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El hombre que besó a Zamora y evitó que lo fusilaran


Este texto literario recrea un capítulo memorable aunque poco conocido: el que protagonizó un poeta que encontró a Zamora en la cárcel en los tiempos de la guerra y lo sacó del listado de futuros fusilados


 

En la cárcel Modelo el griterío es ensordecedor. El gimoteo de los torturados se mezcla en el ambiente con los ruegos de los detenidos, a los que el vientre se les parte en dos al contemplar de improviso el panorama hacia el que sus captores les arrastran. El calor de julio hace aún más insoportable la espera de los centenares de prisioneros que abarrotan los calabozos. Cada cierto tiempo, en una lenta cadencia, un miliciano nombra con desprecio a un encarcelado, y éste intenta adivinar si lo llaman para fusilarlo o para liberarlo. Si está aquí su familia para socorrerlo con algo de comida, o si un juicio sumarísimo le espera antes del patíbulo y la fosa común.

Primeros días de la guerra en España y el mundo, estupefacto ante la magnitud y la crueldad de la barbarie, no se explica muy bien qué ocurre, ni quiénes son los buenos y los malos. Los muertos se amontonan sobre las ruinas aún humeantes del Cuartel de la Montaña y los sindicalistas pasean por las calles, armados por el gobierno como última esperanza frente a los militares sublevados. En la prensa deportiva francesa dan por muerto al capitán de la selección nacional, el portero Ricardo Zamora, reciente campeón de la Copa Presidente con el Real Madrid, sólo unas semanas antes de que todo se fuese al carajo. En la zona nacional lamentan su muerte y le hacen misas, mientras fusilan a Federico en su Granada.

 

En la prensa deportiva francesa dan por muerto al capitán de la selección nacional, el portero Ricardo Zamora, sólo unas semanas antes de que todo se fuese al carajo

 

Por aquellos días Ramón Gómez de la Serna se había cruzado con el poeta bohemio Pedro Luis de Gálvez, aquel que, entre sus triquiñuelas para hacerse con unas pesetas, llegó a pasearse por los cafés pidiendo ayuda para enterrar a su hijo recién muerto, con una cajita bajo el brazo para simular la tragedia. Ante aquella visión, contó luego don Ramón, decidió partir hacia la Argentina, ante el miedo que le provocó la posible ansia vengativa de De Gálvez al contemplarlo, tras los veladores del café del Lyon d’Or, en plena calle de Alcalá, con un mono de seda azul, dos pistolas al cinto y un fusil máuser al hombro.

Por las calles circulan las hazañas de un cruel De Gálvez que, arropado por un grupo de criminales, busca por la ciudad a aquellos literatos con los que tenía cuentas pendientes, disfrutando, por fin en su penosa vida, del poder dulce de disponer a su antojo de las vidas de los que antes se negaban con desprecio a sufragarle un mísero vaso de vino en aquellas noches madrileñas de golfas y aguardiente.

Ilustración de Adrià Fruitós

En Barcelona, ya en el mes de octubre, un amistoso a favor de la República acaba con la victoria de la selección de Cataluña frente a la de Valencia, dos goles a cero, y los capitanes, Vantolrá e Iturraspe, piden a Companys saber qué ha ocurrido con su compañero: aseguramos que, aunque monárquico, Zamora no es un fascista, le dijeron al President.

Tras las gestiones del gobierno catalán, no sin antes soportar varios meses de incertidumbre, se llegó a confirmar la “no muerte” de Zamora, que había permanecido preso en la Modelo desde los inicios de la misma guerra, cuando un grupo de milicianos registraron la casa madrileña donde se había escondido. En prisión, un fortuito encuentro le salvó la vida, sacándole del listado de futuros fusilados.

Pedro Luis de Gálvez, poeta, bohemio metido a represor chekista, entraba y salía de la cárcel dando bocinazos, aprovechando su inteligencia y las circunstancias para dotarse a sí mismo de una autoridad que nadie le había otorgado, reconoció al futbolista en una de las celdas mohosas y oscuras.

 

Zamora había permanecido preso en la Modelo desde los inicios de la guerra, cuando un grupo de milicianos registraron la casa donde se había escondido. En prisión, un fortuito encuentro con un poeta le salvó la vida

 

“He aquí a Ricardo Zamora, el gran jugador internacional de fútbol —dijo el escritor—. Es mi amigo y muchas veces me dio de comer. Está preso aquí y esto es una injusticia. Que nadie le toque un pelo de la ropa. Yo lo prohíbo”, pronunció el poeta con solemnidad antes de besar y abrazar al portero mientras gritaba: “¡Zamora, Zamora!”.

Liberado el guardameta por De Gálvez, que se creyó tanto el personaje creado por él mismo que nadie se atrevía a poner en duda sus órdenes, encontró refugio en la embajada argentina junto a su familia, para ser evacuado más tarde hasta Marsella a bordo del barco argentino Tucumán, tras un acuerdo del gobierno albiceleste con el republicano que le permitiría terminar su carrera en la liga francesa.

Unos años después, a Pedro Luis de Gálvez lo sentenciaría a muerte un tribunal militar, más por inventarse crímenes que por cometerlos, puro postureo revolucionario para sobrevivir en el Madrid rojo de las sacas y el “no pasarán”. En el juicio presentó, como prueba de sus buenas acciones durante el conflicto, una foto dedicada de Ricardo Zamora: “A Pedro Luis de Gálvez, el único hombre que me ha besado en la cárcel”. Fue fusilado el 30 de abril de 1940 en la cárcel de Porlier, poco antes de que Zamora, ya entrenador, ganase la Liga con el Atlético Aviación.

 


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Fotografía de Getty Images