El whisky, Braveheart y la agria rivalidad del Old Firm. A la Santísima Trinidad de los tópicos escoceses le comienza a fallar una de sus verdades  irrefutables: según las encuestas, la parroquia del Rangers –más protestante, británica y monárquica que la mismísima Isabel II- planea votar mayoritariamente a favor de la independencia en el referéndum del 18 de septiembre. ¿Cómo vive el depauperado fútbol escocés este proceso? ¿En qué influye el pésimo Mundial de Inglaterra? Y sobre todo: ¿qué pintaba un aficionado escocés gritando los goles de Luis Suárez? En el Panenka 32, Gordon Cairns dio respuesta a estas preguntas. Glasgow calling.

El mundo descubrió la nueva -y discutible- equipación de la selección escocesa en una jugada que no protagonizaron ni Darren Fletcher, ni Steven Naismith, ni Scott Brown… sino un ingeniero de 41 años que vive en Inglaterra. La imagen de Mark McConville  celebrando la victoria mundialista de Uruguay ante los ingleses ondeando una bandera escocesa sobre la camiseta blanca y amarilla, y luciendo una peluca pelirroja, se tuiteó hasta la saciedad mientras la selección nacional que animaba se encontraba de vacaciones, siguiendo el Mundial de Brasil por televisión. De alguna manera, su actitud conectaba con la de Denis Law, uno de los mejores jugadores de la historia del país.  Cuando en 1966 Inglaterra disputó la final de ‘su’ Mundial, Law prefirió irse a jugar al  golf antes que ver el partido. Y al ser informado después de la victoria de los vecinos del sur -con sus dos compañeros  del Manchester United, Charlton y Stiles, entre ellos-, se limitó a farfullar: “Bastards!“. Cabrones.

Sin embargo, medio siglo después, la decisión de McConville de gastarse miles de libras  para recorrer 9000 kilómetros y animar a cualquier equipo que se enfrente a Inglaterra parece una boutade no muy compartida por el resto de la sociedad. Según un estudio, la mayoría de los tuits escoceses durante el torneo apoyaban al Old Enemy… ¡a menos de tres meses del referéndum de independencia! No creo, en cualquier caso, que estemos aprendiendo a amar a los ingleses; simplemente su selección es tan mala que resulta complicado odiarla. Pero las malas costumbres tardan en desaparecer y yo -lo admito, disfruté con la temprana eliminación de los hombres de Roy Hodgson.

UNA SELECCIÓN Y NO CUATRO

El pasado otoño acudí a Hampden Park para presenciar uno de los últimos encuentros  de la fallida fase de clasificación escocesa. El recorrido desde el centro de Glasgow estaba repleto de guiños nacionalistas: kilts, banderas del león rampante, camisetas tartan y -en las gargantas de los miles de espectadores- canciones sobre viejas batallas contra Inglaterra. Nadie gritaba a favor de recuperar la independencia. Nadie repartía folletos del ‘YES’ a una audiencia  que parecía fértil ante esa idea. Me sorprendió. La indiferencia de los hinchas futboleros hacia el proceso político que vive el país es  chocante porque se trata del sector de la vida pública escocesa que despliega un mayor patriotismo. Como muchos ciudadanos, yo tuve la primera constatación de que Escocia era diferente al resto del Reino Unido durante el torneo que disputaban en los 70 las cuatro selecciones británicas:  el llamado Home Championship. Especialmente, aquella victoria 1-2 en el viejo Wembley en una suave tarde del verano de 1977, tras la que miles de escoceses invadieron el campo, se montaron -hasta romperla- en una de las porterías y despedazaron el césped para regresar al norte con una reliquia. Durante aquella década, nuestra selección se clasificó para dos Copas del Mundo seguidas, RFA’74 y Argentina’78, siendo el único combinado británico que logró el pasaporte para esos torneos. Gracias al fútbol, los niños de mi generación tuvimos la sensación de que, a pesar de no tener idioma propio y estar gobernados desde una ciudad en otro país, Escocia importaba en la escena internacional. Uno se pregunta cómo hubiera sobrevivido el nacionalismo escocés a  la revolución industrial y la progresiva homogenización del Reino Unido si hace 125 años se hubiera apostado por una selección británica unida, en lugar de cuatro separadas y enemistadas.

Uno se pregunta cómo habría sobrevivido el nacionalismo escocés si hace 125 años se hubiera optado por una selección británica unida

Cuando fue creada, la Football Association seguramente estuvo pensada para representar a todo el Reino Unido. En aquel momento (1863) no incluyeron el término English en su denominación y poco después el mejor equipo de Escocia, el Queen’s Park, participaría regularmente en la FA Cup. Sólo la arrogancia imperial llevó a pensar que los inventores del juego no necesitaban rivales extranjeros, y que bastaba con que Inglaterra y Escocia se midieran entre sí.

El argumento de la selección propia es muy importante. Una encuesta reveló que los escoceses se mostrarían más proclives a la independencia si una victoria del ‘no’ conllevase la creación de un combinado británico unificado. Algunos incluso vieron en el mal papel protagonizado en el Mundial’78 -a pesar del gol de Gemill a los holandeses- la explicación a la negativa popular a la autonomía un año después: ¿cómo nos vamos a gobernar si ni siquiera pasamos de la fase de grupos? Aquel fue un torneo al que Escocia supuestamente acudía para salir campeón, a diferencia de Brasil’14. Nadie -ni siquiera el primer ministro escocés, Alex Salmond- se veía con posibilidades reales de clasificación. Desde luego, Salmond no decidió la fecha del referéndum en clave futbolera.

NADIE MOVILIZA MEJOR QUE MAGGIE

El contraste con la movilización política de los hinchas en otras latitudes no podría ser m ayor. En Egipto, durante la Primavera Árabe, los ultras del Al Ahly desempeñaron un rol movilizador durante la revolución, uniéndose a sus rivales del Zamalek para lanzar cócteles molotov a las fuerzas del orden. En Escocia, donde no hay estómago para acciones violentas contra la unión desde la revolución jacobita de 1745, el ‘me gusta’ de Facebook se ha convertido en el método preferido para expresarse. Lo más radical que se ha visto en los estadios es una pancarta: ‘Hibernian fans for an IndependentScotland‘. Nada parecido a los cánticos del Camp Nou en el minuto 17:14 o a la ikurriña, en aquel entonces ilegal, que sacaron en Atotxa Kortabarria e Iribar en 1976. Dudo que un futbolista escocés se arriesgara siquiera a ver una tarjeta amarilla por mostrar una camiseta con un mensaje político.

Algunos personajes sí han tomado partido: Alex Ferguson o Alex McLeish se han opuesto al autogobierno mientras que un antiguo futbolista del Hearts y del Manchester United, Michael Stewart, ha admitido que votará a favor. Sin embargo, todos ellos comparten una característica: ya están retirados. No creo que ningún entrenador o jugador todavía en activo desee molestar a quienes pagan sus sueldos -o alimentar la imaginación de las hin chadas rivales- saliéndose del habitual y aséptico ‘no comment‘.

Por otro lado, la campaña se está desarrollando con unos argumentos muy pragmáticos: mucha gente se plantea qué implicaciones directas sobre su calidad de vida tendría una hipotética independencia. Además, ninguna de las figuras que participan en el ‘Better Together‘ -mejor unidos, el sector que aboga por el mantenimiento de Escocia en el Reino Unido- despiertan tanta animadversión como, en su día, Margaret Thatcher. Aún es recordada su presencia en la final de copa de 1988 entre Celtic y Dundee United, poco después de introducir en Escocia una tasa experimental que debía ser abonada sin asomo de progresividad por todas las capas sociales. Aquella tarde, las aficiones de los dos finalistas mostraron su unanimidad contra la Dama de Hierro. Hampden Park recibió a Thatcher con un enorme mosaico de tarjetas rojas y cánticos de ‘Maggie, Maggie, vete a follar’.

En 1988, Margaret Thatcher acudió a la final de la copa escocesa. Hampden Park la recibió con gritos de ‘Maggie, Maggie, vete a follar’

Ha pasado un cuarto de siglo. El actual inquilino del 10 de Downing Street, David Cameron, ha evitado cuidadosamente proveer de argumentos al descontento, mientras el proceso descentralizador -la autonomía regional, o Devolution, aceptada por Tony Blair en 1998- ha alejado políticamente a Escocia de Inglaterra, eliminando bastantes complejos de inferioridad.

¿COLAS PARA VOTAR?

El habitual reparto de roles sociopolíticos del fútbol escocés (hinchas del Rangers, unionistas; seguidores del Celtic, republicanos) hundía sus raíces en el conflicto  norirlandés. Ahora que el debate ha cruzado el mar de Irlanda,  encontramos a un grupo de aficionados del Celtic opuestos al Partido Nacionalista Escocés (SNP), no por la cuestión independentista sino por una nueva legislación promovida por el gobierno regional. Por su parte, los seguidores del Rangers -refundado tras un proceso de quiebra- defienden la tradición y ‘escocesidad’ de su viejo nuevo club. En realidad, ambas directivas quizá preferirían una unión más intensa con Inglaterra (y así disputar la jugosa Premier League) pero en todo caso ni dentro de Celtic Park ni en Ibrox se escuchan cánticos a favor de la independencia.

escocia 2Una encuesta realizada este pasado mayo demuestra cómo las posiciones clásicas asociadas al Old Firm se están moviendo a favor del sí a la secesión. El 48 por ciento de los hinchas del Celtic piensa votar afirmativamente, una proporción sorprendentemente similar a la de la parroquia protestante (45%). El rechazo, en  ninguno de los dos casos, superaría los 41 de cada 100 sufragios. “Cuando los aficionados del Rangers se den cuenta de que la independencia supone decir adiós a la libra, al pasaporte británico, a la Union Jack y probablemente a la Reina, habrá colas para votar en contra“, vaticina el diputado conservador Murdo Fraser. “Sé que tenemos aspecto de club unionista, pero nos afectan igual las malas políticas de Westminster. Una nueva generación de aficionados se plantea esta oportunidad de cambiar de verdad las cosas“, explica un portavoz del grupo YES Rangers. Este sondeo confirma que los escoceses se acercarán al referéndum privilegiando, más allá del tradicional  enfrentamiento unionismo vs. nacionalismo, el debate sobre si una Escocia  independiente será más rica o justa que la actual.

La bandera escocesa que ondeó McConville para celebrar los goles de Luis Suárez a los  ingleses ha generado polémica, es cierto. No se hablaba tanto de la enseña con la cruz  de San Andrés desde que el primer ministro Alex Salmond sacó una del bolso de su  esposa y comenzó a agitarla detrás de la cabeza de David Cameron en el palco de Wimbledon, mientras Andy Murray se convertía en el primer británico que sonreía  sobre la hierba londinense en 76 años. Murray declararía después su disconformidad con el gesto del líder del SNP: “Me siento británico, he jugado con el equipo de la Copa Davis muchas veces“. El tenista aprovechaba así el desliz del político para completar su cambio de imagen desde que en 2006 le preguntaran sobre su favorito para ganar el Mundial de Alemania: “Quiero que gane cualquier selección, menos Inglaterra“.

Probablemente tendremos que cambiar como nación. Al margen de qué opción gane en las urnas el 18 de septiembre, la relación de Escocia con Inglaterra forzosamente  deberá evolucionar para siempre. Si optamos por la independencia, no podremos seguir resentidos con un país del que habremos decidido separarnos. Si votamos por  mantener la unión, existirá poco margen para seguir quejándonos del sentido de superioridad inglés sobre nosotros, porque teniendo la opción de marcharnos habremos decido quedarnos. En todo caso, la auténtica independencia sólo será completa y verdadera el día que perdamos nuestra obsesión con Inglaterra.