No sé si vosotros jugabais en el recreo del colegio a un juego llamado “Mundial”. Consistía en que uno se ponía de portero, sin duda el papel más jodido, y los demás debían anotar en esa portería para pasar a la siguiente ronda. Al final quedaban dos y se decidía el ganador. Pues bien, antes del inicio de cada Mundial cada uno de nosotros debía elegir un futbolista y su correspondiente país. En mi caso siempre era el mismo: yo quería ser John Aloisi y Australia. Me daba igual que mis compañeros fueran Francia o Brasil, eran las dos selecciones favoritas a principios de siglo, yo me metía en el papel y peleaba cada balón como si fuera Aloisi. Recuerdo que en un encuentro ante el Sevilla anotó con la mano, fue clarísima pero el gol subió el marcador. Estuve los días posteriores en el recreo queriendo hacer ese gol hasta que me salió, defendía a Aloisi ante todo y todos. Era todo muy exótico, desde su lugar de origen hasta la forma loca con la que celebraba los goles. Se quitaba la camiseta y la tiraba al suelo con violencia, evidentemente también llegué a imitar aquello.

Mi pobre abuela, que era quien más tenía que aguantar mi locura por el balón, alucinaba con que un futbolista de Australia fuera mi ídolo. Trató de convencerme de que fuera alguno de nuestra tierra pero nada, batalla perdida. Ahí le fui cogiendo cariño a aquel país del que poco conocía, tan solo que era muy grande, que estaba muy lejos y que mi ídolo había nacido allí. Deseaba tener su camiseta de Nike amarilla, os acordaréis que a la marca americana le dio en aquellos años por poner un círculo alrededor del dorsal en la parte delantera de la camiseta. Le di el coñazo a mis padres por aquella camiseta pero nada, hasta Pamplona no llegaba semejante reliquia. Todavía estoy esperando a comprarme una y poner su nombre.

Lloré por Aloisi en dos ocasiones. La primera, y más dolorosa, fue tras la final de Copa del Rey que Osasuna perdió ante el Betis, un gol del australiano nos llevó a la prórroga y ahí se nos escapó una ocasión histórica. La segunda de ellas fue cuando salió rumbo al Alavés, no entendía por qué debía despedirme del que era mi primer y único ídolo futbolístico. Con los años no le perdí la pista, le seguía en sus últimos equipos de la A-League australiana. Me creaba futbolistas en el PES y FIFA los más parecidos a él posible, me sentía despechado tras su salida de Pamplona. En 2006 el nombre de Aloisi salió en todos los medios ya que gracias a un gol suyo Australia volvía al Mundial 32 años después. Ahí estaba mi ídolo, qué orgulloso me sentía. ¡Australia eliminando a Uruguay! A Uruguay, ¡joder! Recuerdo que me dio algo de lástima pues el Chengue Morales y Pablo García eran charrúas, pero yo iba con los canguros.

Cómo no nos íbamos a enamorar de los Schwarzer, Neill, Chipperfield, Cahill, Vidmar, Kewell, Emerton, Viduka, Grella o Bresciano. 32 años esperó Australia para volver a un Mundial, tras el 1-0 de la ida parecía que Uruguay volvería a eliminar a los australianos como ya ocurriera cuatro años atrás rumbo a Corea y Japón. El día anterior al gran encuentro Aloisi anotó seis de seis penaltis en el entrenamiento, un día después el peso de la historia no le arrugó. Desde que la generación de oro venciera a Uruguay han acudido a los cuatro siguientes torneos mundialistas, aquella tarde en Sydney los miedos huyeron en forma de penalti. Gloria eterna a nuestros primeros ídolos, eterno agradecimiento a Aloisi por hacer que aquel joven de tan solo 12 años soñara con el balón.