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Mientras el balón permanezca cerrado a cal y canto en el armario hasta nueva orden, nos tocará saciar nuestro paladar balompédico echando la vista atrás, abriendo el baúl de los recuerdos para rememorar historias ya pasadas. Tiene su gracia. Es una manera de retroalimentarnos para quitarnos el apetito acumulado desde marzo. Hace poco, por ejemplo, por las redes tocó revivir cómo Espanyol y Rayo Vallecano salvaron in extremis su visita a los infiernos. Un poco más allá en el tiempo, hará cuestión de tres, cuatro, cinco días, a saber, uno ya difumina el pasar de las jornadas, regresamos a los 90 para revivir aquellos días en los que dos Ligas prácticamente blancas tiñeron sus colores de azulgrana pasando por Tenerife. De un plumazo, el éxtasis cruzó el puente aéreo a través de las ondas, con el Camp Nou enganchado a los transistores.

Algo parecido pasó en la última liga que se adjudicó la Lazio. Corría el año 2000, y los romanos disfrutaban de sus mejores años. El curso anterior se llevaron la última edición de la añorada Recopa ante el Mallorca; poniendo la guinda al pastel europeo unos meses después, al arrancar la 99-00 levantando la Supercopa de Europa ante el Manchester United recién campeón de un triplete. Si bien hoy pueda parecer una sorpresa aquel triunfo frente a unos mancunianos devoradores de éxitos, aquella Lazio realmente era un escándalo. Eran los años gloriosos del calcio, genios del fútbol mundial en gran parte de las plantillas italianas, y los ‘laziali’ no se quedaban cortos. Ballotta en portería; defensas de la talla de Sinisa Mihajlovic o Alessandro Nesta; un centro del campo con tipos como Stankovic, Nedved, Matías Almeyda o Sérgio Conceiçao; y, para rematar, una delantera con Marcelo Salas y Mancini. Para flipar. Y por si fuera poco, que no lo era, ese verano previo al último Scudetto de su historia se presentaron en el Olímpico de Roma, entre otros, un jovencísimo Simone Inzaghi, Fabrizio Ravanelli, Diego Simeone y la ‘Brujita’ Verón. Todo ello, bajo los mandos de Sven-Göran Eriksson.

 

Eran los años gloriosos del calcio, genios del fútbol mundial en muchas plantillas italianas, y los ‘laziali’ no se quedaban cortos. Nesta, Nedved, Almeyda, Simeone, Verón, Simone Inzaghi y Marcelo Salas, entre otros. Para flipar

 

El técnico sueco dirigió cuatro años a la Lazio, del 97 al 2001, y en su segunda y tercera temporada al frente del equipo el guionista del fútbol, tan loco, tan cachondo, tan imprevisible como siempre, decidió que, en ambos cursos, la liga italiana se decidiera en los últimos 90 minutos de juego, con los ‘laziali’ metidos en el ajo. En la 98-99, con Milan y Lazio en escena. Solo un punto separaba a ambas escuadras. Al Milan le bastaba con igualar el resultado de los capitalinos; a los segundos, ganar al Parma y esperar a que los ‘rossoneri’ no lo hicieran en su visita al Perugia. La Lazio cumplió con su cometido, 2-1, con dos goles de Marcelo Salas. Pero el Milan de Alberto Zaccheroni no dejó escapar la liga, con idéntico resultado, gracias a los tantos de Guglielminpietro y Bierhoff.

La oportunidad de ver al equipo igualar el éxito de aquella Lazio de las pistolas de mediados de los 70 debería esperar. Pero solo un año. Porque el curso siguiente se repitió un patrón similar. Un punto más por debajo del líder que el curso anterior, ellos jugando en casa y el Perugia de nuevo como fiel aliado para arrebatarle el Scudetto al mejor posicionado para levantar el título de campeón a los cielos. La única diferencia: ahora no era el Milan el rival, era la Juventus de Carlo Ancelotti.

Aquel 14 de mayo del 2000 la Lazio recibía en casa a una Reggina que no se jugaba absolutamente nada. Pues ya había certificado su permanencia en la Serie A jornadas atrás. Y al término del primer tiempo el partido ya iba cogiendo color azul celeste gracias a los tantos de Simone Inzaghi y Verón. Tras el descanso, Simeone sentenciaba el choque. Tocaba mirar hacia el Estadio Renato Curi y esperar a que, esta vez sí, el Perugia se vistiera de verdugo inesperado para su huésped de aquella tarde. En una tarde con más suspense si cabe del esperado, porque aunque estaba previsto que ambos encuentros se disputaran a la misma hora, una lluvia torrencial impidió que el segundo tiempo del Perugia-Juventus arrancase a la hora prevista. En ese momento, a falta de 45 minutos, el marcador seguía con el empate inicial, un resultado que dejaría a romanos y turineses igualados a puntos en lo alto de la tabla, con lo que, por normativa de aquellos tiempos, todo debería resolverse en un duelo final por el Scudetto.

 

Un doblete histórico para un equipo de leyenda que a partir de 2001 comenzaría a resquebrajarse con la fuga de sus mayores talentos a los mejores clubes del país y del continente

 

Mientras en el Estadio Olímpico de Roma ya estaba todo resuelto, en Perugia Pierluigi Collina tuvo que esperar hora y media para permitir a los futbolistas reemprender el juego. Con 45 minutos por delante, a los juventinos pronto se les puso de espaldas el partido. Cuatro minutos después de volver al verde, Calori adelantaba a los de casa. Y el balón no volvería a impactar con las redes en lo que quedaba de encuentro. Como en el 76, el Perugia le arrebataba una liga a la ‘Vecchia Signora

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’. Aquella vez para brindársela al Torino. Esta, para hacer lo mismo con una Lazio que ya esperó el mismo milagro un año atrás, aunque sin suerte.

El Scudetto no sería el único triunfo de la Lazio antes de acabar el curso, porque apenas cuatro días después, haciendo bueno el 2-1 cosechado en el Olímpico un mes atrás, empataron sin goles en el Giuseppe Meazza contra el Inter para llevarse una Coppa Italia que aún entonces celebraba sus finales a ida y vuelta. Un doblete histórico para un equipo de leyenda que a partir de 2001 comenzaría a resquebrajarse con la fuga de sus mayores talentos a los mejores clubes del país y del continente. Verón, al United; Nesta, al Milan; Nedved y Salas, a la Juve; Almeyda, al Parma. Aquella fue la última gran Lazio.