“Pocas veces una reseña se comienza por lo que sucedió al final de un partido, aunque esta vez es de obligado cumplimiento. Minuto 91, el primero de los tres que Undiano Mallenco decretó como prolongación por el tiempo perdido durante el partido, Piti lanzó con su pierna izquierda, el balón topó con un defensa del Granada, pero cayó junto al pie de Michu, que volvió a tirar para encontrar el larguero. El rechace lo aprovechó Tamudo para anotar el gol que deja al Rayo en Primera y manda al Villarreal a Segunda. Solo Alfred Hitchcock, maestro del suspense, hubiera podido escribir un guión acorde con lo que sucedió ayer en Vallecas”, escribió F. J. Garrido en su crónica del diario As.

El Rayo Vallecano había llegado a la última y decisiva jornada inmerso en la lucha por la permanencia. Sin esperarlo, porque tras la 28ª jornada era décimo y tenía un colchón de 13 puntos sobre el descenso. Pero entonces entró en barrena: en las últimas 13 jornadas encajó diez derrotas. Se regaló dos alegrías mayúsculas, un 3-0 al Betis con tantos de Emiliano Armenteros, Diego Costa y Raúl Tamudo y un 6-0 a Osasuna con doblete de Michu y dianas de José María Movilla, Diego Costa, Armenteros y Tito, pero las diez derrotas sufridas le condenaron a un final de infarto. De hecho, en la jornada 32 aún tenía 12 puntos de ventaja sobre el 18º, pero entre las fechas 33 y 37 enlazó seis derrotas, con 20 goles en contra y solo cuatro a favor. El Rayo del curso 11-12, el del regreso a Primera tras cuatro cursos en Segunda y cuatro en Segunda B, fue un equipo de extremos: fue el equipo más goleado de la categoría (73) y fue el séptimo más goleador (53, solo por detrás de los seis primeros). Encajó siete goles del Barça, seis del Madrid, cinco del Sevilla y el Espanyol, cuatro del Barça, el Málaga, la Real Sociedad y el Valencia y tres del Athletic, el Atlético, el Levante y el Sporting de Gijón y anotó seis contra Osasuna, cinco contra el Levante, cuatro contra el Racing de Santander y la Real Sociedad y tres contra el Betis.

El decisivo 13 de mayo de 2012, ante el Granada, José Ramón Sandoval salió de inicio con David Cobeño; Tito, Alejandro Arribas, Mikel Labaka, José Manuel Casado; Javi Fuego, José María Movilla; Piti, Michu, Emiliano Armenteros; y Diego Costa. Como rememoró Quique Peinado en ¡A las armas!: “Solo nos valía ganar, pero con ganar nos bastaba. El Granada era accesible, pero nosotros estábamos muy en la mierda. Si perdíamos no volvíamos a Segunda, es que el Rayo desaparecía. Las crisis económicas de los últimos años hacían sospechar que si perdía la categoría se pedía todo. Era el gol o la vida”. En esa tarde de transistores, era el gol o la vida para el Granada, 15º con 42 puntos, el Villarreal, 16º con 41, el Rayo, 17º con 40, y el Zaragoza, 18º con 40. “El Rayo y el Granada salieron al ataque desde el inicio. La necesidad apretaba y ninguno quería tener un final de infarto. Ilusos”, apuntó F. J. Garrido en el diario As.

 

El balón rebotó en el travesaño y, tras un segundo que pareció una eternidad, cayó sobre la cabeza de Raúl Tamudo, solo ante el tesoro de la permanencia, en boca de gol. A placer desató el placer. El éxtasis

 

El Zaragoza marcó en el Coliseum Alfonso Pérez en el minuto 56, por mediación de Apoño desde los once metros, y el Rayo cayó en descenso. Por primera vez en toda la temporada. En el 88′, el Zaragoza confirmó su triunfo y certificó su permanencia con un tanto del luso Hélder Postiga, el 0-2. Un minuto antes, Radamel Falcao había marcado en El Madrigal, facilitando las cuentas: el Rayo seguiría en Primera, a costa del Villarreal, si conseguía marcar en los segundos que restaban de partido y el Granada seguiría en Primera incluso perdiendo, siempre que el Villarreal no acabara empatando contra el Atlético de Madrid. Si marcaba el Rayo y no marcaba el Villarreal se salvaban los dos equipos que se enfrentaban en Vallecas. La noticia del gol corrió por las gradas, también por el césped. “Los jugadores del Rayo informaban a los granadinos del gol de Falcao. De hecho, les estaban engañando diciéndoles que el Atleti ganaba 0-2”, reveló Peinado en su libro. Michu, tras el partido, reconoció, ante los micrófonos de la cadena Cope: “Sabiendo que el Villarreal estaba perdiendo y que el Granada se mantenía de todas formas, se lo transmitimos a sus jugadores. Nos decían que si se lo jurábamos”.

En las gradas, 14.708 hinchas según la crónica de Marca, y 14.800 según la de EFE, se desvivían por un gol. Algunos miraban el suelo, sujetando la cabeza entre las manos. “Vallecas estaba al borde de un ataque de nervios, pero solo quienes pedían a gritos un desfibrilador por si una emoción tan fuerte le pasaba factura a su corazón habían abandonado las gradas”, escribió Garrido en As. Y el gol acabó llegando. En el 91′, justo después de un córner. Cobeño subió a rematar con su ‘1’ y su brazalete. El saque de esquina se perdió sin peligro, pero el balón regresó a pies locales. Piti irrumpió en el área desde el flanco derecho. Recortó. Chutó. Pero un defensa rechazó la pelota. Cayó a los pies de Michu, siempre en el balcón del área pequeña. Chutó. Y el esférico voló por encima del ’25’ visitante, Júlio César. Rebotó en el travesaño y, tras un segundo que pareció una eternidad, cayó sobre la cabeza de Raúl Tamudo, solo ante el tesoro de la permanencia, en boca de gol. Había saltado al verde en el 75′, en el sitio de Arribas. A placer desató el placer. El éxtasis. Y el estadio enloqueció. Tras 35 minutos en el purgatorio, el Rayo volvió con vida del río Estigia. Y cuando Undiano decretó el final, entre cánticos de El Rayo es de Primera, el Rayo era de Primera. Acabó 15º (43). Por delante del Zaragoza (43), el Granada (42) y, ya en descenso, el Villarreal (41), el Sporting (37) y el Racing (27).

“Para adornar la historia, este guion de Hitchcock, un mito del fútbol español decidió la contienda. Tamudo apareció, por enésima vez, para empujar sobre la raya. Contó con la colaboración de toda el barrio”, retrató Isaac Suárez en la crónica de Marca. “Estaba en evidente fuera de juego, como reclaman varios jugadores granadinos, que en ese momento quizás creían que estaban en Segunda División. El linier, evidentemente, no levanta la bandera. No creo que ni el más exigente de los generales exigiera a un soldado disponerse a morir como lo hubiera hecho ese juez de línea, si se le llega a ocurrir pitar fuera de juego. Era tal la tensión, la pasión y el descontrol que reinaba en ese campo que no creo que hubiera salido entero de allí. Y no es una metáfora”, afirmó Peinado en su libro de la colección Hooligans Ilustrados.

 

Muchos se abrazan. Muchos lloran, casi todos. Muchos gritan, casi todos. Y en las gradas, igual. Se ve un guardia de seguridad con la camisa medio desabrochada. Era caos absoluto, anarquía pura

 

El gol convirtió el campo en una tienda de uniformes: de futbolista, de recogepelotas, de segurata. Sandoval contó en un reportaje de Movistar+: “Abracé a uno que creía que era mi hermano. Era un guardia de seguridad”. En los vídeos de YouTube se le ve llorar, medio agachado junto al banquillo. Algunos jugadores se tiran al suelo, como Piti o Casado. Algunos saltan, con los brazos convertidos en aspas de molino. Muchos se abrazan. Muchos lloran, casi todos. Muchos gritan, casi todos. Y en las gradas, igual. Se ve un guardia de seguridad con la camisa medio desabrochada. Era caos absoluto, anarquía pura. “El orden es la mayor muestra de infelicidad. Uno no puede imaginar que un soldado sea feliz teniendo que caminar a la vez que los otros, sin romper la tiranía de la cola. Nada de lo que ocurre en completo orden puede generarnos dicha. Por eso, la celebración de ese gol era la expresión máxima de la felicidad”, dijo Peinado.

En una de las fotos de la gesta, uno alza los brazos, salta. Es Arribas. Lleva un vendaje aparatoso y azul en la rodilla y ha entrado al campo saltando a la pata coja. Labaka cierra los puños. Detrás suyo, tres bocas abiertas emanan felicidad. Más atrás, detrás de la portería, se ven las piernas de alguien que calza Adidas, viste pantalón corto rojo y camiseta blanca y salta, o cae, de la grada. En primer plano, Tamudo ojea el horizonte, buscando quién sabe qué. La imagen le inmortaliza justo después de mirar hacia el linier para comprobar que corre hacia el centro del campo, validando el gol, justo antes de quitarse la camiseta. La hace girar en el aire. Hasta que le abraza un hombre encamisado. “Es una locura. Después de empujar el balón me he girado y no veía compañeros de equipo, veía gente del Rayo que había saltado al campo para celebrar el gol conmigo. Parecía que nos íbamos, pero al final, después de 90 minutos de nervios, el fútbol ha sido justo”, aseguró después del partido. “El gol lo marqué yo, pero lo marcaron todas las personas que estaban ahí”, añadió años después, en Movistar+. Fue su noveno gol de la temporada, solo superado, en clave vallecana, por Diego Costa (10) y Michu (15).

En la citada imagen, entre tantas sonrisas, también aparece Movilla, ya vestido de azul oscuro suplente. Ya estaba al lado de la portería antes de sacarse el saque de esquina previo al gol. Contó Peinado: “En un video de YouTube se ve perfectamente como echa a correr como un poseso hacia detrás de la portería, debajo de los Bukaneros, se coloca cerca de la acción y habla con los que estaban dentro del campo. ‘¿Para qué?’, le pregunto. ‘Para ayudar en lo que hubiera hecho falta’, responde. Un jugador que está fuera del campo no puede ayudar gran cosa a rematar un córner, así que repito: ‘¿Pero en qué podrías haber ayudado?’. ‘En lo que hubiera hecho falta’, me insiste, dejando implícito que no insistiera más y que ese gol tenía que entrar por lo civil o por lo vallecano”. Entró. Y Vallecas gritó uno de sus mayores triunfos.

 


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Fotografía de Cordon Press.