Dicen que lo que bien empieza, bien acaba. Y a este refrán se encomendó un ucraniano en Milán durante todo un año. El ucraniano es el bueno de Andriy Shevchenko, y lo que empezó bien fue el curso 2003-04. El Milan venía de ganar la Champions League en Old Trafford contra la enemiguísima Juventus. Y aquello le daba acceso a arrancar la temporada siguiente luchando por un título: la Supercopa de Europa. El rival, el Oporto de José Mourinho campeón de la Copa de la UEFA. El resultado, un sencillo 1-0 a favor de los transalpinos. El goleador, un Shevchenko que se comería el mundo a partir de entonces.

Y fue la mejor manera de iniciar un curso para el recuerdo del delantero ucraniano. El único ‘pero’ de aquellos primeros compases del año fue la Supercoppa, disputada en el Giants Stadium de Nueva York, en la que la Juventus se vengó de los ‘rossoneri’ también desde los once metros. Después, Shevchenko no pararía de marcar goles. Uno detrás de otro, jornada tras jornada, para catapultar al Milan tan alto como fuera posible en la tabla. Hacía tiempo que los de San Siro no lograban el Scudetto, exactamente cinco años, coincidiendo el último triunfo con el curso anterior a la llegada de Andriy al club. Entremedio, Lazio, Roma y Juventus por partida doble habían salido campeones. Tocaba volver a la senda de la victoria. Y todos los caminos para llegar a ella se cruzaban con un Shevchenko insaciable. Uno de cada tres goles llevaba su firma, de hecho un poco más -un 37,5%-. 24 tantos de los 65 totales en liga. Y seis dobletes, ante Ancora, Lecce, Sampdoria, Chievo Verona, Modena y Roma.

 

Hacía tiempo que los de San Siro no lograban el Scudetto. Tocaba volver a la senda de la victoria. Y todos los caminos para llegar a ella se cruzaban con un Shevchenko insaciable

 

Así, claro, el Milan arrasó en la competición doméstica. Dejó a la subcampeona Roma a once puntos de distancia y solo perdió un par de partidos en las 34 jornadas disputadas. Gran culpa fue de Shevchenko, pero la suerte no le fue igual al club a la hora de irse de copas. En la Coppa, fueron apeados del camino hacia el título por la Lazio, que los arrolló en la vuelta de las semifinales con un contundente 4-0 en el Olímpico de Roma. Y en la Champions, otra derrota de las que duelen. Esta vez más imprevisible. En cuartos, contra el Dépor, los milaneses pensaban que ya estaba hecho después del 4-1 en San Siro, aunque un idéntico resultado al que encajaron en la copa nacional les despidió del torneo continental.

Después de aquellos dos duros palos, se sumó el de la Bota de Oro. Un imparable Thierry Henry, con 30 goles en el año en que el Arsenal salió invicto de la Premier League, se hizo con el premio. Eso sí, la lucha por los títulos individuales acabaría a finales de año, y Shevchenko no había dicho su última palabra. El otro trofeo bañado en oro, aquel que todo niño sueña ganar, también estaba en juego. Candidatos los había a patadas para el Balón de Oro de 2004. El propio Henry, un Deco campeón de Europa, aquel Ronaldinho que hizo sonreír a un club deprimido, y otros como Adriano o Nedved. La cosa estaba reñida. En el FIFA World Player, entregado el 20 de diciembre, Ronaldinho y Henry quedarían primero y segundo, con ‘Sheva’ tercero. Siete días antes, Shevchenko ya había levantado el Balón de Oro por delante de Deco y Ronaldinho.

Aquel Scudetto, con sus 24 goles en el bolsillo, fue la gran credencial del ucraniano para darle al país el tercer Balón de Oro de su historia. Antes lo lograron Oleg Blokhin, en 1975, e Igor Belanov, en 1986. 18 años después, otro ucraniano volvía a ser considerado el mejor futbolista del mundo.

 


Fotografía de Imago.