Dijo Danielle de Rossi, en una entrevista para el #Panenka29, que si Roma fuera como Nápoles o París, grandes urbes en las que solo un escudo ocupa el corazón de sus ciudadanos, el equipo de la Ciudad Eterna, con la locura que despierta el fútbol ahí, tendría la afición más grande del mundo. Y, si así fuera, si solo un club reinase en la capital italiana, “es evidente que un único equipo se llamaría Roma y no Lazio”. Obviando el ‘palo’ para los ‘laziali’, el actual capitán de la Roma estuvo muy próximo a describir los primeros pasos que dio su club en esto del calcio; un camino que estuvo a punto de diseñar Benito Mussolini pero que evitó a tiempo uno de sus generales.

Como ha seguido sucediendo con el pasar de los años, la irrupción del fútbol en Italia estuvo marcada por el dominio de los clubes del norte del país. En las primeras ediciones del campeonato nacional italiano -predecesor de la Serie A, fundada en 1929-, los equipos del centro y el sur de la nación transalpina poco pintaban en aquella historia. Si no era el Genoa, gran dominador del incipiente calcio, te ganaba el olvidado Pro Vercelli o, en menos ocasiones, alguno de los tres tenores de Italia -Milan, Inter y Juventus- era el que recogía el título de campeón. Partido tras partido, temporada tras temporada, el dominio del pallone residía en la falda de los Alpes, no había ni rastro de Roma.

Muchos equipos de la capital competían en la Prima Categoria y Seconda Categoria italianas, pero ninguno de aquellos clubes era capaz de siquiera toserle en el cogote a las mejores escuadras del país. Ni la Unione Sportiva Romana, ni el Juventus Audax ni el Fortitude ni la Lazio ni cualquiera. Eran inferiores y eso no era del agrado del régimen fascista, que quería que Roma fuera, como en tiempos del Imperio, el centro neurálgico y la referencia del país en todos los ámbitos posibles. Y, con ello, en 1927, Benito Mussolini, del que se dice que solo vio un partido de fútbol en su vida, quiso que la capital también tuviera algo que decir en aquello de darle patadas al balón.

 

“La Lazio no proviene de, la Lazio es. Primero nació la Lazio, los tifosi llegaron más tarde. Para los otros, primero hubo aficionados y luego les dieron un equipo al que animar”

 

Quizá porque la nación italiana, como dijo Winston Churchill, “perdía los partidos de fútbol como si fueran guerras y las guerras como si fueran partidos de fútbol” o por la necesidad que tenían las dictaduras fascistas de acercarse a la gente a través del balón para tener al pueblo de su lado (años después, Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda nazi, diría aquello de que “ganar un partido era más importante para la gente que invadir una ciudad del este de Europa”), ‘Il Duce’ creyó adecuado que Roma contara con un equipo victorioso y reunificó a los mejores planteles de la capital para formar un único club. Roman Football Club, Fortitudo Pro Roma y Alba-Audace aunaron sus fuerzas, borraron su pasado y bajo el amamanto de la loba que protegió a Rómulo y Remo y ataviados con los colores rojo y amarillo de las legiones romanas -unidad militar de infantería de la Antigua Roma-, fundaron la Associazione Sportiva Roma un 7 de junio de 1927.

Junto a esos tres clubes que la Roma borró de la memoria también pudo haber un cuarto ‘afectado’, la Lazio. Ante la demanda de Benito Mussolini, fue Giorgio Vaccaro, otrora miembro del Partido Nacional Fascista y general del régimen, además de presidir la Federación Italiana de Fútbol (FIGC) entre 1933 y 1942, quien se negó a incluir a la Lazio en el mismo saco por su amor al conjunto ‘laziale’, donde también obtuvo el cargo de vicepresidente y más tarde, en los 60, acabó por ser el máximo mandatario del club durante una temporada. “La Lazio es otra cosa. La Lazio no proviene de, la Lazio es. Primero nació la Lazio, los tifosi llegaron más tarde. Para los otros, primero hubo aficionados y luego les dieron un equipo al que animar”, sentenció contundentemente tras oponerse a la integración de Lazio en una ‘nueva’ Roma.

Y así, cuando los años 20 quemaban sus últimos cartuchos, la decisión de la Lazio fue el inicio de un odio entre dos hinchadas marcadamente opuestas que van más allá de lo que sucede en el césped del Estadio Olímpico de Roma. Porque el clásico de la Ciudad Eterna es más que Di Canio o Totti, Chinaglia o Di Bartolomei; también es una confrontación de clases entre la burguesía ‘laziale‘ y la clase obrera ‘giallorossa‘; también tiene su composición política, del ultraderechismo fascista de los Irreducibili de la Lazio a una ideología más dispersa de la Roma, que a lo largo de su historia ha albergado desde grupos comunistas hasta algún sector radical de derechas; como siempre será también una lucha simbólica entre el águila y la loba, el celeste y el rojo, el blanco y el amarillo. Un derbi eterno de Roma que Mussolini casi nos roba.