Finales de 1980. El Levante de Pachín cierra el año natural a un solo punto de distancia del Rayo Vallecano, líder en solitario de la Segunda División española. En una liga apretada como siempre ha presumido ser la categoría de plata de nuestro fútbol, cualquier factor diferencial, por nimio que pueda aparentar, es capaz de alterar la dinámica de un vestuario o de una institución tanto para bien como para mal. El presidente granota Paco Aznar, consciente de que un as bajo la manga podía decantar la partida en beneficio de los del Ciutat de València, se dispuso a firmar el fichaje más inesperado de la historia del Levante.

También en las últimas fechas de 1980, Johan Cruyff dio por finalizada su aventura en la North American Soccer League. Después de vestir las camisetas de Los Ángeles Aztecs y los Washington Diplomats, tras dos años haciendo las Américas, al mítico ’14’ le entró la morriña y confesó que deseaba volver a competir en algún club europeo. Entonces, Cruyff esperó a que los clubes del viejo continente iniciaran una pugna para que el holandés impartiera sus últimas lecciones magistrales sobre el césped ante su público. Los rumores llegaron a relacionar a Johan Cruyff con diversos clubes tanto de Inglaterra como de España. Mientras en tierras británicas aparecían Arsenal o Chelsea entre los mejores postores, en la península eran Espanyol, Betis y Sevilla los principales interesados en hacerse con sus servicios. Aparte, también sonaban otras opciones a priori menos factibles; se hablaba de un interés del Dumbarton escocés y de la posibilidad de que recalara en el Levante, pero ambas alternativas sonaban excesivamente utópicas como para que se tuvieran en cuenta.

Era una obviedad que Johan Cruyff ya no era aquel genio espigado capaz de desarbolar muros defensivos con sus sorpresivos cambios de ritmo ni con esos míticos y eléctricos giros made in Cruyff que dejaban al rival en la lona. Poco quedaba del ’14’ que llevó en volandas al Ajax hacia sus tres primeras Copas de Europa; escasos vestigios de aquel verano del ’74 en Alemania; y tampoco se asemejaba al héroe que llegó al Camp Nou para revolucionar la Liga y marcar los primeros pasos del Barcelona del futuro. Pero por mucho que se acercara a las 34 primaveras seguía siendo Johan Cruyff. Continuaba llenando estadios, seduciendo a las masas y encandilando al graderío. Así, contratarlo significaba mucho más que fichar a un futbolista, era una inversión estratégica en la que, si todo funcionaba, el club afortunado que se llevara al holandés podía embolsarse muchos billetes a la cartera por contar con él en sus filas.

 

En su debut hubo escasos destellos de genio del holandés, una premonición de lo que vendría en los próximos meses. Poca aportación y muchas exigencias

 

Con esa idea en mente, pensando en todos los beneficios posibles que vendrían con su llegada, el presidente Paco Aznar comenzó a mover hilos para que aquello que solo pintaba como una fantasía empezara a coger tintes de realidad. Las negociaciones tuvieron su punto de partida en una reunión en Ámsterdam entre el máximo mandatario del Levante y Cor Coster, suegro y representante de Johan Cruyff. En la capital neerlandesa los números que se barajaron eran prohibitivos para un club de Segunda División. Se hablaban de cifras cercanas a los 40 millones de las antiguas pesetas, una barbaridad en aquella época, y más aún teniendo en cuenta que solo permanecería cuatro meses en la capital del Turia. Pero Aznar no veía contras en aquella operación. Imaginaba que multiplicaría el número de socios, que cada partido con el Flaco sobre el césped supondría colgar el cartel de ‘entradas agotadas’, que el ascenso a Primera División se convertiría en un camino de rosas y que las arcas del club se hincharían por la mera presencia del ’14’.

El acuerdo se anunció en enero y el planeta futbolístico enloqueció. Nadie acababa de creérselo; en el Levante, tampoco. Pero ahí no había faroles, todo estaba preparado para su debut. Un 1 de febrero de 1981, ante el Sabadell, frente a su gente. Era el escenario perfecto, aunque no se dio. La federación española denegó el fichaje de Johan Cruyff por el Levante hasta que el conjunto azulgrana no resolviera los impagos al resto de la plantilla, que ascendían a un montante total de 11 millones de pesetas. Se venía el primer problema para Paco Aznar. Pasaban los días, las semanas, y tenía que encontrar la fórmula para pagar lo debido mientras Cruyff, de vuelta en Holanda, coqueteaba con el Leicester, que le ofrecía 4.000 libras semanales. Finalmente, el presidente encontró los medios para financiar los sueldos atrasados de su plantilla y el desorbitado salario de su nuevo fichaje. Casi un mes después del fallido debut, la noche del 27 de febrero el culebrón acabó. Cruyff aterrizaba en el aeropuerto de El Prat para poner rumbo a Valencia y ya era oficialmente futbolista del Levante.

Se estrenó como granota al día siguiente en un partido contra el Palencia. 1-0 a favor del Levante -resultado que permitía seguir a un punto de la cabeza de la tabla, comandada por Rayo Vallecano y Castellón-, el estadio presentaba una muy buena entrada, aunque sin un lleno absoluto, pero Cruyff pasó de puntillas por el encuentro. Hubo escasos destellos de genio del holandés, una premonición de lo que vendría en los próximos meses. Poca aportación y muchas exigencias.

 

“Fue un regalo para la afición del Levante. Siempre será un orgullo que vistiera nuestra camiseta”

 

La siguiente jornada tocaba visitar el viejo Los Cármenes. Lleno hasta la bandera. Los granadinos expectantes por ver al Flaco en acción, pero Cruyff volvió a pasar desapercibido y el Levante cayó por la mínima. A la tercera, contra el Barakaldo, más de lo mismo. Ninguna noticia del Flaco sobre el césped. La situación comenzaba a agravarse y la visita al Alavés acabó por explotarlo todo. Cruyff decidió no viajar con el equipo, lo hizo acompañado dl presidente y al llegar a Vitoria reclamó parte de los ingresos de la taquilla al Alavés por ser el principal culpable de la gran entrada en Mendizorroza. La directiva albinegra se negó a ceder en el reclamo de Cruyff y él, indomable por naturaleza, regresó a Valencia sin calzarse las botas. Si la crispación ya era alarmante por sí misma, se le sumó una nueva derrota y la consiguiente destitución de Pachín al frente del equipo.

Aterrizó Rifé, excompañero de Cruyff en el Barcelona, en el banquillo del Ciutat de València. El Levante había caído hasta la sexta posición en la tabla, a tres puntos del Rayo Vallecano, por lo que el objetivo del ascenso, aun habiéndose complicado, todavía parecía posible. El problema vino con los siguientes cuatro encuentros, que dilapidaron cualquier ilusión. Dos derrotas ante Málaga y Cádiz y dos empates contra Oviedo -con los dos únicos goles de Cruyff como futbolista granota- y Rayo Vallecano, situaron al Levante en novena posición a falta de cinco jornadas para concluir el campeonato. El sueño de Paco Aznar se esfumaba en apenas un mes. El Levante acabaría el curso noveno y Cruyff abandonaría el equipo con la pobre estadística de diez partidos disputados, cuatro victorias, dos empates, cuatro derrotas y el triste bagaje de dos goles.

Al año siguiente Cruyff inició su segunda etapa en el Ajax y el Levante, ahogado por los impagos, sería castigado bajando dos categorías, hasta la Tercera División española. Pese al caótico paso de Johan Cruyff por la capital del Turia, el actual presidente Quico Catalán reconocería en el memorial de su muerte que el Flaco fue un “regalo para la afición del Levante. Siempre será un orgullo que vistiera nuestra camiseta”.