Hasta el 2006, el último zaguero puro que había recibido un Balón de Oro era Franz Beckenbauer. Se lo adjudicó en 1976, 30 años atrás, y desde entonces el galardón individual más preciado se lo habían ido repartiendo los de siempre: centrocampistas y delanteros; con la excepción del alemán Matthias Sammer, ganador del premio en 1996, que combinaba días como líbero con otros actuando en la medular.

Tuvo que aparecer Fabio Cannavaro y firmar una temporada de altísimo nivel para que el jurado volviera a poner el foco en las posiciones más retrasadas del campo, tan poco acostumbradas a vivir bajo la luz del halago y de los premios individuales. Aquel año, los encargados de escoger al mejor futbolista del mundo primaron las virtudes defensivas por encima del talento ofensivo. Las aptitudes para robar balones antes que las de esconderlos. La anticipación sobre la magia. El carácter delante del espectáculo. A Fabio Cannavaro, en definitiva, como jugador más destacado en un tiempo donde la competencia no era, ni mucho menos, escasa.

Aquel fue, quizá, uno de los premios más reñidos que se recuerdan en el fútbol reciente. Aspiraban muchos de los genios que hoy ya hace tiempo no nos sorprenden sobre el césped, y con credenciales de sobra para aspirar al Balón de Oro. Buffon fue campeón del Mundo. Henry, subcampeón, como Zidane; y llevó al Arsenal a la final de una Champions

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League conquistada por Ronaldinho y Eto’o. Y tampoco se quedaban cortos los Klose, Kaká, Deco, Drogba y compañía. Pero, por encima de todos ellos, apareció un ‘muro’ de nombre Fabio Cannavaro.

 

Los encargados de escoger al mejor futbolista del mundo primaron las virtudes defensivas por encima del talento ofensivo. Las aptitudes para robar balones antes que las de esconderlos. La anticipación sobre la magia

 

El entonces central de la ‘Vecchia Signora’ cerró ese curso, el 2005-06, alzando la Copa del Mundo, pero unos meses atrás también había conquistado como timonel de la Juventus un Scudetto que el escándalo del Calciopoli acabaría empañando. El central, que tras recoger el premio fue nombrado por Marcello Lippi “el símbolo de Italia”, jugó en Turín los mejores encuentros de su carrera. Ya lo había visto venir Luciano Moggi, director general del club, que en 2004 llegó a insinuarle al napolitano que simulara unos problemas físicos para que forzara su marcha del Inter y acabara de ‘bianconero’.

La Juve de aquella campaña era una constelación de estrellas. Empujada arriba por la clase de Alessandro Del Piero, el instinto de David Trezeguet o la ambición de Zlatan Ibrahimovic, atrás jamás sentía frío gracias a la pareja formada por Patrick Vieira y Emerson en el doble pivote, la disciplina de Lilian Thuram o Gianluca Zambrotta en la retaguardia o los reflejos bajo palos de Gianluigi Buffon. Aunque el centro de todo, el corazón del equipo, era Fabio Cannavaro, que no solo protegía a los suyos con su liderazgo o sus característicos tackles, siempre impolutamente medidos, sino que también aportaba en ataque. Porque, pese a no gozar de una gran envergadura para ser defensa (1’75m), Fabio era un especialista en cabecear córners: aquella temporada la completaría con cuatro tantos anotados, entre ellos, un doblete al Empoli para remontar el encuentro. Motivos suficientes para que el Fifa World Player también acabara en su estantería. 


Fotografía de Imago.