Nos dijeron que la historia estaba escrita con la sangre de los perdedores, pero no qué sucedía con la víctima hasta morir. O volver a nacer. Resguardarse en el ayer y pensar en el mañana es lo único que le permite al Barcelona seguir vivo y excusarse del presente. Mientras, Ronald Koeman sigue alimentando el relato de abanderar una nueva generación de futbolistas, porque es más fácil que construir la narrativa de ser el creador de un nuevo proyecto: el más complicado de la historia. Y así, Koeman seguirá escudándose en aquel zapatazo de Wembley, aun siendo el futbolista y el entrenador dos personajes cada vez más irreconciliables.

“Soy cruyffista, pero también realista. Yo era defensa, Johan era atacante”, comentó el entrenador holandés. Koeman siempre va con el manual de supervivencia en la mano: como si acabara de aterrizar en la isla de Lost, como si se preparara para cruzar al otro lado del muro. Si hay algo que ha hecho especial al Barça es ganar y perder siendo fiel a una idea. Es la antítesis a la esencia del Madrid: ganar, ganar y ganar. La identidad no se negocia, saber por qué se pierde es el primer paso para volver a vencer. Madurar es saber que, tras el mayor y mejor de los ciclos históricos, habrá caída. Empezó con el adiós de Pep Guardiola, siguió con la renuncia de Neymar cuando Luis Enrique hacía explotar una bomba atómica a cada partido, empezó a cerrar el ataúd con las sintomáticas derrotas europeas y solo quedaron vestigios de felicidad cuando Leo Messi se marchó. Es la herencia de la trinchera que construyó Michael Scott en el palco del Camp Nou.

Haber dejado vacante el ’10’ habría sido, más que un acto de nobleza, arrastrar una cicatriz en la que abonar los malos resultados, un subterfugio con forma de orfanato. Leo vistió la camiseta del Barça hasta los 33 años -quién sabe si no fue cuestión de azar- y dejó la vida terrenal para convertirse en una idea inabarcable. La inocencia y la ilusión de Ansu Fati por heredar el dorsal es también la metáfora del Barça de hoy: agarrarse a ideas de certeza que bailan con el diablo (y el fantasma de la rodilla de Marco Reus, y otros tantos, en la retina). Quién sabe si aquellos meses de Ansu fueron tan solo un sueño, un espejismo. El dorsal ’10’ es una mochila con grapas, tiritas y bisturís para curar las heridas que se abren a cada partido. Aquellos encuentros pegajosos que se cerraban con un gol de Leo, como una noche de agosto sudorosa o sentir la boca seca tras una noche atiborrada a cigarrillos. Y a otra cosa.

 

Koeman siempre va con el manual de supervivencia en la mano: como si acabara de aterrizar en la isla de Lost, como si se preparara para cruzar al otro lado del muro

 

El de Koeman es el relato del anillo, quien lo posee es dominador de la narrativa. Ronald, absorbido por su tesoro, siempre ha sabido rebajar las expectativas para, partiendo de la catástrofe, señalarse como el salvador del club. Como Portador del Anillo apunta a Mordor, tierra prometida, donde se recogerán los frutos tras la obligada travesía por el desierto en la que ya está sometido. Ronald nos cuenta que su relato tiene un fin ilusionante y hace del camino hasta él un pesar. Justifica el fin basándose en los primeros bailes de Gavi, Nico o Baldé y en las funciones de Eric Garcia, Araújo, Pedri o Dest. Pero en las cloacas de su relato emergen los momentos en los que los canteranos tienen minutos: en partidos decididos o ante la emergencia más absoluta. Y si a ello le sumamos que el medio hacia el fin del que Koeman se esconde contiene la renuncia al balón y el miedo escénico ante los equipos grandes o jugar a lanzar una moneda al aire, su relato se hace deshace como el anillo en la lava. Ni se pueden negociar innegociables ni “esto es lo que hay”

“Solo las semillas tenían ganas cuando el mundo empezó”, escribió Xacobe Casas. El Barça es ahora un tipo que se presenta cada noche a El club de la lucha sabiendo que terminará con la cara tatuada. Le queda agarrarse al futuro, que, de alguna forma, también es una forma de renuncia al presente. Van naciendo canteranos aún con aspecto pueril y fama de detectives salvajes con ganas de subirse a un Impala bolañesco y aventurarse a descubrir nuevos mundos y tirar viejas puertas. El futuro siempre está dispuesto a recoger nuestros deseos y adelgazar la línea entre lo posible y lo improbable. Por ello es más fácil maquillarse de hipótesis estimulantes. Pensar en el Barcelona es asistir a un nostálgico pasado y anhelar un incierto futuro. El relato de Koeman no puede ser excusa para esconderse del ahora. El presente es Antoine Batiste tocando el trombón en un cementerio de Nueva Orleans después del Katrina; ilusionarse con el futuro bailando entre escombros.

 


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Fotografía de Imago.