De niño, Pedro Rodríguez Ledesma fue como tú. Fue como yo, fue como todos nosotros. De hecho, estoy completamente seguro de que, lejos de esos relatos de infancia amables hechos por abuelos y abuelas entrañables que pretenden endulzar la realidad y esconder episodios incómodos, Pedrito no tenía cara de no haber roto nunca un plato, sino que en su rostro se reflejaba el carácter travieso de un chaval que sonreía mientras despedazaba una vajilla tras otra contra la casa de sus malhumorados vecinos.

La diferencia entre él y el resto del mundo es que nosotros, víctimas de una sociedad que siempre ha aborrecido lo diferente, decidimos crecer. Decidimos dejar de creer en cuentos, decidimos silenciar al niño que todos llevamos dentro. En el mágico verano de 2010, Pedro ya tenía 22 años, pero en sus entrañas continuaba siendo como un chaval, como un joven que no entendía de maldiciones ni de utopías, incapaz de comprender a esos pregoneros escépticos que vivían de proclamar que España nunca podía pasar de los cuartos de final en un Mundial y que, como decía Gary Lineker, “el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania”. Totalmente ajeno a todos esos tópicos que tratan de encasillar un mundo tan cambiante e incontrolable como es el del balompié, al delantero canario, que el año anterior se había convertido en el único futbolista de la historia capaz de marcar en seis competiciones oficiales distintas, incluso le daba igual que le llamaran Pedrito. Cómodamente escondido detrás de ese mote cariñoso y casi condescendiente, él ya sabía de lo que era capaz.

 

Cómodamente escondido detrás de ese mote cariñoso y casi condescendiente, Pedrito ya sabía de lo que era capaz

 

También lo sabía Vicente del Bosque, que en el histórico encuentro de semifinales de la Copa del Mundo de Sudáfrica contra Alemania optó por alterar su once titular habitual para dar entrada a Pedro en el lugar de Fernando Torres, el hombre que tan solo dos años antes se había convertido en un símbolo de la selección española al darle su segunda Eurocopa, el mismo que, tal y como explicó en el sublime Informe Robinson dedicado a la consecución de aquel Mundial, aceptó la suplencia con total normalidad: “Yo desde el día de Paraguay ya sospechaba que no iba a jugar el siguiente partido, pero para mí nunca fue un problema. Yo sabía que lo importante era el equipo y que en cualquier momento podía quedarme fuera, pero eso no iba a ser un problema. Yo ya había llegado hasta allí”.

Ciertamente, Del Bosque decidió que el futbolista del Barcelona iba a partir como titular contra el cuadro germano “nada más vencer a Paraguay”. “Desde el conocimiento que teníamos de Alemania y tras ver sus puntos fuertes, queríamos que Pedro atacara a Lahm”, reconoció el seleccionador español en las páginas de El País. Y ahí estaba Pedrito ante la gran noche de su carrera deportiva, la del 7 de julio de 2010. “Vicente empezó a hablar de Alemania y de las características que tenía cada jugador, y en ese momento, justo cuando acabó la charla, es cuando dio la alineación y dijo mi nombre. La verdad que fue algo impresionante”, admitía en Informe Robinson el delantero tinerfeño, ese chico sencillo y humilde que tan solo dos años antes jugaba en Tercera División junto a Sergio Busquets; ese chico simpático e incansable que, de la mano de Pep Guardiola, había crecido a la sombra de Thierry Henry hasta arrebatarle la titularidad en el conjunto culé y que aún se ruborizaba cuando el técnico azulgrana lo felicitaba en el vestuario delante de sus compañeros tras una de las varias exhibiciones que acumuló en el curso 09-10; ese chico descarado y trabajador que había recibido el premio de debutar con España cuando faltaba poco más de un mes para la cita mundialista. De hecho, la prueba más evidente de que Pedro entró a última hora en la lista del entrenador salamantino es que en un principio tuvo que quedarse con un dorsal tan atípico para un jugador ofensivo como el ‘2’, aunque al final, poco antes de emprender un viaje que cambiaría para siempre la historia del fútbol español, Raúl Albiol terminó cediéndole el ’18’.

Con todo, lo cierto es que a Del Bosque no le importó demasiado que el canario nunca hubiera sido titular con el combinado nacional. El seleccionador español estaba encantado con el rendimiento mostrado por Pedro en los amistosos de preparación y en los encuentros contra Suiza, Portugal y Paraguay, en el que intervino de forma decisiva en el gol de David Villa que valió el pase a las semifinales; así que no dudó en jugársela y alinearlo en el partido contra la Mannschaft de Joachim Löw, que llegaba al duelo convertida en la sensación del torneo tras aplastar a Inglaterra por 4-1 y a la Argentina de Leo Messi y Diego Armando Maradona por 4-0.

A pesar de no poder contar con el sancionado Thomas Müller, la selección alemana aspiraba a vengarse de la final de Viena utilizando las mismas armas que caracterizaban al equipo español: el fútbol de toque, elegante y asociativo. Sin embargo, lo que presenciaron los 60.960 que acudieron al Estadio Moses Mabhida de Durban no fue una contienda igualada entre dos conjuntos que hablaban el mismo idioma futbolístico. Más bien al contrario, y es que, desde que el colegiado húngaro Viktor Kassai decretó el inicio del encuentro, los futbolistas españoles exhibieron su inacabable calidad y desactivaron por completo la maquinaria alemana. Superados por vez primera en toda aquella Copa del Mundo y minimizados por una España sublime en la combinación, los pupilos de Joachim Löw se vieron irremediablemente arrinconados en su área, obligados a confiar sus opciones en los contraataques. “Son un equipo maravilloso. Son los maestros del juego”, admitiría el entrenador teutón después del partido, rindiéndose a la incontestable evidencia.

 

En medio de ese espectáculo fascinante del equipo español, emergió la figura de Pedro

 

En medio de ese espectáculo fascinante del equipo español, en medio de esa oda al buen fútbol, emergió con una fuerza increíble la figura de Pedro. No le impresionó el escenario, ni la magnitud del encuentro, ni las tres estrellas que llevaban en el pecho los futbolistas alemanes; simplemente saltó al verde a divertirse, y acabó reivindicándose como uno de los mejores jugadores del panorama nacional. Apareciendo a la espalda de Bastian Schweinsteiger y Sami Khedira, presionando de forma incesante a los rivales, desmarcándose y desequilibrando continuamente con su movilidad, abriendo espacios y ofreciéndose entre líneas para conectar con Xavi Hernández y Andrés Iniesta, ensanchando el campo y enlazando con David Villa, e incluso disputando balones aéreos con un defensa de la talla de Per Mertesacker; el ’18’ de España fue un constante dolor de cabeza para los férreos zagueros germanos, incapaces de encontrar la forma de frenar el fútbol alegre y desacomplejado de ese travieso muchacho. Sencillamente, les volvió locos. No sabían cómo, pero de repente Pedro estaba ahí. Y cuando trataban de alcanzarlo, se daban cuenta de que estaban persiguiendo su sombra y de que él, que esa temporada parecía estar tocado por una varita mágica, ya estaba en la otra punta del campo.

Rodeado de futbolistas excelentes en la creación del juego, Pedrito era el matiz anárquico de un conjunto enamorado del balón. Era el verso libre del equipo, eso que la Wikipedia define como “la forma de expresión poética que se caracteriza por su alejamiento intencionado de las pautas de rima y metro que predominaron en la poesía europea hasta finales del siglo XIX”. Pedro no era Xavi, es evidente. Y es cierto que incluso podía parecer que no encajaba con ese fútbol de salón que brollaba de las botas del ‘6’ azulgrana, pero el delantero canario, siempre consciente de sus cualidades, supo desmarcarse del estilo de sus compañeros para ser su complemento ideal, haciendo del sacrificio su mejor virtud. “Vengo de una familia de gente trabajadora. Siempre he tenido claro que las cosas cuestan un esfuerzo porque lo he visto en mi casa. Poner ganas en lo que me gusta es fácil. Yo veía a mis padres currar para sacarnos adelante. Así que trabajar en esto es una suerte”, reconoció hace unos años, desvelando, indisimuladamente orgulloso, donde aprendió la cultura del esfuerzo.

Desde el primer minuto, Pedro fue el protagonista indiscutible del encuentro. Con un chut, con un eslalon, con un regate o con una asistencia, como la que se inventó en el minuto cinco para encontrar la espalda de Arne Friedrich y habilitar a David Villa, que estuvo a punto de superar a Manuel Neuer y hacer subir el 0-1 al electrónico del Moses Mabhida de Durban. Los futbolistas de Del Bosque persistieron en el intento de acercarse a la portería del guardameta germano, pero todos los intentos de superarle fueron en vano, acosando una vez más el gran problema que sufrió el equipo en aquel Mundial: la falta de acierto ante el arco rival, la incapacidad para traducir la superioridad en goles y para cerrar los partidos.

Finalmente, en el minuto 73, en un córner, Xavi consiguió domar el maldito Jabulani y lo puso en el corazón del área. “Cuando toco el balón, siento esa sensación de decir: ‘¡Buah!, es que va donde quería…’. Cuando la vi salir y vi a Puyi, dije ‘gol’. Y sí, gol”, relataba el prodigioso centrocampista de Tarrasa en Informe Robinson. Así fue, cuando el balón de Xavi bajó del cielo sudafricano, Carles Puyol se elevó entre la defensa germana con una fuerza imperial, recogió el extraordinario balón de su compañero y conectó un cabezazo tan potente como imparable con el que consiguió clasificar a España para su primera final de una Copa del Mundo, prolongando el sueño de todo un país sumido en una crisis económica terrible. Tal y como destacaba la crónica del encuentro de ESPN: “Un saque de esquina botado por Xavi rescató la furia que siempre marcó a España. Con Puyol lanzándose a la gloria. Un país entero rematando el balón en plancha, lo ubicó con potencia en la red. Era el premio al fútbol espectacular que tenía reservado España para el momento más grande de su historia. Llegó el final y se desbordó la alegría. Ganó el fútbol. La brillantez. El éxito ya está firmado”.

Con Alemania volcada al ataque para buscar el empate, España tuvo la oportunidad de dejar el encuentro sentenciado a diez minutos del final. Tras recuperar un balón, Xavi asistió a un Pedro que corrió con el esférico controlado hasta plantarse ante la portería germana. Obsesionado por dejar su nombre grabado eternamente en aquel partido histórico y completamente convencido de que no podía fallar, como si necesitara ese gol para terminar de cerrar una exhibición inaudita; el atacante canario pecó de individualista y, en lugar de cederle el cuero a Fernando Torres, optó por encarar a Arne Friedrich, pero acabó resbalándose y echando a perder una de las ocasiones más claras de la noche. “Ha sido un fallo terrible, lo hice todo mal. No vi a Torres porque llevaba la portería en la cabeza y, al recortar, se me quedó la pelota atrás y perdí todas las opciones. Fue un exceso de confianza”, explicó en la zona mixta, después de disculparse con el delantero de Fuenlabrada, quien en Informe Robinson reconoció entre risas que “a Pedro porque lo quiero mucho, sino lo hubiera matado en ese momento”.

Con todo, aquella acción desafortunada no empañó el encuentro extraordinario que completó Pedro, que en el minuto 86 abandonó el terreno de juego entre aplausos para que entrara David Silva en su lugar. El premio al jugador del partido fue para Xavi Hernández y las portadas para Carles Puyol, pero lo cierto es que el tinerfeño brilló por encima de todos. “Es pequeñito, parece frágil, tiene el gesto simpático, sin hacer ostentación y gracias a un mentor con intuición privilegiada y sentido del riesgo ha ascendido sin necesidad de escalafón de los campos rugosos y los sueldos ínfimos de la Tercera División a la titularidad en ese Barcelona deslumbrante y a abandonar la lacerante reserva en una selección nacional que siempre tendrá un altar en el recuerdo colectivo. Hasta hace poco, su nombre profesional era algo tan condescendiente, familiar e infantil como Pedrito, pero el esplendor que le ha caído encima no consideraba serio el diminutivo y lo ha cambiado por el prosaico y austero Pedro”, escribió Carlos Boyero en El País, verbalizando la incipiente admiración del balompié español por Pedro Rodríguez Ledesma, uno de esos 23 héroes eternos que acercaron a la selección nacional a la consecución de un trofeo que parecía inalcanzable.