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Antonio Cassano, mucho más que un simple jugador

Cassano construyó su infancia como jugador de calle, como potrero entre los vericuetos de un entorno más que conflictivo, con la picaresca de quien destaca jugando al fútbol día y noche

Entre el talento y la rebeldía. En ese espacio de tensiones opuestas se movió siempre la carrera deportiva de Antonio Cassano, el delantero de magia intermitente que llegó a protagonizar a principios de este nuevo siglo algunos de los mejores episodios de la historia del calcio italiano. Nacido en 1982 en el corazón de Bari Vecchia y marcado por la huella imborrable que le dejó el abandono de su padre, Cassano construyó su infancia como jugador de calle, como potrero entre los vericuetos de un entorno más que conflictivo, con la picaresca de quien destaca jugando al fútbol día y noche bajo el sueño de alcanzar expresiones maradonianas. 

Fue precisamente en esas coordenadas, a los diez años de edad y tras varias pruebas infructuosas en las categorías inferiores de Fiorentina, Inter y Parma, cuando aquel niño aventajado deslumbró al presidente del Pro Inter Tonino Rana, el equipo del barrio. El directivo decidió hacerse con los servicios del bueno de Cassano, que respondió con una etapa formativa brillante, sellando regates y goles de genio que al cabo de un lustro convencieron a la Associazione Sportiva Bari. El fichaje por los juveniles de la escuadra blanquirroja supuso la catapulta perfecta, y es que un par de temporadas más tarde, con diecisiete primaveras, el aspirante a delantero de oro debutó en la Serie B con el primer equipo de Eugenio Fascetti.

Primero lo hizo durante unos minutos discretos contra la Sampdoria, y seis meses después se desató en el derbi contra el Lecce a base de un golazo que le dio la titularidad. No obstante, su primer tanto como profesional llegó en la siguiente jornada, propiciando la victoria frente a un Inter de Milán plagado de estrellas que no pudo pararle; el jugador desnudó a aquella pareja de centrales formada por Cristian Panucci y Laurent Blanc, firmando en el último suspiró de la segunda parte la diana del triunfo. El curso terminó con el ascenso a la máxima categoría de la mano de un Cassano encumbrado que ya estaba en el radar de los más grandes.

A los diecinueve años recaló en las filas de la Roma, que pagó un traspaso de treinta millones de euros después de que Fabio Capello, quien fuera por aquel entonces el técnico del club, confesara no haber visto nunca un futbolista tan habilidoso como Cassano. La ronda de elogios duró poco tiempo, hasta que la indisciplina y las salidas de tono del jugador se volvieron una constante. No faltan los ejemplos: abandonó entrenamientos por enfados infantiles; se ausentó de sus obligaciones con frecuencia y sin avisar; se hizo un habitual de las juergas nocturnas; insultó a su entrenador en varias ocasiones, incluso de manera pública; tuvo enfrentamientos con el presidente, a quien exigió una disculpa de rodillas; y dejó de hablarse con todo el vestuario, excepto con Totti, que siempre representó para él una figura paternal. La afición romana no lo recuerda como un ídolo.

En el conjunto capitalino, donde desplegó su mejor fútbol, estuvo cinco temporadas, marcó cincuenta y dos goles y ganó la Supercopa de Italia. Fueron estas credenciales, a pesar de los abultados problemas de conducta que arrastraba, las que persuadieron al Real Madrid de Florentino Pérez. El delantero fue presentado en el Bernabéu como uno de los mejores futbolistas de Italia, idea compartida entre los mejores tipsters de apuestas, y asumió la responsabilidad de compartir el plano ofensivo con Ronaldo. El proyecto no cuajó. El rendimiento de Cassano estuvo por debajo de lo esperado y en su primera campaña con la camiseta blanca no terminó de agradar al técnico López Caro, que lo relegó pronto a la suplencia. El italiano, lejos de espabilar, acabó perdiendo la forma física, engordó catorce kilos y se quedó sin jugar el Mundial de Alemania en 2006.

La segunda temporada en la casa blanca fue igualmente desastrosa. Capello se hizo cargo del banquillo y volvió a depositar su confianza en Cassano, a darle una titularidad que este no supo mantener más allá de la mitad del campeonato. El de Bari se enfrentó de nuevo a su entrenador, esta vez por no ser convocado para un partido de liga. “Eres una mierda, en la Roma te defendí y ahora me lo pagas de esta manera”, llegó a gritarle delante de sus compañeros. Capello, que en aquel momento no recibió disculpa alguna, tomó la decisión de apartarlo del equipo hasta el cierre de la campaña. El eterno enfant terrible anotó sólo cuatro goles en los veintinueve partidos que disputó con el Real Madrid.

El retorno a Italia tuvo lugar en 2007. Fue la Sampdoria la que apostó por la calidad anochecida de Cassano, la que inyectó en el atacante esa ilusión que venía necesitando para volver a ser el que fue sobre el césped. Durante cuatro años recobró la magia perdida, se hizo grande en el área y llevó a los suyos a la fase previa de la Champions League. Tal vez fue este uno de sus ciclos más serios, salpicado de compromiso y acierto, aunque el seleccionador nacional, Marcello Lippi, más guiado por la fama precedente del barés que por su resurgir, volvió a dejarlo sin cita mundialista. El mediapunta, en un gesto irónico marca de la casa, agradeció el descarte afirmando que así tendría tiempo para organizar su boda sin presión.

La buena racha genovesa puso a Antonio en el escaparate del mercado de fichajes y lo llevó hasta la ciudad de Milán, donde estuvo un par de temporadas, primero vestido de rossoneri para Massimiliano Allegri y después en la plantilla interista de Ranieri y Stramaccioni. En ninguno de los dos conjuntos tuvo el brillo de antaño, sobre todo porque entre octubre de 2011 y abril de 2012 permaneció alejado de los terrenos de juego tras sufrir un ictus isquémico de origen cardiovascular. Si bien es cierto que tuvo un lustro más de fútbol en sus botas, siendo pieza clave en el Parma que se clasificó para la Europa League y regresando a la Sampdoria, su ocaso futbolístico estaba más que confirmado. Se retiró en 2017 en el Hellas Verona, donde rescindió su contrato al cabo de una semana. Genio y figura hasta el final.