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Arrivederci, Quagliarella

Fabio Quagliarella dice adiós al fútbol con 40 años. Con casi 700 partidos disputados y más de 200 goles anotados, la carrera del ariete italiano es una cosecha de éxito y elegancia

quagliarella

En los terrenos de juego italianos, el fútbol es más que una competición: es un romance que se despliega con la elegancia de una sinfonía. En ese teatro de sueños y sudor, donde los delanteros son poetas, un nombre resuena con la melancolía de un buen vino de vieja cosecha: Fabio Quagliarella.

Este delantero, inmune al efímero destello de la juventud futbolística, ha sido un caballero en un mundo de atletas efervescentes. No solo un jugador; un cuadro en el lienzo táctico, una obra maestra que se revelaba lentamente con cada temporada que pasaba.

Con una estatura de 1,80 m, en la categoría intermedia entre los delanteros, ni imponentemente alto ni excesivamente pequeño, Quagliarella se erguía como un coloso que desafiaba las leyes de la física futbolística. Su grandeza no residió en la medida de su figura, sino en la magnitud de su destreza. Quagliarella, como un hábil enólogo mezclando variedades, perfeccionó la capacidad de remate hasta convertirla en un arte. Su juego ha sido una armonía de precisión, donde el balón acariciaba la red con la distinción de un Barbaresco.

Su estilo se asemeja al de otros ilustres delanteros italianos que optaron por enraizarse en la liga local. La estampa de Quagliarella en el campo fue una reminiscencia de los días de gloria de Di Natale, la astucia letal de Inzaghi o la magia en los pies de Paolo Rossi. La personificación de la versatilidad en la posición de delantero, una danza entre líneas que demostró que el éxito no siempre se midió en pulgadas. Con un remate afilado como el corte de un Barolo y una movilidad excepcional que rivalizó con los vinos más sofisticados, Quagliarella desplegó su maestría en el arte de desafiar las convenciones.

 

Su grandeza no residió en la medida de su figura, sino en la magnitud de su destreza. Quagliarella, como un hábil enólogo mezclando variedades, perfeccionó la capacidad de remate hasta convertirla en un arte

 

El ariete italiano no se limitó a ser un caldo ganador; sino un néctar que maduró con gracia. Como un Brunello, sus mejores notas llegaron después de los 30, cuando la mayoría de los futbolistas comienzan a despedirse de su esplendor. Su carrera representa un viñedo que, en vez de menguar, floreció con la edad. Sus goles fermentaron como uvas que se volvían más dulces con cada cosecha.

El galardón de “Capocannoniere” de la temporada 2018-19 fue su cosecha más preciada. En esa misma temporada, no solo se coronó como el máximo goleador por delante de un tal Cristiano Ronaldo, sino que también protagonizó un giro magistral del destino, igualando el récord de once partidos consecutivos perforando la portería rival en la liga italiana, que anteriormente ostentaba el legendario Batistuta. Este logro resuena como una melodía atemporal que trasciende los límites del tiempo y el espacio en el vasto escenario del fútbol italiano. El vínculo entre Quagliarella y Batistuta comenzaba en el año 2001 cuando Quagliarella, entonces un joven emergente, llegaba a una Fiorentina descendida a la Serie C a causa de una deuda de más de 50 millones de euros como sustituto precisamente del ariete argentino. 17 años después, la historia tomó un nuevo matiz cuando Quagliarella, ahora con la Sampdoria, igualaba el récord de ‘Batigol’.

En la Serie A, su nombre resuena en la partitura histórica como el decimocuarto máximo goleador, una secuencia de conquistas que lo elevó al cuarto puesto en la rica historia de la Sampdoria.

Más que meras estadísticas, destacan los 556 partidos ligueros (posicionándolo como el noveno jugador con más apariciones en la Serie A), una composición de persistencia y dedicación que resonó en cada rincón del fútbol italiano. Este incansable delantero ha dejado una marca imborrable, donde el arte del gol, personificado por Quagliarella, es atemporal.

Sin embargo, entre los viñedos de su carrera, una tormenta amenazante se cernía sobre Quagliarella. Desde que dejó atrás su etapa en Nápoles, su vida se convirtió en un torbellino infernal. Comenzaron a llegarle cartas anónimas con amenazas graves hacia él y su familia. Estas cartas le acusaban de pedofilia y pertenencia a la mafia napolitana y al tráfico de drogas.

Como la peor pesadilla de un agricultor de vino, donde la tormenta no solo amenaza con desbordar los ríos, sino también con destrozar los frágiles racimos en los viñedos, la vida de Quagliarella estaba en peligro de ser arrasada por falsas acusaciones. La integridad de su carrera, como un campo de vides valiosas, pendía de un hilo.

Canterano del Torino, tuvo que irse al club rival, la Juve, para poder estar a salvo. La situación se agravó hasta el punto de que las cartas que aseveraban que Quagliarella era un pedófilo y que consumía cocaína con miembros de la Camorra pronto empezaron a llegar al propio Napoli, así que Aurelio De Laurentiis, consciente de la delicada situación que atravesaba el que era uno de los grandes ídolos de los tifosi napolitanos, decidió aceptar una oferta de la Juve.

 

Como un Brunello, sus mejores notas llegaron después de los 30, cuando la mayoría de los futbolistas comienzan a despedirse de su esplendor. Su carrera representa un viñedo que, en vez de menguar, floreció con la edad

 

Cualquier otro jugador podría haberse marchitado bajo el peso de tales acusaciones, pero Quagliarella emergió más fuerte. Como el vino que, bajo la presión y el estrés, revela su verdadero carácter con un sabor más refinado, Fabio transformó el sufrimiento en arte futbolístico. Cada gol se convirtió en una declaración de resistencia, cada victoria en una respuesta a aquellos que intentaron eclipsarlo.

Es crucial subrayar que detrás de esta tormenta se escondía un impostor, un falso Polizia Postale que tejía una red de engaños. Raffaele Piccolo, cartero, se hizo pasar por policía para tratar directamente con el jugador transalpino y ‘ayudarle’ a descubrir la identidad de un acosador que en realidad era él mismo. 

Como el malvado enólogo que contamina un barril de vino, este impostor intentó envenenar la reputación de Quagliarella. El engaño y la manipulación asemejan a las uvas pisoteadas por manos malintencionadas, pero la verdad acabó saliendo a la luz. La valentía de Quagliarella al enfrentar la adversidad no solo redimió su nombre, sino que también reveló su verdadero carácter. Este capítulo oscuro en su vida no solo fue superado, sino que se convirtió en un catalizador para el renacer de un futbolista resiliente.

La tormenta pasó, pero en su estela dejó a un Quagliarella transformado, un jugador que no solo resistió, sino que floreció en la cara de la adversidad, como un viñedo que, después de la tormenta, produce uvas más dulces y valiosas.

Este capítulo no solo se trató de una conspiración siniestra, también sirvió para destapar a un farsante. Finalmente, el padre del jugador dio con Piccolo, al que condenaron a cuatro años y medio y que en noviembre de 2019 encarcelaron. La justicia prevaleció, pero las cicatrices de esta experiencia, como las marcas en una botella de vino, recordarán siempre el valor y la tenacidad de Quagliarella.

Con el telón ya descendido sobre su carrera, Fabio Quagliarella, el delantero italiano que mejoró con el paso del tiempo, se despide de los terrenos de juego. Ahora, alzamos la copa en un brindis por Quagliarella, cuyo legado es una botella enriquecida por cicatrices, contando la historia de su valor y tenacidad. ¡Salute, Fabio! Tu partida marca el fin de una era, pero tu esencia perdurará en el corazón de los amantes del fútbol.

 


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Fotografía de Getty Images.