Quizás, como tantas otras veces ha pasado en la política española, será, solo, apenas, un espejismo; una quimera, más cimentada, más fundamentada, en la ambición de ver mutar una realidad inamovible que en los hechos; una ilusión que acabará desvaneciéndose, evaporándose, cuando lleguen las fechas decisivas; pero, al menos por ahora, parece que el bipartidismo que ha regido el balompié estatal en los últimos años se tambalea; que las ligas de los 100 puntos, ya prácticamente inalcanzables a estas alturas del curso para Barcelona y Real Madrid, pertenecen a otra época; para satisfacción de aquellos que, como reconocía Axel Torres en el #Panenka69, “deseábamos que el fútbol se convirtiera, de repente, en un carrusel de campeones vírgenes, en una alternancia infinita en la que no existieran los dominios y en la que cuantas más hinchadas de cuantos más lugares diferentes pudieran disfrutar, mejor”. Los apenas cinco puntos que ahora mismo separan los tres equipos que lideran la tabla de la Primera División, el Barça, el Madrid y la Real Sociedad de Imanol Alguacil, que este viernes dormirá líder si puntúa en Anoeta frente al Leganés de Javier Aguirre, del decimotercero, el Valencia, dibujan el cambio de tendencia que, en este inicio de curso, se intuye en un campeonato más igualado, mucho más democrático, con más equipos revelación que nunca; con clubes como la Real, el Granada, Osasuna, el Levante o el Valladolid flirteando, soñando, con las competiciones internacionales.

Rebelándose contra la tediosa, monótona, lógica de un fútbol cada día menos imprevisible, cada año más milimetrado, calculado, matemático, una de las más bellas sorpresas de este curso la está protagonizando el Granada de Diego Martínez; que, a pesar de contar con el tercer límite salarial más bajo de la categoría, con unos 35,461 millones, solo superiores a los 32,034 del Real Valladolid y a los 29,968 del Mallorca, que parecen irrisorios, casi insignificantes, al compararlos con los más de 600 millones del Barcelona o el Real Madrid, se encuentra en la sexta posición; a tan solo un punto de la Champions League, con una renta de hasta once sobre los puestos de descenso. “Competimos contra presupuestos monstruosos, sí, pero en el campo jugamos once contra once. Y no se lo vamos a poner fácil a nadie”, remarcaba Roberto Soldado en una entrevista en 20minutos, ilustrando la naturaleza ambicioso, luchador, de un Granada que en agosto redebutó en Primera División con un salvaje 4-4 en el Estadio de la Cerámica; en un duelo en el que, resiliente, remontando hasta en tres ocasiones un resultado adverso, evidenció que ha vuelto a la élite con la ambición de asentarse de nuevo en ella; poco a poco, paso a paso, escalón a escalón, cual hormiga.

El equipo rojiblanco dobló la rodilla ante el Sevilla en la segunda jornada (0-1); pero, a partir de aquel duelo, amparándose en el muro en el que se ha erigido Rui Silva, en la solvencia de Germán Sánchez y Domingos Duarte, en el compromiso de Víctor Díaz, en la jerarquía de Ángel Montoro, en la calidad de Yangel Herrera, en la veteranía de Roberto Soldado, Maxime Gonalons o Quini, en la clase de Antonio Puertas, en las ganas de recuperar la sonrisa de Carlos Fernández, en el desborde de Álvaro Vadillo, en el carácter incansable de Darwin Machís, en la voluntad, en definitiva, de todos los integrantes del cuadro andaluz de seguir haciendo feliz a su afición, el Granada encadenó cinco partidos seguidos sin perder, con cuatro victorias, una de ellas, histórica, inolvidable, eterna, conseguida con un gol de Ramón Azeez y otro de Vadillo, contra el Barcelona (2-0), y un empate. Tras caer ante el Madrid (4-2) en un encuentro en el que los hombres de Diego Martínez hicieron contener la respiración al Bernabéu; el cuadro de Los Cármenes, alzándose contra la estadística de Transfermarkt que indica que es, de lejos, el conjunto de Primera División con la plantilla menos valiosa, con apenas 33,5 millones de euros, se reencontró con el triunfo batiendo, de forma consecutiva, a Osasuna y al Betis; con una victoria que le permitió situarse como líder de la máxima categoría 46 años después de aquel 29 de septiembre del 73 en el que, en la quinta fecha de la temporada en la que estrenó la camiseta a rayas horizontales, en la que acabó en un sexto puesto que sigue siendo su mejor resultado en Primera División, el duro Granada de los tres suramericanos (el argentino Ramón Aguirre Suárez, el uruguayo Julio Montero Castillo y el paraguayo Pedro Fernández) se colocó por primera vez en su historia en la primera posición al empatar con el Murcia. “Granada y Celta, en cabeza. La liga de los modestos”, rezaba la portada del As.

Siempre con los pies en el suelo, sabedor de que, a pesar de los excelentes resultados que ha cosechado en este arranque liguero, el mejor de la historia de la entidad, su lucha sigue siendo la de la permanencia, de que tiene que aprovechar el viento favorable actual porque los malos momentos acabarán llegando, el Granada, tan consciente como orgulloso de su condición de pez pequeño, de equipo modesto, afronta hoy el presente con la certeza de que no puede desviar la mirada de su objetivo inicial; disputando cada duelo, cada balón, cada encuentro, como si fuera una final, sin pensar más allá. “Vivimos el presente. Sabemos que tenemos que ir al límite de nuestras posibilidades en cada entreno, en cada jugada, para poder optar a ganar partidos”, enfatizaba Diego Martínez hace unos días. “El camino es largo. No podemos olvidar lo que somos. Nos encantaría tener veinte ocasiones por partido y ganar 5-0, pero somos el Granada. La humildad, el trabajo y la perseverancia son importantes, pero habrá días en los que no nos darán para ganar. Hay que levantarse. Esto es la Primera División. No podemos, ni debemos, perder la perspectiva”, añadía, convencido, el fin de semana pasado tras encadenar, por primera vez en toda la temporada, dos derrotas seguidas al perder por un ajustado 1-2 frente a la Real Sociedad en el estadio de Los Cármenes; que vive rendido, entregado, a los futbolistas del que es el técnico más joven de la Primera División, pellizcándose al verse tan arriba en una clasificación que casi siempre miraba desde abajo, desde el purgatorio por el que se había acostumbrado a caminar, jugando con fuego, salvándose tantas veces de forma milagrosa en los últimos suspiros, cuando la muerte ya desenvainaba su guadaña.

 

“El camino es largo. Y no podemos olvidar lo que somos. Somos el Granada”

 

“Los niños preguntan a sus padres y a sus abuelos si este Granada es mejor que el de los 70. Jamás se ha vivido nada igual. La conexión que se ha logrado es única. Se identifican con un equipo que puede ganar o perder, pero que se deja la vida en el campo y representa los colores como nunca se hizo antes. Todos tenemos esta misma sensación en la ciudad”, admitía el periodista Rafael Lamelas en un reciente reportaje de ABC; evidenciando, señalando, la admiración que la afición del Granada, feliz, orgullosa, siente por los modestos jornaleros del fútbol que visten, que defienden, sus colores. Por unos tipos normales, humanos, habituados a caer, a masticar piedra, a no regatear ni un solo esfuerzo, que no olvidan que vienen del barro, de abajo, ni lo que les ha costado llegar hasta aquí, como repite su técnico; que conforman un grupo sin estrellas, sin héroes. Un equipo, en el sentido más puro, más genuino, más literal, de la palabra. Un equipo, hambriento, trabajador, que, con la ilusión por bandera, reivindicando el poder del colectivo, se ha convencido de que puede vencer a cualquiera, que quiere seguir descontando puntos hasta abrazar la salvación. Que quiere seguir comiéndose el mundo.