La noche cayó sobre Australia. El prado se iluminaba con la luz de la luna y el reflejo de la misma se bañaba sobre el lago. Al pie de un robusto árbol, un vagabundo se tapaba con los pocos harapos con los que convivía. En sus manos, un té caliente era su único refugio. Las hojas se movían al son de un viento helado que, más allá de los violentos suspiros que se oían en pleno silencio, congelaban los párpados de aquel pobre hombre.

De detrás de unos arbustos, apareció una oveja. Aquel mamífero cubierto en lana se acercó a la orilla y comenzó a beber. No se percató de la acechante mirada del vagabundo. Fue un movimiento rápido, inconsciente y quizás propulsado por la inanición y el hambre. Quizás fue un golpe certero o quizás no. A aquel hombre poco le importaba. Tan solo quería llenar su estómago. Pero aquel crimen no quedó impune. Tras los matorrales se escondía el terrateniente de aquel lugar.

No tardaron en sonar las sirenas de la policía. El vagabundo, preso del miedo, soltó sus pobres pertenencias y, entre ellas, la matilda. Trató de huir pero sus esfuerzos fueron en vano. Rodeado por los agentes, se abrazó a la desesperación y cerró los ojos. Saltó al lago y se hundió. Las burbujas dejaron paso a la nada. A la nada reflejada a la luz de la luna. Y desde entonces se dice que la voz de aquel pobre hombre se oye, susurrante, en las frías noches australianas: Waltzing, Matilda…”.

Literalmente, la expresión entendida en el marco de la canción significa ‘bailar con Matilda’. No obstante, también se puede entender según otros estudios realizados en ‘viajar con un atado’, es decir, con las pertenencias propias de un vagabundo. Además, la metáfora del sin techo que prefiere morir antes que ser detenido por la autoridad representa la lucha de la clase más humilde contra el sector más adinerado y preferente.

En cualquier caso, aquella historia que se canturreaba entre los aldeanos se fue heredando de generación en generación hasta convertirse en una de las melodías más populares del país oceánico. Incluso, en más de una ocasión, la canción ha sido propuesta como himno nacional por el cariño que los australianos tienen hacia esta.

En la actualidad, cuando en la otra punta del globo se pronuncia la palabra ‘Matilda’, inmediatamente recuerdan al combinado nacional de fútbol femenino. Porque ellas, al igual que aquel pobre hombre que decidió lanzarse a las frías aguas del lago, son un símbolo de resistencia en su país. Si ya de por sí el fútbol femenino ha sido ignorado en la mayor parte del planeta, las australianas tuvieron que abrirse paso entre la popularidad de la que goza el rugby en su nación.

 

“Superamos la maldición”, debieron pensar en Australia. Una condena que dejó paso a otra y que, hasta 2010, conocíamos sobradamente en nuestro país…

 

Y lo lograron hace unos años, cuando en 1994 consiguieron levantar su primer trofeo internacional. Se trataba de la Copa de Oceanía. En las siguientes ediciones cayeron dos trofeos más. Sin embargo, con el cambio de formato, la dificultad aumentó. Oceanía dejó paso al continente asiático y un aumento notable del nivel de los combinados. No obstante, en 2010 se proclamaron campeonas del campeonato. En 2014 y 2018, Australia llegó a la final pero en sendas ocasiones se conformaron con ver la medalla de plata colgada de su cuello.

Su historia en los Mundiales, por otro lado, no está tan llena de gloria. Desde que se clasificasen por primera vez en 1995 y viajasen a Suecia, jamás se han perdido la mayor cita continental. No obstante, no fueron capaces de superar la fase de grupos hasta 2007. “Superamos la maldición”, debieron pensar en Australia. Una condena que dejó paso a otra y que, hasta 2010, conocíamos sobradamente en nuestro país…

En 2007, 2011 y 2015, las Matildas vieron a la oveja beber del río y la atacaron con fuerza. Superaron la fase de grupos, sí. Pero cuando creían que iban a comer caliente y saciar la sed de victoria, aparecieron tanto el terrateniente como la policía en los malditos cuartos de final. Ni Kerr, ni De Vanna ni compañía han conseguido superar nunca esa barrera pero confían en que sea este el torneo en el que se coloquen como uno de los mejores cuatro equipos del mundo.

Las predicciones, sin embargo, no son del todo halagüeñas. En su primer partido vieron como unas guerreras italianas les pegaban un duro golpe de realidad cuando el partido se disponía a morir en empate. Cayeron en el 95′ y se convirtieron en la primera sorpresa negativa del Mundial. Días más tarde, estuvieron cerca de caer apeadas del torneo pero esta vez la suerte cambió de bando. Lograron la victoria in extremis ante la Brasil de Marta y consiguieron remontar un encuentro que parecía sentenciado.

Situadas en tercera posición, se juegan la vida contra la debutante Jamaica. Las insulares han debutado en este Mundial con dos goleadas en contra. Ante Brasil, cayeron por tres; ante Italia, por cinco. En pocos días, las jamaicanas cogerán el vuelo de vuelta hacia su país con la satisfacción de haber dado la cara. No obstante, lo quieren hacer con una victoria o un empate bajo el brazo. Australia, por su parte, no puede permitirse fallar. Conscientes de que Italia, Brasil o ambas se dejarán puntos en el último partido de la fase de grupos, las Matildas están obligadas a ganar. Y, aun así, todavía deberán tener la vista puesta en sus rivales puesto que el grupo podría acabar con un triple empate a seis puntos.

¿Qué esperaban? ¿Un camino fácil? No se apodan así porque hayan tenido un camino plácido. Al contrario. Desde que comenzaran a patear balones, a arrastrar sus propias ropas y “bailar” con ellas, el combinado australiano ha tenido que ganarse el pan para llegar a lo más alto. En ocasiones, consiguieron desbancar a las selecciones más potentes. En otras tantas, fallecieron en la orilla congelada de la derrota. Y siempre, Waltzing Matilda.