10.137 km. separan Los Ángeles de Río de Janeiro. La sensación es que Romário podría recorrerlos sin despeinarse mientras sortea rivales con su peculiar ritmo acompasado hasta fundirse en un abrazo con su alter ego angelino Hank Moody. El atribulado protagonista de Californication le abriría la puerta en calzoncillos y botella en mano, por lo que ‘o Baixinho‘ se sentiría en casa desde el primer momento. Hablarían largo y tendido de creatividad y musas, de tocar la tecla adecuada en la máquina de escribir que es el área pequeña. De vicios confesables y virtudes irresistibles para el público. De la iluminante charla entre genios nacería un best-seller planetario que podría titularse Que Nos Quiten Lo Bailao.

La carrera del carioca se asemeja a una fantasía literaria cuya esencia reside en disfrutar del trayecto por encima del acto banal de alcanzar cualquier destino. Como Kavafis en su Ítaca, el poeta Romário decidió trazar un camino largo y lleno de aventuras donde el cómo pesase siempre más que el cuánto. Dicho de otra forma, “que muchas sean las mañanas de verano en que llegues a puertos nunca vistos antes”. Lo tomó tan al pie de la letra que su baricentro bajo quebró cinturas dentro y fuera del campo sin dar un toque de más al balón. Tampoco uno de menos. Romário y Hank hacen lo justo para ser únicos e inimitables en lo suyo mientras cometen excesos en todos los demás aspectos de la vida.

Ambos se definen hedonistas conscientes, lo que supone una gota de actitud encomiable en mitad del océano de dudosa ética por el que navegan sin rumbo. ¿O acaso un portento debe ser también buena persona? Además de extenuante, resultaría sospechoso. Para disipar cualquier duda, el díscolo Hank admite que I don’t just say shit. I mean, I do talk a lot of shit, but I generally mean what I say and I say what I mean”. El resacoso escritor pone su destreza al servicio de la desfachatez de Hollywood, pero al menos lo hace con honestidad. ¿Consuelo de tontos o genialidad excéntrica? Un mago de la palabra como él no miente, colabora desinteresadamente en una campaña de desinformación.

También Romário iba de frente. A su ritmo, dictando los tiempos. Que se lo pregunten a Quique Estebaranz, quien tras una explosiva carrera por la banda se disponía a centrar desde el fondo cuando no encontró al brasileño en el área. “Corre un poco más, joder”, le gritó. Romário se acercó y le replicó con jovial firmeza que corriera él, que para eso le pagaban. “Yo cobro por meter goles, no por correr”. Y es que ‘o Baixinho‘ era a la vez un ‘9’, un ’10’ y un ’11’ porque hacía lo que le daba la gana con la bola y con los zagueiros. Su talento en pequeñas dosis, su habilidad natural para amagar, su sutileza canalla al conducir y su brillante mínimo esfuerzo no se han vuelto a ver sobre un campo de fútbol.

 

“Si no salgo, no meto goles”. Parece una escena de Californication: Hank amenaza a su entrañable representante Charlie con cerrar el grifo creativo si no le acompaña en alguna orgía. Salir para salirse; cosas de genios

 

Cuando Valdano acuñó la célebre alusión a los dibujos animados para describir al entonces ’10’ del Barça, sabía de lo que hablaba: “hace cosas de una mecánica imposible que parecen no estar al alcance de la imaginación de los mortales”. La improvisación venía de serie. Si el oficio de escritor supone afrontar a menudo el síndrome de la página en blanco, el de delantero consiste en hacerle trampas al gol constantemente, y en el arte de esbozar garabatos delante del marco rival no ha existido ariete con mayor astucia que Romário. Prolífico y preciosista, siempre tenía la última palabra ante el portero. El brasileño fue un zorro del más difícil de los contactos con el esférico: el último.

Hank Moody sobrevivía a su creatividad desordenada huyendo hacia adelante. Romário también tuvo que aprender a venderse. Con tal de meterla, se las ingeniaba para que una vaselina pasase de frívola a eficaz en cuestión de segundos, lo que duraba la parábola del balón desde su agraciada bota hasta besar la red dejando atrás otro guardameta engañado. La más prosaica definición de puntera mutaba en poesía en movimiento si el golpe de billar era ejecutado por el brasileiro que cautivó al Camp Nou en temporada y media de ensueño. Personalidad superior y tren inferior maravilloso. Romário personificaba el Dream de aquel Team dirigido desde la banda por el maestro Johan.

Cuenta la leyenda que el Barça contrató a un detective privado para controlar a Romário, tarea que ningún defensa consiguió sobre el verde. Alkorta hubiera pagado de su bolsillo para que se quedase en casa la noche anterior a la cola de vaca. “Si no salgo, no meto goles”. Parece una escena de Californication: Hank amenaza a su entrañable representante Charlie con cerrar el grifo creativo si no le acompaña en alguna orgía. Salir para salirse; cosas de genios. Tras ganar el Mundial en 1994 y ser declarado mejor jugador, dicen que abdicó para entregarse a la samba. “La noche es mi amiga”, proclamó en una ocasión. Y a los amigos, ya se sabe, hay que mimarlos.

Cuando se acerca el fin del trayecto y no sabes en qué parada bajar, echar la vista atrás ayuda a conocerse. Hank Moody y el Senador Romário no se enfadan con Ítaca porque saben que sin ella no habrían emprendido el camino. En la senda habitan las respuestas que no buscan, el guion triunfal y el mano a mano victorioso ante otro portero desarmado. Los destinos del escritor y del delantero son líneas paralelas hacia la felicidad. Bocetos de realización personal a pesar de todo. Tras vivir peligrosamente, perdieron la cuenta de los goles y las conquistas. Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. Se saludan emplazándose a la próxima juerga. ¿Cómo era el título del libro? Que Nos Quiten Lo Bailao.

 


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Fotografía de Imago.