La niñez es la etapa en la que se potencia o se empequeñece la personalidad. No todos los inicios dejan un recuerdo entrañable. Dele Alli, una de las sensaciones en Europa, no tuvo una de las mejores infancias. La historia del atacante del Tottenham es dura: su padre, Kehinde, lo abandonó a las pocas semanas de su nacimiento, pero tras ocho años sin saber nada de su progenitor, la futura estrella inglesa vio como este regresaba a su vida para levárselo a Nigeria, donde era príncipe de la tribu Yoruba.

La nueva etapa fue un calvario, pero cuando se terminó, las cosas no mejoraron. Se mudó a Houston, en Estados Unidos, y a los 13 años volvió al lado de su madre para vivir en Londres. Las penalidades seguían en la existencia de Alli, que vio como su madre caía en la bebida teniendo tres hijos más a su cargo. Como las cosas no iban bien en casa del joven Dele, el chico empezó a frecuentar malas compañías. Un factor que acabó propiciando que la familia Hickford lo adoptara.

Estas experiencias traumáticas le han servido para formar su carácter ganador. «Los años de formación lo transformaron en un chico que siempre jugó sin miedo», manifestó hace tiempo Mike Dove, entrenador del mediapunta en los equipos formativos del Milton Keynes Dons. Sus padres biológicos aparecieron en los tabloides hace unas semanas reclamándole retomar su relación. Pero el habilidoso futbolista spur, a sus 22 años, solo piensa en un futuro que es suyo.

 

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