De presencia señorial y porte velazquiano, por desgracia, el recuerdo que tiene el público español de Belodedici siempre estará asociado a su extraña trayectoria en Valencia, Valladolid y Villarreal, clubes en lo que jamás pudo, ni le dejaron, mostrar las razones por las cuales llegó a ser considerado el mejor líbero de su generación. Que lo fuera o no, y en la época de Baresi, ya es otro cantar, pero lo cierto es que su paso por Steaua de Bucarest y Estrella Roja también coincidió con la de las dos últimas grandes explosiones de equipos pertenecientes a Europa del este. ¿Casualidad?

Antes de llegar a los capítulos centrales de su carrera, es obligatorio retroceder hacia sus orígenes en la frontera entre Rumanía y Serbia. ¿Destino programado de antemano? “De pequeño y joven, al vivir tan cerca de la frontera con Serbia, recuerdo que veíamos mucho la televisión yugoslava; sus películas, sus programas y, por supuesto, los partidos internacionales del Estrella Roja”, recordaba Belo para Las Provincias. “Mis padres tenían una identificación que les permitía cruzar para ver a la familia, y yo iba con ellos. Por eso me interesó tanto lo yugoslavo”. La senda que llevó al fino estilista rumano al club del Ministerio de Defensa rumano partió de su entrada con catorce años en el Minerul. Nada más presentarse, un profesor le preguntó cuál era su experiencia hasta aquel entonces. “La calle”, respondió el espigado jugador de ojos hundidos.

Tras tres años quemando etapas con premura desde su posición de líbero, Belo se hizo con un puesto en el Luceafărul de Bucarest, un equipo de segunda división cuya misión era pulir a los jugadores jóvenes llamados a ser relevantes para el país. De ahí al Steaua, solo un paso. Así, en 1982, y con apenas 18 años, Belo coincidió con el dominio impuesto por el Dinamo de Bucarest del gran goleador Dudu Georgescu.

No fue hasta la temporada 84-85 cuando el Steaua inició su dictadura, a lo largo de cinco años en los que se hicieron con cinco ligas y cuatro copas del país. Desde la retaguardia, Belodedici era el mariscal de campo de un equipo donde la solera era cosa de “Gabi” Balint y Marius Lăcătuş, dos de los máximos responsables del mayor logro en la historia del Steaua y de la noche europea más amarga en la historia del Barça: la final de la Copa de Europa de 1986. Tal como lo recuerda Belo: “Eran los favoritos, y a nosotros no nos conocía nadie. Nunca pudimos explicarnos cómo pudo perder aquella final el Barça. Pensábamos que iban a jugar mucho mejor. A medida que se desarrolló el partido desaparecieron; daba la sensación de que estaban cansados. Nos sorprendió. Es cierto que algunos de aquellos jugadores ya eran mayores: Alexanco, Archibald, Schuster, Víctor… Nuestro objetivo primero era reforzar el centro del campo y la defensa. Si luego Lăcătuş y Balint podían hacer algo delante, mejor. Pero acabamos en los penaltis”.

El día que Sevilla se tiñó de lágrimas azulgranas, Belodedici se dio a conocer al mundo por su abrumadora condición técnica. De piernas largas como remos, su toque de balón derrochaba elegancia. Siempre tapando el hueco libre para cerrar las incursiones rivales, el Beckenbauer rumano se hizo famoso por sus cortes de espuela, síntoma inequívoco de aquella mentalidad ochentera por traducir excentricidad en herramienta técnica. En este sentido, el muestrario de Belo estaba plagado de pases de tacón, aunque también de las cualidades del central de toda la vida, como su portentosa capacidad para controlar el juego aéreo.  Virtudes como estas lo llevaron al Estrella Roja, aunque por razones bien diferentes. En 1989, la Rumanía de Ceauşescu se encontraba en una situación muy delicada, por lo que decidió pedir asilo en Yugoslavia. Pero para tal fin necesitaba un visado de turista, algo difícil de conseguir en aquel momento. El plan de Belo para engañar a las autoridades rumanas tuvo como excusa la boda de un familiar en Yugoslavia. Cuando se presentó en la frontera, dijo quién era y que quería jugar en el Estrella Roja de Belgrado. Belo fue considerado un traidor en su nación, y tuvo que pagar la expulsión de la selección durante años.

 

El día que Sevilla se tiñó de lágrimas azulgranas, Belodedici se dio a conocer al mundo por su abrumadora condición técnica

 

Su llegada al equipo rey de la capital serbia coincidió con una hornada irrepetible de talentos, en pleno trasvase de la era Stojkovic -centrocampista pelotero de infausto recuerdo para la España del Mundial 90-, hacia la de los Prosinecki, Savicevic, Pancev y el propio Belodedici. Ante tal grado de talento sobre el césped, ríos de tinta se han vertido explicando por qué esta generación dio lugar al equipo más memorable que haya dado jamás Europa del Este. Si bien el Steaua de Bucarest también contaba con una vitola a tener en cuenta, lo cierto es que su relumbrón no es comparable al de un equipo que, en aquellos mismos años, dominaba en el fútbol con la misma facilidad que la Jugoplastika en la Europa baloncestística. Fue una era en la que los Balcanes dominaban en los deportes de equipo con superioridad aplastante. Y más que rumano, Belodedici respondía al arquetipo de jugador yugoslavo: algo indolente, borracho de talento y únicamente gustoso de aflorar su superioridad cuando lo requería la ocasión o, directamente, le apetecía.

Con el Estrella Roja, Belo ganó la Copa de Europa de la 90-91, pero solo una temporada después aquel equipo de leyenda fue desmembrado por la alta nobleza del balompié europeo occidental. La situación en Yugoslavia se volvió terrible. La guerra de los Balcanes era una realidad desalentadora: “Los problemas entre las aficiones iban a más. Se notaba una mayor presencia de la policía y los militares. Los dos últimos años antes de la guerra fueron, cómo decirlo, muy revolucionarios”, explica Belo en Levante. “En estadios como el del Hadjuk se veía que la rivalidad no era solo futbolística, también era política. En el último partido en Split antes de la guerra, todo se desbordó. Estábamos calentando y los ultras derrumbaron las vallas. Invadieron el campo y fueron a por nosotros. Corrimos al vestuario y nos encerramos dentro. Era el año 92, la guerra empezaría pocas semanas después. Y todo se detuvo”. Ese fue el momento en el que Belo tuvo que volver a guiarse por su instinto migratorio, aterrizando en el Valencia F.C., donde tuvo que sufrir una de las obsesiones del metódico Guus Hiddink: colocarlo en una posición que minaba su habilidad como retrovisor de los centrales. La tendencia habitual al verlo jugar era el miedo a que, un vez más, el ataque rival lo pillara por la espalda. Peor aún, su paso por la capital del Turia siempre estará asociado a los dos ridículos europeos más espantosos del club: el 7-0 que le infligió el Karlsruhe y el 5-0 del Nápoles. Un bochorno que no hace justicia a un jugador de mentalidad frágil pero que hizo de su talento puro una nueva forma de entender la labor del defensa escoba.