¿En qué momento dejamos de considerar a un joven futbolista un diamante por pulir y lo tratamos de realidad? Como en los demás aspectos de la vida, las promesas no siempre se cumplen pero hay algunas que tienen tan buena pinta que uno esperaría sentado el tiempo que fuera necesario. Si finalmente no se cumplen será una decepción, pero nadie nos podrá quitar los buenos ratos en los que en nuestra mente todo parecía tan real y cercano. Cuando veo jugar a Ansu Fati me acuerdo de cómo empezaba una de las canciones del grupo neoyorquino Gang Starr: “No importa a lo que nos enfrentemos, debemos enfrentarnos al momento de la verdad”. Existe una clase de futbolista que juega sin contextos, rivales, entorno ni absolutamente nada. Están él y el balón, nadie más a su alrededor. No se arrugan ante nada ni ante nadie, para ellos el momento de la verdad es aquí y ahora, qué más da todo lo que haya sucedido antes o vaya a ocurrir después. Todo pasa por trascender a partir del momento de la verdad.

Cuando emerge de la nada una figura como la de Ansu Fati hay que tener cierta precaución y sobre todo darle tiempo y espacio. No nos volvamos locos a la primera de cambio. Pero una cosa, ¿qué sucede si un chico de 16 años nos vuelve locos nada más toca un balón? No podemos hacernos trampas jugando al solitario. Por lo tanto, tampoco podemos contener las emociones ante un futbolista que juega sin ningún tipo de presión en un entorno que ha devorado a otros talentos con suma facilidad. Con el primer regate te contienes, con el primer gol también, al igual que con su primer gran partido. ¿Cuándo deja uno de contener sus emociones y afirma que ante sí hay un jugador descomunal? No recuerdo el día en el que Mbappé, Joao Félix, de Ligt o Sancho pasaron de ‘podría ser’ a ‘es’. Quizá fue con alguna gran actuación en Europa, pero el que es bueno lo es jugando ante el mejor equipo del continente o ante uno de tercera división, tan solo varía el contexto.

Con el paso de los años y la madurez lo primero que se pierde es la inocencia, ese atrevimiento que distingue al adolescente del adulto. Entre jugadores que le duplican la edad, Ansu Fati se muestra como el crío que juega en el patio del recreo. Se atreve una y otra vez, nadie le ha dicho que haga lo contrario y tampoco sabe concebir el fútbol de otra manera. Conforme vaya sumando partidos y años, lo normal es que esta clase de jugadores se conviertan en más metódicos y lo que antes era el intento de dos caños y un sombrero, ahora es un regate en velocidad cada dos partidos. Así funciona esto. Pero la valentía o la osadía no es una cuestión de edades, es una forma de vida. ¿Mantendrá Ansu Fati esta valentía de aquí a diez años? Quién sabe, lo mismo está jugando en el Sabadell o levantando su tercera Copa de Europa. Lo justo sé qué voy a comer mañana como para adivinar la carrera que tendrá un jugador de 16 años.

Hay que disfrutar de este joven talento sin tener ningún tipo de prejuicio. Tan solo ver y disfrutar. El futuro ya marcará hasta donde llega; atendemos demasiado al mañana sin percibir el presente. Esta clase de jugadores surgen en los momentos que más necesitan sus equipos, es como si ya estuvieran predestinados a triunfar en el día y hora señalados. Algo parecido le ocurrió al Real Madrid con Vinicius. Cuando a sus estrellas consagradas no les salen las cosas y el atrevimiento es el último de sus pensamientos, emergen estos sinvergüenzas a los que el contexto no les importa nada. No tienen nada que perder y mucho que ganar. Ante las lesiones de Messi y Dembélé, el poco acierto de Luis Suárez o la falta de conexión de Griezmann, Ansu Fati ha llegado con la intención de quedarse. Lo que iba a ser el Barça de los centrocampistas o el de los delanteros se ha convertido en el equipo del chico de 16 años. Sí, ya sé que todavía es pronto para lanzar juicios pero dejadnos disfrutar, ya será el tiempo quien haga de juez.