En los últimos días, una noticia ha generado bastante revuelo en Brasil. Según una propuesta de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), aprobada por los clubes de las Series A, B y C, las próximas ediciones del Brasileirão tendrán un límite de cambios de entrenadores. Es decir; en la misma temporada, cada club no podrá tener más de dos técnicos, que, por su parte, no podrán dirigir a más de dos clubes. La norma no incluye a los interinos -que serían la única opción en el caso de que un club cese a dos entrenadores-, que, eso sí, deberán llevar más de seis meses en el club. Y el límite tampoco se aplicará a todas las divisiones, con lo que el mismo profesional podrá dirigir dos equipos de la Serie A y dos de la Serie B en el mismo curso.

La nueva norma puede sonar como algo revolucionario, pero hay que señalar algunos matices que ablandan su impacto. En primer lugar, cada club solo podrá cesar a un entrenador por liga -y esto es importante: la normativa abarca solo el Brasileirão, y no todo el año-. Recordemos que los tres primeros meses de la temporada en Brasil están dedicados a los campeonatos estatales. En segundo lugar, cada club solo podrá destituir a un técnico, pero si es el preparador el que presenta su dimisión, el cambio no será contabilizado. En tercer lugar, si la salida del profesional ocurre a través de un “acuerdo consensuado” con el club, esta tampoco será computada. “Es habitual en el fútbol brasileño la figura del acuerdo consensuado de salida, aunque el entrenador, en la práctica, haya sido despedido”, decía Rodrigo Mattos en UOL. Y, por último, la norma habla de ‘entrenadores’, lo que en principio parece una obviedad, pero al fin y al cabo eso no impediría que un club fiche a un técnico y le dé formalmente otro puesto. Una minucia, que, bien mirado, puede marcar la diferencia. 

Pero todo eso no quita que la decisión no deje de ser algo sorprendente en el mundo del fútbol. 

La razón de su advenimiento es muy sencilla: en Brasil los directivos se cambian más de entrenadores que de ropa. En el último Brasileirão, por ejemplo, apenas cuatro entidades no lo hicieron. Antes de la jornada once, siete clubes ya habían cesado a sus técnicos. Según un informe del Centro de Estudio Internacional del Deporte (CIES) en 2020, cada entrenador en el Brasileirão dura, de media, 168 días en el puesto. La mitad que en la Bundesliga (336), bastante menos que en la Serie A (351) y la Ligue 1 (375) y a años luz de La Liga (506) y la Premier League (537). Un español, de hecho, fue víctima de la voracidad de los directivos brasileños: el año pasado Domènec Torrent fue cesado del Flamengo tras solo 99 días y 26 partidos en el puesto, cuando iba tercero en la liga, con un punto menos que el líder y tras clasificar al conjunto para los octavos de final de la Copa Libertadores y los cuartos de la Copa do Brasil. “El equipo estaba evolucionando bien”, dijo el catalán a Globo Esporte en febrero. “Pero estamos hablando de fútbol, ahora sé un poco cómo funciona el Brasileirão. Cada tres o cuatro meses, desafortunadamente, se cambian los entrenadores. Es imposible hacer un buen trabajo así”, siguió. “Aquí el proyecto es ganar el próximo domingo. Sé que es muy complicado ganar campeonatos aquí, pero todo el mundo debería preguntarse por qué, si realmente es la mejor opción (…) Soy europeo. Aquí no entendemos estas cosas”.

El hábito de cambiar de entrenador como recurso para solucionar problemas que deberían de ser tratados con más profundidad no afecta solo en el ámbito deportivo, sino también en el económico. El hecho de fichar y cesar a diferentes profesionales, a la larga, presupone un coste bastante elevado. Este es uno de los argumentos utilizados por los defensores de una transformación estructural del fútbol brasileño, que hoy esencialmente está dominado por el sistema social, en el que los socios dictan el rumbo de los clubes, y el presidente, por diversos factores, tiende a la toma de decisiones que privilegian el pensamiento cortoplacista. En una Sociedad Anónima Deportiva, donde lo que está en juego es su propio dinero, argumentan, un inversor meditaría más las decisiones y pensaría a largo plazo. Los directivos actuales, en cambio, fichan a jugadores y entrenadores que en teoría no encajan en su presupuesto, dejando los clubes cada vez más endeudados de cara a un futuro en el que ya no estarán para rendir cuentas.

 

El hábito de cambiar de entrenador como recurso para solucionar problemas que deberían de ser tratados con más profundidad no afecta solo en el ámbito deportivo, sino también en el económico

 

La destitución de técnicos, “bastante utilizada para corregir rutas, seguirá existiendo, pero sin el volumen desenfrenado y, muchas veces, injusto para los personajes involucrados”, observaba O Lance!. “La sobredosis de cambios de entrenadores dejaba al descubierto los graves fallos de gestión”. Y este fue uno de los grandes debates acerca del tema: ¿es correcto que la CBF actúe como si los clubes fueran niños que necesitan que sus padres les impongan límites y les digan lo que pueden hacer? ¿Hasta qué punto debe el máximo órgano del fútbol nacional intervenir en el libre albedrío de los clubes? “Es triste tener que imponer mediante las letras de un reglamento lo que el simple sentido común debería resolver”, seguía el diario. “Pero nada sorprendente en un país donde sobran leyes y falta respeto”. Carlos Eduardo Mansur, en O Globo, también fue contundente: “Estaba claro que las apelaciones al sentido común no serían suficientes, no harían el trabajo por sí solas. Había poco o ningún incentivo para la planificación. Y la calidad del juego siempre ha pagado el precio”

En la última década de los considerados ’12 grandes’ -los cuatro de Río, los cuatro de São Paulo, los dos de Belo Horizonte y los dos de Porto Alegre- apenas dos tuvieron menos de diez entrenadores: el Corinthians (ocho) y el Grêmio (nueve). El Flamengo tuvo 19, el Vasco 18, Fluminense, São Paulo e Internacional 16. Un despropósito si lo comparamos con los seis que tuvieron el Real Madrid y el Barcelona y los dos del Atlético de Madrid en ese mismo periodo de tiempo. Hay técnicos como Cuca, Dorival Júnior y Vanderlei Luxemburgo, por ejemplo, que han estado en nueve de los 12 grandes, en algunos incluso más de una vez. Tite fue una de las raras excepciones; estuvo cuatro años en el Corinthians, del 2010 al 2013, e incluso volvió en 2015, ganando la liga y dejando el mando del equipo para asumir el de la Seleção. La otra gran sorpresa es Renato Gaúcho, que llegó al Grêmio a finales del 2015, donde aún sigue a día de hoy. Ambos son dos de los técnicos más exitosos del país en la década. ¿Causa o consecuencia de la estabilidad? 

Aparte de Renato, el entrenador de un grande con más tiempo en el puesto es Vágner Mancini, que lleva seis meses al frente del Corinthians. 

“¿Cómo puede ser que en cada partido estés preocupado por si ganas o no y por cómo te mirarán en función del resultado?”, se preguntaba Domènec Torrent. No es inusual que cuando un club esté en búsqueda de un entrenador se fije como objetivos a profesionales con ideas tan opuestas como las de José Mourinho y Pep Guardiola, lo que levanta cuestiones sobre si hay de verdad una planificación y un proyecto a la hora de definir un nuevo comandante. Muchas veces, tras una serie de derrotas, lo que se busca es un apaño rápido.

“¿Cómo podemos imaginar que hay recetas realmente milagrosas para salvar a un equipo que se hunde?”, reflexionaba Philippe Auclair en su columna en Eurosport. No las hay. Pero los directivos, en su incesante ansia por mantener el control absoluto, creen que el simple hecho de cambiar de entrenador mejorará el desempeño de su equipo. Puede que pase, en algunos partidos. Luego hay una regresión natural a la media. Y muchas veces se olvida un factor desdeñado por muchos: la suerte. “En el palo para fuera, en el palo para dentro, tarjeta amarilla en lugar de roja, falta en el área, falta fuera, por unos milímetros de espacio o una ráfaga de viento. Pero nuestro deseo de racionalizar el caos del fútbol es tan poderoso que casi siempre subestimamos este ‘factor suerte’ por una sencilla razón: no tenemos ningún control sobre él. No hay nada que ‘entender’ o ‘analizar’, y cuántos periodistas han tenido que replantearse sus crónicas en el quinto minuto del tiempo de descuento por un gol encajado en un error grosero que no demostraba nada, salvo que el fútbol también tiene su cuota de aleatoriedad. ¿Por qué, entonces, es tan difícil de aceptarla?”.

Siempre hay una solución más fácil, un camino más corto, una respuesta para todos los problemas. O al menos, eso creen los directivos.  Quizás pensar a largo plazo sea menos atractivo, poco sensacionalista, pero está más que comprobado que es lo más efectivo. Queda por ver si esa imperfecta reparación de la CBF cambiará una mentalidad tan arraigada en la cultura futbolística brasileña. 

 


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Fotografía de Imago.