Este texto está extraído del #Panenka110, un número que todavía puedes conseguir aquí.


 

Puede que en esta vida haya asuntos mucho más difíciles que el consenso. De hecho, los hay. Ser multimillonario, por ejemplo. ¿A cuántos conocéis? O encontrar a tu media naranja, si es que existe. También dar con el trabajo de tus sueños, aquel del que dicen que al momento deja de considerarse trabajo para convertirse en hobby. Hay miles, infinitos, innumerables. Pero lo del consenso entre dos o más partes sigue siendo algo chungo. Sea una discusión banal o se esté debatiendo sobre un conflicto entre dos países. Nunca una mente ha maridado en su totalidad con otra. Siempre hay un resquicio que marca la diferencia, sea cual sea. Pepsi o Coca-cola. Fe o ateísmo. Nocilla o Nutella. Diego o Leo. Derechas o izquierdas. Con o sin corteza. Estados Unidos o la URSS. Es casi imposible encontrar un sitio en el que no haya dos pensamientos que desvíen sus caminos el uno del otro. Y si existe un único lugar respecto al que toda la humanidad, en cualquier tiempo, en toda su historia, haya podido alcanzar el consenso, ese rincón probablemente se llame Venecia, esté lleno de puentes, canales y góndolas, y nunca haya escuchado a nadie llevarse la contraria cuando a él se refieren.

Un día, tras visitar la ciudad italiana, Enrique III dejó caer que “si no fuera rey de Francia, elegiría ser ciudadano de Venecia”. ¿Por qué lo diría? Quizá fuera por sus calles, estrechas, antiguas, laberínticas, indescifrables. Puede que tuvieran que ver sus puentes, conectores de historias, románticos, inusuales. Se entendería que le cautivaran sus góndolas. O sus tiendas. O sus miradores. O el Palacio Ducal. O el barrio de Dorsoduro. O que al llegar a la plaza San Marcos se quedase embobado ante la que el mundo entero, ayer y hoy, considera la plaza más bella que el ser humano ha levantado con sus manos. Quién sabe por qué fue. Es posible que por todo ello el consenso sobre Venecia sea general, unánime, incuestionable.

Y el consenso veneciano no escapa del fútbol, el lugar con mayor disparidad de opiniones. Desde la táctica hasta el individuo. Desde la historia hasta el presente. Nada de lo que rodea al balón es, ha sido, será, seguro, capaz de huir de la discusión. Aunque recientemente un trozo de tela puso toda esta teoría en jaque, arrasando en las tiendas e inundando las redes de elogios. Una camiseta que mantiene el negro y el verde desde 1935. Y que en 1987 introdujo el naranja en su piel en memoria de un club, el Mestre, al que absorbió para hacerse todavía más grande y soñar con cotas más altas. Esta maglia solo podía ser la del Venecia; preciosa, elegante, rompedora. La que, después de mucho, mucho tiempo, vuelve a vestirse en la máxima categoría del fútbol italiano.

 


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Fotografía de Imago.