocada de muerte que se precipitaba al vacío.

Mientras se espera que el regenerado Rangers regrese de los infiernos a base de subir categorías, Escocia ya vive su tercera temporada sin los Gers en lo más alto. La liquidación de este club tradicionalmente asociado a los protestantes de Glasgow sumió al fútbol del país en un clima incierto. Los más pesimistas –y también los más afines al Rangers- auguraban tiempos oscuros, casi apocalípticos, en las competiciones escocesas. Su argumento era tan comprensible como claro. Si se marchaba uno de los dos componentes del duopolio, la situación solo tenía un nombre: monopolio. Según los apocalípticos, el Celtic se iba a pasear de tal manera que mataría la esencia propia del término “competición”. Pero en el otro extremo del ring, los optimistas –muchos de ellos de tendencia verdiblanca- contraatacaban con una opinión muy distinta. Según estos “negacionistas” del Old Firm, el vacío de poder lo podría ocupar sin problema cualquier otro equipo. Veían en la teoría apocalíptica la última pataleta del antiguo Rangers.

Pero cuando pasamos de las teorías a los hechos, advertimos que nada es absolutamente negro o blanco. La realidad del fútbol escocés se sitúa en los grises, en los matices, en las verdades relativas y en una cierta ambigüedad.

EL MONOPOLIO APOCALÍPTICO

En las últimas dos temporadas, la Premiership –renombrada así tras la fusión de la Scottish Premier League con la Football League– ha tenido un solo dominador. Ya sin su íntimo enemigo cerca, el Celtic ha ganado los dos últimos torneos sin esforzarse demasiado. La pasada primavera, Celtic Park cantaba su tercer alirón seguido y sus hinchas entonaban aquello de “here we go, ten in a row” (algo así como “vamos a por las diez seguidas”). Pero mientras descorchaban botellas y se daban baños de masas, los bhoys iban viendo como su rendimiento en Europa –y en consecuencia, el de todo el fútbol escocés- bajaba gradualmente.

rangers

En el primer curso post-Rangers (2012-13), el Celtic firmó una Champions League excelente, pasando a octavos de final tras ser segundo en un exigente grupo integrado por el Spartak de Moscú, el Benfica y el Barcelona. Especialmente memorables fueron los dos partidos ante el conjunto catalán: derrota en el tiempo añadido en el Camp Nou y victoria por 2-1 en un Celtic Park que celebraba por todo lo alto el 125 aniversario del club.

Al año siguiente (2013-14), pese a que su dominio en la liga doméstica era arrollador, su papel europeo evidenció un bajón de nivel. Llegaron con la lengua fuera a la fase de grupos de la Champions con una remontada épica ante el nada temible Shakter Karagandy kazajo. Pero a continuación solo pudieron ser cuartos de su grupo, por detrás de Milan, Barcelona y Ajax.

Este verano, el Celtic ni siquiera ha logrado la clasificación para la Liga de Campeones. No pudo con el Legia de Varsovia en la tercera ronda –aunque en los despachos los polacos fueron descalificados por alineación indebida- y no aprobó tampoco en la reválida contra el Maribor, ya en el playoff previo. Hoy el tricampeón escocés está encuadrado sin pena ni gloria dentro del grupo H de la Liga Europa.

En consecuencia, el coeficiente UEFA de Escocia también ha ido disminuyendo. En la actualidad, la Premiership ocupa el puesto 24 del ranking, situada por detrás de competiciones como la bielorrusa, la austríaca o la chipriota. En la campaña 2011-12, la última con el Rangers a bordo, ocupaba el 18º lugar. Si bien es cierto que la tendencia ya era a la baja en ese momento, seis puestos perdidos en solo dos años son demasiados para un fútbol de tanta tradición, para un país que tiene el honor de albergar al primer campeón de Europa británico (Celtic, 1967) y que no hace tanto vio como dos de sus equipos acariciaban la gloria en sendas finales europeas (el Celtic cayó ante el Oporto en la final de la UEFA de 2003 y el Rangers perdió contra el Zenit en la de 2008).

Punto para el equipo de los apocalípticos.

LAS COPAS: LA VISIÓN OPTIMISTA

El dominio del Celtic en lo que a la competición liguera se refiere en las dos últimas temporadas no admite discusión –con diferencias de 16 y 22 puntos respecto al segundo clasificado-. El ranking de la UEFA, por su parte, también habla claro. ¿Pero existe una correlación directa entre el monopolio liguero y el bajón de nivel europeo del propio Celtic? Quizás es demasiado pronto para dar una respuesta inequívoca en este sentido, aunque es una evidencia que, cada año que pasa, el fútbol escocés pinta menos en el panorama internacional. Pero como no hay mal que por bien no venga, también hay razones para la esperanza: el supuesto bajón de nivel de la competición escocesa podría estar favoreciendo la competencia interior.

Las competiciones de Copa son torneos en los que factores como el prestigio o el presupuesto de los grandes pierden importancia en favor de la ilusión, el “nada que perder” y las ansias de victoria de los pequeños. Siguiendo a rajatabla la teoría apocalíptica, la tiranía céltica tendría que haber acabado con estos alicientes propios de las competiciones coperas. Pero no. La Escocia segundona ahora se va de “copas” con más alegría de lo habitual.

saints

La Copa de la Liga, la competición tradicionalmente más dada a las sorpresas, se juega desde 1947. En 41 de sus 68 ediciones Celtic (14) o Rangers (27) se han llevado el título a sus vitrinas. Las alternativas han ido llegando con cuentagotas. Hasta la liquidación de los Gers, para encontrar la última vez que se encadenaron dos triunfos de dos equipos no integrantes del Old Firm, había que retroceder hasta 1996, cuando Raith Rovers y Aberdeen dieron la campanada de forma consecutiva. Pues bien, en las últimas tres temporadas, al Celtic solo se le ha visto en la final de 2012. Y fue para salir derrotado ante el Kilmarnock. En 2013, el Saint Mirren derrotaba al Hearts en Hampden Park y en 2014 era el Aberdeen quien ganaba la competición al superar en los penaltis al Inverness.

La Copa escocesa, un torneo que se juega desde 1873, tampoco tuvo al Celtic  en su última final. Fueron St. Johnstone y Dundee United los que se disputaron el título. Los campeones acabaron siendo los Saints, que conseguían así el primer título de prestigio en toda su historia. Felicidad total y billete a Europa. Los humildes sonríen. ¿Apocalipsis?

Punto para el equipo de los optimistas.

CELTIC: PRESENTE Y FUTURO DE ESCOCIA

En el inicio de la campaña 14/15, la liga se ha puesto patas arriba. El Hamilton Academical, un club recién ascendido a la Premiership, es el líder de la tabla por delante del Dundee United y el Inverness. Un liderato merecido, pues el modesto equipo dirigido por el jugador-entrenador Alex Neil viene de ganar a domicilio nada más y nada menos que al Celtic, algo que no conseguía -atención- desde el año 1938. Para encontrar a los bhoys tenemos que retroceder hasta la sexta plaza de la clasificación –eso sí, con un partido menos-. Aunque siguen siendo los grandes favoritos para llevarse el torneo de la regularidad, su crisis es innegable.

La mala racha de juego y resultados del Celtic no surge de la nada. Está propiciada, en parte, por la marcha de algunos de sus jugadores importantes. Hombres como el meta Fraser Forster o el delantero Georgios Samaras se han ido este verano siguiendo los pasos de otros jugadores importantes que abandonaron la casa meses antes, como el goleador Gary Hooper o el centrocampista todoterreno Victor Wanyama. ¿Se han marchado porque el Celtic ya no cumple las expectativas o el Celtic ya no cumple las expectativas porque estos jugadores se han marchado? El pez se muerde la cola.

¿Qué paisaje encontrará el Rangers cuando vuelva a la máxima categoría? ¿Apocalipsis pesimista o renacimiento optimista? Escocia prosigue su camino hacia lo desconocido

Pero el cambio más traumático ha llegado en el banquillo. Tras cuatro años al mando de las operaciones, el carismático Neil Lennon decidió dar por terminada su etapa como técnico del Celtic. El mayor logro del norirlandés, además de añadir tres ligas y dos copas a las vitrinas de Parkhead, fue aguantar el chaparrón con dignidad. La directiva del Celtic lo tenía claro: el sucesor Lenny tenía que ser alguien que, como él, fuera capaz de sacar partido a unos recursos cada vez más limitados. Tras el fallido intento de contratar a Roy Keane –así lo ha confirmado el técnico irlandés hace unos días-, el elegido fue Ronny Deila, un joven preparador noruego (39 años) que venía de hacer campeón de su país al Strømsgodset.

Los inicios de Deila no están siendo nada fáciles. Exigido y presionado desde el mes de agosto, no ha sido capaz de meter al campeón de Escocia en la Champions. El equipo no funciona, las piezas, insuficientes, no encajan y la paciencia del siempre fiel Celtic Park se va terminando. Ante el Hamilton, se escucharon los primeros gritos que pedían la dimisión del técnico escandinavo. El feudo católico, donde solo unos meses antes se proclamaba con cierta arrogancia que el objetivo era ganar diez ligas seguidas, explotaba al ver a su equipo navegar a la deriva.

¿Es la del Celtic la crisis definitiva del fútbol escocés? ¿Se trata de la revolución de la clase media/baja o simplemente es una situación pasajera que no afectará al monopolio liguero del tricampeón? ¿Qué paisaje encontrará el Rangers cuando vuelva a la máxima categoría? ¿Apocalipsis pesimista o renacimiento optimista? Escocia prosigue su camino hacia lo desconocido.