“Cuando estoy en el banquillo, me muero”. No, la frase no es de Mario Mandžukić, aunque podría serlo perfectamente. En este caso es de Ivan Perišić, uno de los jugadores que acompañan al de la Juve en el frente de ataque de la selección croata, y otro ejemplo de futbolista con un carácter fuerte, difícil de domar. La personalidad de este extremo zurdo se entiende si se fija el foco en los orígenes de su trayectoria.

Nacido en Omis, en la costa, sus amigos de la infancia le llamaban koka (gallina) porque salía ayudar en la granja de pollos de su padre. Pronto despuntó en las categorías inferiores del Hajduk Split, aunque nunca llegaría a cumplir su sueño de triunfar en el primer equipo, puesto que en el verano de 2006, cuando solo tenía 17 años, llegó el Sochaux y pagó 360.000€ por su traspaso. Más tarde se sabría que Perišić aceptó ese acuerdo condicionado por su padre, que necesitaba el dinero para salvar al negocio familiar de la quiebra. En Francia, donde se instaló con su madre, le trataron como una estrella precoz desde el primer día, y eso provocó que dejara de estar tan pendiente del juego, relajándose y aminorando la velocidad de su progresión. No explotaría del todo hasta que lo fichó el Brujas. En 2011, cerró el curso en el fútbol belga siendo el máximo goleador y el jugador del año de la Jupiler League. Aquello fue la demostración de que el chico ya había corregido su falta de madurez.

Los hinchas de Borussia Dortmund, Wolfsburgo e Inter de Milán saben del pedazo de futbolista que hay en Perišić. Ahora que está a punto de cumplir la treintena, espera acabar de demostrárselo también a sus compatriotas.

 

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