Del magnífico Hijos del fútbol, de Galder Reguera, emana la idea de que el balompié es en realidad una de las mejores herramientas para reconectar con nuestro pasado, con nuestra infancia. Para reencontrarnos con el niño que fuimos. Con el adolescente que, como todos los que aterrizamos en el mundo en los 90, creció con las insolentes letras de El Canto del Loco. De La madre de José a Zapatillas. De Besos al pozo de nostalgia que es Aquellos años locos, a la que, preso por el arrebato de melancolía que ha sucedido el adiós definitivo de Fernando Torres, he vuelto para rescatar del olvido aquellos versos en los que Dani Martín reconocía que, de niño, imitaba a sus ídolos en el salón. Jode constatar que nos hacemos viejos, que el tiempo avanza imparable. Duele tanto como emociona rememorar, recordar, aquellas pachangas en el patio del colegio, en el que, mientras nos pelábamos las rodillas y despedazábamos un chándal tras otro, fantaseábamos con ser tipos como Fernando Torres, como aquel niño pecoso de Fuenlabrada que irrumpió en un mundo de hombres sin pedir permiso, haciéndole un hueco a su endiablada sonrisa en el universo balompédico español.

Aquel chaval que, heredando de su abuelo el amor por el rojiblanco, se interesó antes por el Atleti que por el propio fútbol, tal como admitía en una maravillosa entrevista de Nacho Carretero en Jot Down, cumplió el sueño de debutar en el Vicente Calderón el 27 de mayo del 2001, apenas tres semanas después de liderar a la selección española sub16 hasta alzar el Campeonato de Europa. La primera de las 121 dianas que firmó con la casaca del Atleti, que en el final de aquel curso luchaba para recuperar su puesto en la máxima categoría del fútbol nacional, llegaría una semana después, ante el Albacete. El conjunto colchonero no acabó consiguiendo el ascenso, una realidad que propició el regreso de Luis Aragonés, del entrenador con el que Fernando explotó definitivamente. “No sé hacer chilenas, espuelas y esas cosas. Yo juego al fútbol y marco goles. Me lo decía Luis: ‘Niño, usted clink, clink. A marcar goles. Olvídese del resto'”, revivía en Jot Down un Torres que trepó directamente del juvenil al primer equipo. Luis, siempre tan sabio, le cedió las llaves del ataque rojiblanco;  y El Niño respondió erigiéndose en la brújula del equipo, en el símbolo, en la bandera, de un equipo que vivía atormentado por la incapacidad de dar respuesta a las urgencias históricas que le traumatizaban, de escapar del árido páramo en el que vivía condenado. “Fue una luz solitaria en unos tiempos tan oscuros que estar en Segunda no nos extrañaba demasiado”, afirmaba Iñako Díaz-Guerra en las páginas de El Mundo, en las mismas en las que, el pasado mes de junio, cuando Fernando reveló su intención de retirarse, acentuaba que “Fernando Torres no es el mejor futbolista del Atleti en el siglo XXI. Es mucho más: Fernando Torres es el Atleti del siglo XXI. Fue sucesivamente su esperanza en tiempos oscuros, su ancla a la supervivencia, su líder dentro y fuera, su orgullo en el exilio, su referente moral, su hijo y su hermano, su leyenda viviente, cada uno de los atléticos representados por un chaval pecoso. Lo fue todo”. “Con más pecas que años, se erigió en el sostén de un club hundido en la miseria histórica de la Segunda. Fue el club, el orgullo y la esperanza de la hinchada rojiblanca”, remarcaba Ladislao J. Moñino en El País. En aquellos días en los que su Atlético de Madrid, deliraba, en los que bordeaba el infierno, en aquellos años en los que al pupas le dolía todo, Fernando Torres, que asumió la capitanía a los 19 años, fue, en definitiva, el único que se atrevió a soñar con un futuro mejor; a mirar más allá de las tinieblas, de las sombras.

El primer capítulo de la preciosa historia de Fernando Torres en el Atleti se cerró en el verano del año 2007, cuando El Niño dejó atrás el equipo de sus amores, el club al que había llegado en la 95-96, la del doblete, para que ambos pudieran continuar creciendo, para que ambos se deshicieran del peso, de la losa, de una relación que les llenaba, pero que no iba a ningún sitio. “Estaba viviendo un sueño, pero de pronto se convirtió en una responsabilidad. Veía que no podía cambiar la situación. Sentía la necesidad de cambiarlo todo, pero no podía. Y era un peso enorme. Llegué a sentir que el equipo se estaba centrando demasiado en mí. Que yo obstaculizaba que el equipo pudiera mejorar. Era muy extraño. Yo quería seguir, pero estaba seguro de que si me iba el equipo iba a dar un empujón para arriba”, aseveraba Torres en Jot Down. “Los atléticos me decían ‘déjalo, vete, crece’, y me daba la sensación de que hablaban de ellos mismos”, añadía hace un año en una entrevista en El Larguero, en la Cadena Ser. Tristemente convencido de que por mucho que quisiera al Atlético no podía darle lo que necesitaba (“Ojalá los jugadores que vengan puedan devolver al Atlético a Europa porque yo no lo he conseguido”), se fue, prefiriendo ser un ejemplo antes que un problema, y enfiló el camino hacia Inglaterra para poner su velocidad, su desborde, su potencia y su inteligencia táctica al servicio del Liverpool de Rafa Benítez, que desembolsó 36 millones de euros para hacerse con los derechos de un Fernando Torres que en Anfield Road se convirtió en uno de los mejores delanteros del mundo; celebrando hasta 81 dianas en 142 encuentros oficiales.

Pero, sin ninguna duda, el más especial de los 255 tantos que El Niño ha gritado a lo largo de sus carreras es el que aquel mágico e inolvidable 29 de junio del 2008 dinamitó los cimientos del Ernst Happel Stadion austríaco, el estadio en el que Fernando Torres se convirtió en una leyenda, en un mito eterno, del balompié español al darle a la selección su segundo título de la Eurocopa. Y el salvoconducto para embarcarse en un viaje que llevó al combinado nacional a materializar, a hacer realidad, una proeza irrealizable, sin precedentes. Once años después, todavía resulta imposible olvidar aquel imborrable minuto 33 en el que todo se detuvo. En el que Fernando Torres, convirtiendo en caviar un pase de Xavi Hernández, desnudando a Phillip Lahm, sublimando su habilidad para encontrar petróleo donde no había nada, se plantó solo ante Jens Lehmann. Solo ante la historia. En un intento de salvar la salida del arquero alemán, El Niño picó sutilmente la pelota para que, mientras todo un país contenía la respiración, esta dibujara una parábola preciosa que la condujo hasta las redes; desatando la euforia, el éxtasis.

Dos años más tarde, las lesiones convirtieron su participación en la Copa del Mundo de Suráfrica en una gran incógnita. Pero Torres no estaba dispuesto a rendirse, a enarbolar la bandera blanca. Deseaba disputar aquel Mundial más que nada en el mundo, aunque fuera lo último que hiciera sobre un campo de fútbol. “Yo quería jugar el Mundial. Me daba igual si tenían que quitarme la mitad del menisco o todo y tenía que jugar tres o cuatro años menos al balompié. Para mí lo fundamental era jugar el Mundial. Era lo único que veía. Más allá del Mundial no veía nada”, admitía el ariete de Fuenlabrada en el exquisito Informe Robinson que relató la histórica victoria de la selección en aquella Copa del Mundo; un documento, tan bello como imprescindible, que también testimonia el momento que compartieron Fernando Torres y Juan Cota, uno de los médicos de la Federación Española, en los últimos instantes de aquella eterna final contra Holanda, cuando, justo después de aquel mágico tanto de Andrés Iniesta, El Niño se lesionó por enésima vez al intentar bajar un balón del cielo de Johannesburgo.

Fernando Torres: “No me lo podía creer. No podía abrir los ojos. Cuando lo hice estaba en el vestuario, en la camilla”.

Juan Cota: “Llorando los dos le dije: ‘Fernando, eres campeón del mundo. Tienes que salir al césped a celebrarlo”.

Fernando Torres: “Yo quería bajar, pero no podía caminar”.

Juan Cota: “Salimos al césped por el túnel del Soccer City. Los dos juntos, hablando sobre ser campeones del mundo”.

Fernando Torres: “Piensas: ‘¿De verdad merecía tanto la pena tener la copa?’. Para mí, sí”.

El Niño, que en el 2008 acompañó a Cristiano Ronaldo y Leo Messi en el podio del Balón de Oro, redondeó su currículum con otra Eurocopa y con la Champions League, la Europa League y la FA Cup que consiguió con el Chelsea, que en el invierno del 2011, le convirtió en el protagonista del que hasta el momento era el mayor traspaso del balompié británico (58 millones de euros), pero ningún título le hizo más feliz que la Europa League que logró en 2018 con su Atleti, al que había regresado en 2015 para saciar sus irrefrenables ganas de volver al Vicente Calderón, al estadio en el que el niño se hizo un hombre, para cerrar el paréntesis que había abierto siete años antes al aventurarse en un Erasmus que le llevó por Liverpool, Londres y Milán, una hoja de servicios que evidencia el inacabable talento de Fernando Torres, un futbolista al que en muchas ocasiones le tocó vivir en el centro del huracán; una leyenda maltratada, frecuentemente incomprendida e infravalorada por este fútbol tan desmemoriado, tal y como apuntaba Iñako Díaz-Guerra en un artículo en el que lamentaba que “en esta época en la que, a rebufo de los milagros del Cholo y a juego con las luces del Metropolitano brotan atléticos que todo lo miden en títulos, se ha puesto de moda menospreciar su importancia. ‘¿Qué ha ganado el Atleti con él?, repiten adolescentes, desagradecidos y nuevos ricos. Casi nada: identidad, sentimiento y supervivencia”.

El legado de Fernando Torres, un tipo sencillo, silencioso, siempre alejado de los grandes titulares, quizás demasiado humilde para un mundo tan pervertido como el del balompié, siempre consciente del gran privilegio de haber podido dedicarse al balompié, a su mayor pasión (“Ídolo es esa madre con cinco hijos que se levanta a trabajar, no yo”), va mucho más allá de lo meramente futbolístico. Porque “los habrá que hayan ganado muchos más títulos. Que sean mejores. Pero para muchos de nosotros no es eso“, como reivindicaba Pedro Simón en El Mundo, en las mismas páginas en las que este viernes Andrés Iniesta publica un hermoso artículo para despedirse de su amigo Torres en el que remarca que “tú, Fernando, has dignificado este deporte. Nuestro deporte. No hablo de los goles que has marcado, pues hace años que perdí la cuenta, ni de los títulos que has conquistado en tu maravillosa carrera. Hablo de tu comportamiento, de tu respeto al juego, al compañero, al rival y, por supuesto, a la pelota”. “Qué extraño, Fernando. No te has ido todavía y ya te extraño”, concluye un Andrés que este viernes ejerció de invitado de lujo, junto a David Villa, en el que fue el último encuentro de Fernando José Torres Sanz. Un encuentro que fue, a la vez, un homenaje a la figura del delantero de Fuenlabrada y a un fútbol, a una época, que se nos escapa lentamente, que ya no volverá. Porque, como cantaba El Canto del Loco en aquella canción de la que Torres aparecía en el videoclip, quizás ya nada volverá a ser como antes, como cuando éramos niños que imitaban a sus ídolos en el salón al son de Aquellos años locos.