Pasan los años, pero del resumen en vídeo de aquel partido sigue emanando un aroma de irrealidad. Una neblina casi invisible, pero que uno puede percibir con claridad, como en aquella película en la que una frecuencia de radio une al pasado con el presente, que se comunican. Tan irreal como lo es despedirse de un estadio. Los que no lo hemos vivido aún con nuestros clubes, tenemos que estar preparados: es más que probable que algún día lo vivamos. Será entonces cuando descubramos que irse de un campo para no volver, a diferencia de lo que puede parecer, no tiene por qué parecerse a un funeral. Aunque sea un adiós para siempre, disfrutar del final, y no llorarlo, es el único tributo que merece un sitio en el que uno, con todo, ha sido feliz cada 15 días. ¿A cuántos lugares, si no a tu estadio, acudirías cada dos semanas sin un ápice de pereza? Pues bien: un día bajarás esos escalones y saldrás por los tornos levantados a la calle con una sonrisa, aun sabiendo que pronto una excavadora removerá ese suelo. Y no serás un cínico, no. Serás un hincha. Nada conecta más al aficionado a su equipo que una certeza concreta: siempre hay una próxima temporada, un futuro que te conecta con el presente y da sentido al pasado.

Aquel día, hace hoy 15 años, Highbury, la viva imagen del fútbol inglés, se cerraba para siempre. Y, sin embargo, era una fiesta.

La escenificación era igualmente irreal. Pocos clubes eran más fotogénicos que el Arsenal de entonces. En lo estético, aquel día se acercaron aún más a la perfección. La preciosa camiseta vinotinto con la que los ‘Gunners’ homenajeaban aquella campaña a Highbury y a su propia historia, las gradas teñidas de rojo y blanco en perfecta disciplina (salpicada por el también uniforme azul de los hinchas del Wigan; Highbury away también merecía su homenaje)… Hasta el nombre del estadio y dos fechas, 1913 y 2006, inauguración y despedida, habían sido recortadas con maestría sobre el césped, a la altura del centro del campo. Aquel era un Arsenal que cuidaba los detalles. Era el Arsenal de Highbury. Era el Arsenal de Arsène Wenger. Los coletazos del quizá mejor Arsenal de la historia. El mismo que semanas después se quedaría a pocos minutos de ser el primer equipo de Londres en levantar una Liga de Campeones. Fue tan perfecto aquello, que el protagonismo lo tuvo Thierry Henry; nadie nunca corrió (casi flotó) como lo hizo Henry por aquel césped hoy rodeado de viviendas. Marcó tres goles en una remontada, 4-2, que evocaba el recuerdo entonces fresco de los ‘Invencibles’. Y para completar el cuadro costumbrista ‘gunner’, en aquella última jornada de la Premier League el Tottenham tropezó para darle la cuarta posición al Arsenal: plaza de Champions y el pregón de las fiestas de ‘San Totteringham’, un concepto de nuevo cuño que se refiere al día en el que se confirma que terminarán el curso por delante de su archienemigo.

 

El día de la despedida, Henry marcó el 4-2 de penalti y besó un suelo sagrado. El nuevo templo, el Emirates, por mucho que insista en adornarse con iconos, todavía no es un lugar para la liturgia

 

Wenger lo diría después: “Nuestra alma se quedó en Highbury”. Pero no culpen al Arsenal por haber dado ese paso. Simplemente se anticipó a las demandas del nuevo fútbol. Era, y es, esencial multiplicar los ingresos de día de partido, y eso pasaba por tener un estadio del siglo XXI: mayor capacidad, más visitantes, más dinero. El Emirates Stadium era, y es, un edificio precioso. Quiere mantener parte de la magia con la que el Arsenal vertebró su identidad en el viejo recinto (el reloj, las estatuas en los aledaños o las fotografías de jugadores míticos en el más que recomendable paseo que rodea al estadio), pero desde el principio pareció tan frío todo lo que allí ocurría… Del césped a la grada, casi como si se contagiaran el sopor. Puede que 30.000 personas no hagan más ruido que 60.000. Pero es curioso como sí pueden hacer un mejor ruido. Cosas de la acústica. Cosas de la mística.

Y no es menos paradójico (aunque fácilmente explicable) que, desde que el Arsenal dio ese paso definitivo para perpetuarse en la élite, su papel haya sido cada vez más insustancial en Inglaterra y en Europa. El mismo club que hace 15 años acababa de sellar con un 0-0 ante el Villarreal su paso a la final de la Champions League vio ayer cómo, ante el mismo rival y con el mismo resultado, fracasaba en su intento de ser finalista de la Europa League. Por el camino, una década y media de desmantelamiento. La entidad (no solo el equipo) que había construido Wenger a su alrededor durante más de dos décadas quedó desmontada con su despido, casi de la noche a la mañana, sin arreglar apenas los papeles de la herencia, y dejó desdibujado a un club que, desde entonces, navega sin rumbo. Nunca más ganó una liga, y desde 2010 no pasa de octavos de la máxima competición continental, la misma que la próxima temporada hará un lustro que no pisa. Cierto es que la construcción del nuevo estadio hizo que se tuvieran que apretar el cinturón en el mercado y que eso los forzara, con éxito relativo, a ser imaginativos. Pero el círculo virtuoso que debía multiplicar sus ingresos no se cierra si el aspecto deportivo no frena su caída. De los 12 equipos ‘rebeldes’ que hace unos días se apuntaron a la idea trasnochada (literalmente) de una Superliga, quizá ninguno lo hizo con la confusión y la falta de expectativas del Arsenal. Hoy, según datos de la consultora Deloitte, los dos de Mánchester, el Liverpool y el Chelsea ya lo superan en ganancias. También el Tottenham (muy probablemente, y por quinto año consecutivo, no habrá Saint Totteringham’s Day que celebrar en Islington).

Hace 15 años Henry marcó el 4-2 de penalti y besó un suelo sagrado. El nuevo templo, por mucho que insista en adornarse con iconos, todavía no es un lugar para la liturgia. El Emirates es como una de esas capillas que hay en los aeropuertos. Cumple su función y, sin embargo, se le sigue exigiendo algo que no depende de su arquitectura, ni siquiera de la forma como el sonido viaja por su estructura. Porque cuando la hierba no es una representación de los anhelos y las ilusiones que emanan de las tribunas, deja de tener sentido hasta la existencia de estadios, pequeños, grandes y medianos, viejos y nuevos. Puede que el fútbol sea un negocio, pero sus leyes universales, que pasan a viva voz de generación en generación, siguen siendo un secreto para el mercado.

 


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Fotografía de Imago.