Gelsenkirchen. A todos, quiero creer, nos impactó sobremanera el primer día que, descubriendo el mundo detrás de la pelota, escuchamos ese nombre de críos; al igual que ahora impacta abrir el Livescore y descubrir la dramática, más que dramática, realidad del Schalke 04, semiinconsciente en el pozo de la clasificación de la Bundesliga, con un pie y medio en segunda división. Hundido, el conjunto minero, uno de los históricos del fútbol germano, apenas ha sumado nueve puntos de 69 posibles, con 16 derrotas en 23 jornadas y un terrible balance de apenas 16 goles a favor y hasta 61 en contra. Robert Lewandowski (28), André Silva (19) y Erling Braut Håland (17) solos han marcado más goles que el Schalke; que, salvo sorpresa mayúscula, casi utópica, perderá la categoría después de 30 campañas seguidas en la Bundesliga. El equipo ha participado en 53 de las 58 ediciones disputadas de la Bundesliga; en una estadística en la que solo le superan el Werder Bremen (57), el Bayern de Múnich (56) y el Borussia Dortmund y el Stuttgart (54).

A falta de once jornadas para la conclusión del torneo el Schalke se encuentra a nueve puntos de la promoción de permanencia: nueve puntos que, por ahora, parecen insalvables, inalcanzables. El equipo de Omar Mascarell, Shkodran Mustafi o el prometedor Suat Serdar, ya internacional con Alemania, apenas ha logrado un triunfo en la liga –en enero, ante el Hoffenheim (4-0), con hat-trick del delantero californiano Matthew Hoppe, pichichi del equipo (5), y un gol del marroquí Amine Harit–, y en los últimos dos partidos ha encajado hasta nueve goles, con un 0-4 contra el Borussia, su eterno rival, y un 5-1 contra el Stuttgart, el sábado. Sead Kolašinac anotó el gol del Schalke, que este fin de semana estrenará su quinto entrenador en lo que va de curso: un Dimitrios Grammozis que ha cogido el testimonio de David Wagner, Manuel Baum, el mítico Huub Steven y Christian Gross, cesado esta semana.

La temporada, en clave minera, ya había empezado con un revelador 8-0 ante el Bayern, pero el descenso a los infiernos del Schalke ya había comenzado mucho antes. En enero del año pasado. Tras vencer al Borussia Mönchengladbach (2-0) el equipo se situó en el quinto lugar, empatado a 33 puntos con el Borussia, cuarto, pero ya no volvió a ganar ni un solo partido en la liga en todo el 2020. En las jornadas siguientes se desplomó, encajando diez derrotas y seis empates, hasta acabar 12º. La temporada anterior, la 18-19, ya había sido 14º, en una realidad que contrasta con las buenas temporadas cuajadas por el club en este milenio hasta los últimos años.

En las 16 primeras ligas de este milenio, el Schalke, segundo en los cursos 00-01, 04-05, 06-07, 09-10 y 17-18, tan solo se bajó del tren del top 8 en el 10-11, y fue la campaña en la que el equipo de Raúl González, Jefferson Farfán, Jan Klaas Huntelaar, José Manuel Jurado, Ivan Rakitić, Manuel Neuer, Christoph Metzelder, Benedikt Höwedes, Sergio Escudero y un Julian Draxler aún menor de edad alzó la Copa de Alemania e hizo historia al alcanzar las semifinales de la Champions, tras superar al Inter de Milán (3-7 en el global de la eliminatoria, con un 2-5 histórico en el Giuseppe Meazza) y al Valencia. El Schalke hincó la rodilla ante el Manchester United de Alex Ferguson, que a la vez caería en la final frente al Barça de Guardiola. El conjunto de Gelsenkirchen acarició la gloria que ya había saboreado en la 96-97 al coronarse campeón de la UEFA el 21 de mayo de 1997, apenas siete días antes de que el Borussia Dortmund, su vecino, alzara la Champions al derrotar a la Juventus en Múnich (3-1).

Dos décadas después de sus últimas apariciones en las competiciones europeas, el Schalke del polaco Jörg Berger debutó en el torneo midiéndose al Roda holandés en la primera ronda, e imponiéndose con un 3-0 en Gelsenkirchen, con doblete de Marc Wilmots y gol de Youri Mulder, y un 2-2 en Holanda, con tantos de David Wagner y el citado Wilmots. La sorpresa llegó apenas unos días después del partido de vuelta de esa primera eliminatoria, cuando la entidad minera decidió destituir a Berger y reclutar al técnico del propio Roda, un Huub Stevens que haría historia en Gelsenkirchen hasta el punto de ser reconocido por la afición como el mejor técnico de la entidad, con el aval de dos títulos de la DFB-Pokal, un subcampeonato de liga y la Copa de la UEFA, y que este curso dirigió al equipo de forma interina en un partido.

Ya con Stevens, también expreparador del Hertha de Berlín, el Köln, el Hamburgo y el Stuttgart, el Schalke se deshizo del Trabzonspor turco en dieciseisavos (1-0 en la ida, con gol de Martin Max, y 3-3 en la vuelta, con doblete de Johan de Kock y gol de Max), y ya en octavos de final el equipo se impuso al Brujas. El cuadro belga ganó en el Jan Breydel Stadium (2-1, con Michael Büskens como autor del tanto minero), en la ida, pero el Schalke remontó la eliminatoria en el viejo Parkstadion, con dianas de Max y Mulder, ya en pleno proceso de forja de la leyenda del Eurofighter, el apodo con el que se conoció aquel equipo.

El camino del conjunto de Gelsenkirchen se cruzó entonces con el del Valencia de Jorge Valdano, que había llegado a cuartos tras superar al Beşiktaş, al Slavia de Praga y al Bayern de Múnich. Los alemanes eliminaron al cuadro ché sin demasiados problemas –2-0 en Alemania, hace hoy justo 24 años, con goles de Thomas Linke y Wilmots, y 1-1 en Mestalla, con tantos de Mulder para los visitantes y de Antonio Poyato para los locales– y enfilaron el camino hacia las semifinales, con una primera escala en Tenerife.

La afición del Heliodoro Rodríguez López, liderada por Jupp Heynckes, había perdido el miedo a soñar a lo grande después de superar al Brøndby danés en el Parken Stadium de Copenhague, con goles de Toni Pinilla y Antonio Mata; al Feyenoord de Henrik Larsson, Ronald Koeman y un joven Gio van Bronckhorst,;a la Lazio de Pavel Nedvěd, con un salvaje 5-3 en Tenerife, con doblete de ‘Juanele’ Castaño y dianas de Alessandro Nesta, en propia puerta, Meho Kodro y Slaviša Jokanović; y al Maccabi Tel Aviv, y recibió al Schalke con la ambición de hacer historia.

Y la hizo, porque en el partido de ida se impuso gracias a un tempranero gol de Felipe Miñambres desde el punto de penalti, y supo mantener la ventaja a pesar de las expulsiones de Ángel Vivar Dorado y del arquero argentino Marcelo Ojeda, pero en la vuelta acabó cediendo ante el poderío del Eurofighter, que remontó la eliminatoria por mediación de Linde y Wilmots, ya en la prórroga; mientras el Inter se deshacía del Mónaco por un ajustado 3-2 en el global de la eliminatoria.

En la última final de la historia de la Copa de la UEFA jugada a doble partido, el Schalke tomó ventaja con el 1-0 logrado en Gelsenkirchen en el partido de ida, obra del omnipresente Wilmots, pero, ya en la vuelta, el Inter postergó el veredicto final con un gol de Iván Zamorano en el 84′. En la prórroga, el nerazzurri Mauricio Ganz, pichichi de aquella edición del torneo con ocho dianas, una más que Victor Ikpeba (Mónaco) y dos más que Wilmots, Peter Møller (Brøndby) y Andreas Sotiriou (APOEL), rozó la gloria con un tiro que se estrelló en el travesaño, pero el electrónico ya no volvió a moverse, y el madrileño José María García-Aranda señaló el camino hacia los once metros.

Mientras Huub Stevens observaba la escena desde la banda del Giuseppe Meazza con una camiseta promocional de la final, Anderbrügge allanó el camino hacia el entorchado al transformar la primera pena máxima. Zamorano falló, y Olaf Thon, Yourki Djorkaeff y Martin Max marcaron. El clímax de la noche llegó justo después del fallo de Aaron Winter, el tercer chutador italiano, y Wilmots, quién sino, convirtió su penalti al engañar a Gianluca Pagliuca y desató el éxtasis entre una afición que conquistó el cielo.

“Antes de jugar ya habíamos ganado. Llegar a una final ya era un éxito para un club como el nuestro, en el que hay una formidable solidaridad entre jugadores y afición”, asentía, justo después del encuentro, Olaf Thon, uno de los centrales de aquel equipo, que competía dispuesto en un 5-3-2, con Lehmann en la portería, Yves Eigenrauch, De Kock, Thon, Linke y Büskens en la zaga, Andreas Müller como pivote, flanqueado por Jiří Němec y Radoslav Látal, integrantes de la selección checa que apenas un año antes perdió ante Alemania en la final de la Eurocopa, y, arriba, Max y el omnipresente Wilmots. Ese fue el once que Stevens alineó en el Giuseppe Meazza, en el duelo decisivo, aunque Youri Mulder e Ingo Anderbrügge también fueron dos piezas capitales en la consecución de aquella Copa de la UEFA. De aquel trofeo que hoy parece tan y tan lejano desde el pozo sin fondo al que ha caído el cuadro minero de Gelsenkirchen.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografías de Imago.