Gascoigne conquistó más corazones y titulares, Adams ganó más medallas, pero en la Inglaterra de los 90, nadie marcó más goles que Alan Shearer. Y nadie estuvo más cerca de personificar al clásico héroe inglés. Shearer fue un James Bond futbolístico. No ese sabelotodo de la versión de Roger Moore, sino el subestimado, musculado y despiadado 007 de Daniel Craig, del que también poseía el patriotismo respecto a la Reina y el país. Su última acción como jugador de Inglaterra fue una piscina propia de un amateur, cuando la selección de Kevin Keegan, sin fortuna, se quedaba fuera de la Eurocopa de 2000. Amonestado por la ofensa, Shearer no se disculpó. “Me tiré por desesperación y con el deseo de hacer algo por mi país, para ayudar a ganar el partido. Si tiene que ser un tachón para mí, que así sea”, dijo. Fue una frase controvertida poco común. En privado, Shearer poseía un humor seco y podía ser un acompañante animado, pero en público era tan reservado que se le tenía como a alguien aburrido (aún se recuerda que escribió sobre cómo pintó con creosota su valla en el ‘diario personal’ publicado tras la campaña del título del Blackburn).

Ese carácter no era algo que preocupara a los aficionados del Southampton, el Blackburn, el Newcastle e Inglaterra, pues él dejó que los que hablaran fueran sus goles, hasta 409, incluyendo 30 para la selección inglesa en 63 internacionalidades. El más notable de ellos llegó en la Eurocopa de 1996, en la que la nación se reencontró de pronto con la alegría del fútbol. Antes del torneo, se temía que el hooliganismo arruinara el evento. Las expectativas eran también modestas respecto al equipo inglés y bajas en referencia a Shearer, que llegó a aquella fase final sin haber marcado ningún gol en casi dos años y más de 1.000 minutos disputados. Pero a los 22 minutos del inicio del encuentro inaugural, controló un brillante pase de Paul Ince y soltó un disparo que superó al meta de Suiza Marco Pascolo. Aquello rompió el bloqueo. Un gol en la victoria por 2-0 contra Escocia continuó con dos más en el triunfo sobre los holandeses por 4-1, que dejó a Inglaterra en el paroxismo de la alegría, la incredulidad y la esperanza. Aquel encuentro es aún el recuerdo más vivo de aquella Euro’96. Cuesta encontrar un partido en el que se combinaran la actuación y el resultado de forma tan perfecta desde el Mundial’66, del que se cumplen 51 años. De pronto, como decía el himno no oficial del torneo, parecía que el fútbol ‘estaba volviendo a casa’. Wembley estaba repleto de banderas de San Jorge, el nacionalismo ya no tenía que ver con la xenofobia, se veía de forma positiva. Faltaba un año para que el nuevo laborismo de Tony Blair arrasara en las elecciones, y el país, que tantas veces había echado la vista atrás, hacia una gloria imperial marchita, miraba al futuro con esperanza. El fútbol explotó, con la Euro’96 como base de una Premier League que buscaba devenir una de las mayores exportaciones culturales del Reino Unido. Daba gusto ser inglés.

 

El brazo en alto de Alan Shearer siempre simbolizará un glorioso verano en el que Inglaterra fue un lugar menos dividido, más seguro de sí mismo

 

El equipo de Terry Venables seguiría adelante venciendo con fortuna a España para luego perder, con mala suerte, ante Alemania en las semifinales. Ambos encuentros se fueron a los penaltis. La lotería de los 11 metros es muy a menudo la némesis de Inglaterra, pero Shearer fue siempre fiable. Marcó en las dos tandas, igual que en Francia’98 contra Argentina. Preguntado, tras su retirada, sobre ese aspecto, aseguró que “uno siempre tiene que mantener el control de la situación”. Una frase que podría servir como pauta en la carrera de Shearer, por lo que sorprende haberlo visto involucrado recientemente en un caso de inversiones mal asesoradas.

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Shearer abandonó el noreste de Inglaterra, donde nació, para fichar por el Southampton a los 15 años. Podría haberse quedado en Newcastle y jugar para su club, pero pensó que su carrera prosperaría más rápido en el sur. Tenía razón. A los 17 años ya estaba en el primer equipo, e hizo un hat-trick el día de su debut liguero. A los 22 fichó por el Blackburn, al que eligió por encima del glamur del Manchester United. Marcó 112 goles en 138 partidos de liga, incluidos 34 en la 1994-95 que impulsaron a los Rovers a su único título de liga desde 1928. El Blackburn ha vuelto ahora a la oscuridad, pero ese triunfo indicó un cambio fundamental en el fútbol inglés. Fue, seguramente, el primer título logrado por una fortuna individual. Jack Walker, un chico de Blackburn que se había convertido en magnate del acero, financiaba al equipo de Shearer. Aunque los millones de Walker serían pronto eclipsados por los miles de millones de otros, cuando la Premier League se convirtió en la competición elegida por oligarcas, fondos de inversión e inversores desde Norteamérica hasta China. Después de la Euro’96, Shearer podría haber ido a cualquier club en Europa, pero volvió a casa a cambio de un traspaso récord para la época, 15 millones de libras. Pese a marcar más de 200 goles con el Newcastle, no lograría más medallas de campeón, aunque no se lamenta de nada. Llevar el legendario ‘9’ blanco y negro había sido su ambición desde la infancia, y la afición del Tyneside lo adoró por su deseo de anteponer su club a la gloria. A diferencia de lo que suele ocurrir en Inglaterra, su presentación fue abierta al público. Acudieron 15.000 personas.

Al retirarse, pasó a ser un comentarista de televisión del que a menudo se mofaban por su actitud sosa y descuidada. Parecía estar dejando pasar el tiempo antes de convertirse en entrenador. De todos modos, después de una corta e insatisfactoria experiencia como técnico del Newcastle, se tomó el rol con más seriedad y hoy es un perspicaz y a veces franco comentarista. Los espectadores de menos de 25 tienen escasos o nulos recuerdos de sus años dorados, pero para los ingleses de cierta edad, el brazo en alto de Alan Shearer -celebración inmortalizada en una estatua de 2,75 metros en el estadio del Newcastle-, siempre simbolizará un glorioso verano en el que Inglaterra fue un lugar menos dividido, más seguro de sí mismo.