Tiene apenas 28 años de historia, supera mínimamente los cuatro millones de habitantes y sostiene entre corruptos y penurias financieras, un campeonato nacional absolutamente terciario. Esta es la historia de cómo un mafioso, un fotógrafo y un pasado lleno de obstáculos, sonrieron a la vez gracias a un gol criado entre metralla pero rumbo a la final de Rusia 2018.


Soy un amante absoluto de las películas del Guy Ritchie más callejero, más pedante y más amoral –Snatch o RocknRolla-. Con personajes vagabundos de bandas clandestinas, con protagonistas anti-eróticos hinchados de grandeza y con infinidad de sobresaltos sinsentido hacia un guion absolutamente demencial. Por ello, estoy seguro que, en el fondo, el director inglés entenderá que en el Inglaterra-Croacia (más allá de sus evidentes deseos nacionales como buen amante del fútbol), en el corazón mundialista de Moscú, el Luzhniki, ofreció al planeta un material genuino para una de sus mejores películas. Los ingredientes son perfectos, pues acumulan todos aquellos detalles de un gran film ‘ritchieniano’. El perdedor, es el gigante, el que inventó esta elitista escenografía y el que había revivido desde la penumbra. El ganador, es sufridor por decreto, intentaba romper su decadente pasado y agonizó hasta el límite reivindicando su noche de gloria. Pero sobre todo, en esta historia existe un mafioso muy mafioso, un fotógrafo mundialmente fotografiado y un milagro de esos que sólo una pelota puede explicar.

Porque quizás como país absolutamente íntegro e individual, reconocido para los millennials, no siempre estuvo presente, pero sí fue constante la realidad de un sentimiento croata (el primer registro del reino croata data del año 818 cuando, curiosamente, eran estados vasallos de Francia). Zona militar, juguete austro-húngaro, dictaduras, títere del nazismo, uniones con sus vecinos balcánicos… Todos aquellos estados políticos posibles los vivió la actual Croacia, pero el fútbol, que no engaña, los sitúa mucho antes de lo que nadie puede imaginarse. Los archivos de la FIFA documentan un equipo nacional croata jugando un partido contra la oposición interna en 1907, e incluso en 1941, disputó 15 partidos como estado independiente de Croacia bajo la tutela de la FIFA. Sin embargo, en un territorio repleto de hostilidades entre balcánicos, fue la República Federal Socialista de Yugoslavia quien asumió el control, reuniendo a futbolistas de todos los antiguos estados yugoslavos donde, por cierto, siempre tendrían gran representación croata. El último partido como Yugoslavia fue en mayo de 1991 (hay quien dice que si en 1990, en aquel Mundial donde cayeron por penaltis en cuartos ante Argentina, los yugoslavos hubieran alcanzado la final, quizás la guerra posterior jamás se habría producido) pues, días después, Croacia logró su independencia definitiva. Aunque la ansiedad por defender su propia bandera era tal, que meses antes ya habían disputado un amistosos ante Estados Unidos en octubre de 1990 donde se mostró además cómo sería la hoy famosísima camiseta Vatreni. El resto, habla de una semifinal increíble ante Francia en 1998 donde sólo una noche milagrosa de Thuram salvó a los galos de la osadía croata de jugar un Mundial con apenas ocho años de historia como país. Desde entonces, las comparaciones han sido constantes, recurrentes, repetitivas y hasta agotadoras. Pero 20 años más tarde tocan techo superando aquella gesta.

Desde un prisma competitivo, que no puede ser otro a la hora de valorar las razones que llevan a los mejores futbolistas a poder disputar finales de un Mundial, el comportamiento croata es un milagro y alcanzar la cita definitiva, es un acto irracional del orden planetario que sostiene la pelota. Una estructura heterogénea capaz de ignorar que la 1 HNL (liga croata), es un campeonato absolutamente terciario en potencial continental (el 16º en captación de relevancia según FIFA), que sólo desarrolló hasta la fecha 27 ediciones donde además en 25 de ellas ganaron las dos únicas fuerzas reales del país -Dinamo de Zagreb y Hajduk Split que, por cierto, están a años luz de la Europa más poderosa- y que la mezcla de todo ello supone clarísima limitación global en valores económicos, competitivos y de progresión nacional. La generación del ’98 tenía once futbolistas de la Liga croata. Hoy, sólo dos.

 

Los futbolistas lo atropellaron en su celebración, lo arrollaron, voltearon y lanzaron por el pasto, que dispersaba sus artilugios. Pero Yuri, perro viejo de la profesión, aprovechó su momento y nunca dejó de ‘disparar’

 

Los poderosos argumentos contextuales que Croacia ha tenido que afrontar históricamente, ejecutan cualquier otro ecosistema futbolístico, algo que aprovechó el mafioso de la historia. Si no hay manera de progresar porque todos los jóvenes futbolistas desean marcharse a grandes ligas occidentales (e incluso a Asia) y existe una clara superioridad de dos grandes instituciones, ¿por qué no sacar provecho de ello? Algo así pensó la cabeza de Zdravko Mamic, problema número uno del fútbol croata por sus incontables pruebas de corrupción. Mamic fue presidente del Dinamo de Zagreb y también vicepresidente de la Federación Croata de Fútbol (HNS). Afamado por su comportamiento hostil hacia la prensa, a la que amenazaba constantemente, despachó a 15 entrenadores diferentes y hasta atacó al Ministro de Deportes croata en un programa de radio. Su currículum delictivo, claro, va mucho más allá porque en todos esos años, desvió 16 millones de euros y evadió otros 12,2 con ayuda de su hermano pequeño, Zoran Mamic, al que hizo entrenador del Dinamo en algún momento. El revuelo formado en torno a su figura fue tal, que no sólo varios futbolistas croatas han tenido que ir a juicio por defenderlo (Modric o Lovren entre ellos, e incluso el madridista está inmerso actualmente como acusado de perjurio), sino que el propio Mamic resultó herido en la pierna en un intento de asesinato por dos enmascarados que le tendieron una emboscada mientras salía de su vehículo durante su visita anual a la aldea donde está enterrado su padre. En ese entorno y con esos protagonistas, se crió esta generación croata.

Pero la historia tiene un protagonista adicional, uno tan anónimo como inesperado: el fotógrafo. No es croata, pero bien podría representar todas estas complicaciones para alcanzar los sueños. Es salvadoreño, un país cuyos únicos acercamientos al fútbol de grandes focos se lo dieron una de las mayores masacres vinculadas a la pelota (La Guerra del Fútbol) y una pierna bohemia pero única, la del Mágico González. Pero mientras buscaba la mejor toma, la mejor óptica y el mejor espacio justo detrás de la emoción del césped, Yuri Cortez (AFP), se topó con la que ya podemos considerar como tercera historia top del fútbol salvadoreño: el gol de Mandzukic. Sí, porque cuando el delantero croata remató a la red para confirmar la emotiva remontada vatreni, comenzaba una historia de aquellas que un profesional no olvida. Los futbolistas lo atropellaron en su celebración, lo arrollaron, voltearon y lanzaron por el pasto, que dispersaba sus artilugios. Pero Yuri, perro viejo de la profesión, aprovechó su momento y nunca dejó de ‘disparar’. El fotógrafo, convertido en protagonista de una secuencia 100% fútbol, fotografiando como nunca imaginó, como jamás pensó y con la única habilidad de su sentido común, catapultó ese instante hacia la eternidad del fútbol croata para coronar su milagro.

Porque es un milagro cuando sólo colocando en el poder federativo al mito nacional por decreto, Davor Suker, puedes frenar la corrupción. Porque es un milagro cuando una selección balcánica reúne a referentes en Real Madrid, Barcelona, Liverpool, Juventus o Inter en sus filas (nunca Yugoslavia lo logró). Porque es un milagro cuando tras sufrir lo indecible para clasificar al Mundial de 2018, colocas a un entrenador desconocido, Zlatko Dadic, y puede lograr el Mundial con sólo diez partidos oficiales a sus espaldas. Y porque es un milagro que un país minúsculo, un mafioso en la sombra y un fotógrafo de un lugar recóndito sonrían a la vez gracias a un gol de película ‘ritchieniana’, el de Croacia, el del milagro.